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Una cita con la historia cada verano

Ocho podios en los nueve últimos Europeos es una gesta memorable. Nadie tiene su nivel de talento y entrega. Nadie tiene ese espíritu de equipo.

Final Eurobasket femenino 2017
Anna Cruz, en una jugada de la final. AFP

Nos ha costado tantísimo llegar hasta aquí que no queremos dejar de ganar medallas nunca. Cada año que pasa sumamos saber estar y capacidad competitiva a un talento imparable. Ocho podios en los nueve últimos Europeos es una gesta memorable. Solo fallamos en 2011 y de aquel palo salimos lanzadas a la gloria. Desde entonces, cuatro finales en cinco campeonatos. Queda cuerda para rato y las ausencias de Rusia y Serbia en el Mundial de España de 2018 anuncian más éxitos inmediatos de este equipo increíble.

Pensando en el futuro, la FIBA debería replantearse el calendario, equilibrando la medida física con la relevancia del campeonato. Ni un formato maratoniano como el de 2015, con 10 partidos en 18 días, ni uno exprés como el de esta edición, con seis encuentros en apenas semana y media. Necesitamos mayor visibilidad. Lo que es invariable cada verano es el estilo de España: intensidad, presión y pasión a pista completa. La fórmula para renovar cada verano la cita con la historia. Ahora somos el modelo a seguir.

Barcelona 92 fue la gran oportunidad y significó un antes y un después en el viaje hacia el profesionalismo del baloncesto femenino. A la estela del quinto puesto en los Juegos y con el impulso del Dorna Godella bicampeón de Europa, aquella generación supo engancharse al boom del deporte y captar a los patrocinadores que desarrollaron una liga española hasta entonces semiprofesional. Llegaron extranjeras de calidad, se reconoció a las jugadoras nacionales y tanto los clubes como la selección empezaron a competir en Europa. Nos abrimos al mundo y el oro de Perugia en 1993 nos colocó en el mapa.

Nadie sabe lo que costaron los bronces que llegaron después en los Europeos de 2001, 2003 y 2005. El pundonor y el carácter de aquella generación y el trabajo de los equipos fue abriendo un camino inexplorado. Entonces no teníamos a Sancho Lyttle y nos defendíamos con pívots de 1,80 ante rivales gigantescas. Aquellas mujeres que se llevaron verdaderas palizas de la URSS, Yugoslavia y Checoslovaquia nos enseñaron a sufrir y a competir. Pilar Valero, Paloma Sánchez, Blanca Ares, Wonny Geuer, Marina Ferragut, Betty Cebrián, Ana Belén Álvaro, Rosa Castillo... nos enseñaron a pensar que todo era posible. Mi generación interiorizó que se podía perder por 30 o por 40, pero que las derrotas te podían hacer más fuerte. El trabajo y el talento fueron dando sus frutos, el proyecto de la Federación fue multiplicando las jugadoras y, aunque la liga perdió nivel y la crisis forzó la emigración, la cadena no se rompió rumbo a un recorrido inolvidable de medallas.

La calidad de las jugadoras españolas se reparte en los mejores equipos de Europa y se reúne en la selección en cada torneo. Ningún país tiene tantas piezas de tanto nivel como nosotras. Marta Xargay, Alba Torrens, Anna Cruz, Sancho Lyttle, Laura Nicholls... todas. Nadie tiene su nivel de talento y entrega. Nadie tiene nuestro espíritu de equipo. Independientemente del color de la medalla o de si nos quedábamos a las puertas, siempre nos dejamos el alma.

Amaya Valdemoro fue 258 veces internacional y ganó seis medallas con España.

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