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El golf calla la boca a los aficionados listillos

El videoarbitraje será oficial a partir del 1 de enero en todos los torneos del mundo, que no atenderán las llamadas de los telespectadores denunciando infracciones

Jon Rahm, en noviembre, en el torneo de Dubai, donde logró la victoria. Ampliar foto
Jon Rahm, en noviembre, en el torneo de Dubai, donde logró la victoria. AP

Los espectadores televisivos de golf disponen de un privilegio que para sí quisieran los aficionados al fútbol o al baloncesto: son árbitros que si ven un penalti palmario a favor de su equipo tiene la potestad de pitarlo. Una llamada de un aficionado de golf que viendo la tele en su casa o en un bar crea descubrir una infracción que se le haya escapado a uno de los árbitros del torneo puede condenar a un jugador a una penalización de dos o cuatro golpes, a perder un torneo. “Y hay espectadores que ven la tele con ánimo de cazadores y están atentos al milímetro y no pasan un fallo”, dice Miguel Vidaor, uno de los mejores árbitros del circuito, que en cada torneo tiene que revisar con el vídeo decenas de llamadas o emails de espectadores que creen haber visto lo que nadie más ha visto. “Y la mayoría de las veces se equivocan y lo que ven no tiene ninguna trascendencia”.

Es un estado de videoarbitraje salvaje que perturba a los jugadores y vuelve locos a los árbitros y que, jugadores y árbitros se lo agradecen al altísimo, tiene los días contados. La USGA y el Royal and Ancient, las dos autoridades que fijan y actualizan las reglas del golf, han acordado este lunes dos medidas para entronizar el videoarbitraje ordenado: desde el 1 de enero todos los torneos televisados de todos los circuitos contarán con un árbitro de más que se sentará en el camión del realizador televisivo y juzgará por lo que vea en las pantallas. Al mismo tiempo, ya no se atenderán llamadas de espectadores inquisidores.

Tiger Woods, penalizado dos golpes en un Masters por un mal dropaje en el 15 que vio un telespectador, sufrió en 2013 los efectos de la democracia participativa del golf. Woods pidió que se aboliera ese poder como también lo demandó Lexi Thompson, la jugadora norteamericana que perdió un grande en abril pasado al ser penalizada cuatro golpes por no colocar su bola exactamente donde la había dejado, como observó un telespectador muy atento y responsable que llamó al torneo para denunciarlo.

“Y yo, como árbitro, he sufrido esa hostilidad hacia los jugadores en muchos torneos”, dice Vidaor, que reclama el valor del ojo y del juicio de un árbitro formado y experto para tomar siempre la decisión que crea más correcta. “El más reciente caso lo viví en el Open de Irlanda con Jon Rahm. La alerta la lanzaron primero los comentaristas de la televisión y luego recibimos bastantes llamadas de espectadores diciendo que teníamos que penalizar a Rahm porque colocó su bola en el green unos milímetros más lejos de donde la había marcado. Para nosotros, habría sido lo más fácil del mundo penalizarlo con dos golpes. Iba ganado por seis o siete y su victoria en el torneo no corría peligro. Habríamos quedado perfectos. Pero decidimos no penalizarlo porque juzgamos que no había habido intencionalidad y nosotros tenemos la potestad de no castigar a nadie si vemos que ha actuado con honestidad”.

“La medida nos obligará a contar con un séptimo u octavo árbitro en los torneos, pero ya la habíamos puesto en marcha en el circuito europeo en septiembre pasado, y también se hace en el Open”, dice Vidaor. “Uno de los nuestros se pasa viendo cinco o seis horas los monitores del realizador y avisa a los árbitros de campo por radio si ve algo que se les ha podido pasar a ellos o a los jugadores que comparten partido con el presunto infractor. Pueden decidir ellos mismos. Siempre es mejor que sea uno de los nuestros quien vea y decida. Así salvaguardamos nuestro juicio”.

La polémica por las decisiones que se cree erróneas no desparecerá pero será mucho más contenida. “Tenemos que tomar siempre la decisión más correcta”, dice José María Zamora, otro de los grandes árbitros españoles. “Y a veces lo correcto está reñido con lo que el espectador considera justo. Muchas veces no penalizamos conductas porque vemos que no se puede hundir a uno por algo que ha hecho sin intención. Y para decidirlo siempre está nuestro conocimiento del juego y las reglas, y de los jugadores, y nuestra experiencia”.

 

 

 

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