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El odio ajeno: la gasolina del Real Madrid

El equipo blanco se alimenta del odio que, gratuitamente, le profesan sus rivales más irritados

Cristiano Ronaldo celebra en la final de Milán.
Cristiano Ronaldo celebra en la final de Milán. AFP

Todavía son mayoría los que se empeñan en negar la evidencia sin atenerse a las catastróficas consecuencias: el Real Madrid se alimenta del odio que, gratuitamente, le profesan sus rivales más irritados. No existe verdad más rotunda e incuestionable en un deporte que, a menudo, acostumbra a redactar leyes y fabricar nuevos testamentos a partir de pequeñas mentiras.

Esta misma semana, como cabía esperar, hemos asistido a un nuevo desfile de buenas intenciones que nos empujan, de cabeza, hacia el precipicio equivocado. Además de TV3, que nunca pierde ocasión de colaborar desinteresadamente con la causa madridista, voces autorizadas como Andrés Iniesta o Joan Laporta han manifestado su preferencia por la derrota del equipo blanco en Cardiff, declaraciones comprensibles cuando se pronuncian desde la acera opuesta pero poco prácticas, además de peligrosas. Bajo esa apariencia afable de la lógica rivalidad y el respeto a las tradiciones solo se esconden cemento fresco y gasolina, ideales para enterrar las decepciones en carne propia y alimentar la ambición rabiosa de un rival que ofrece su mejor versión cuando se siente detestado.

Tanto ha perfeccionado el Real Madrid las técnicas del reciclaje sentimental que ya cuenta, a día de hoy, con una legión de reservistas propios entregados a la inquina, tan astutos y previsores sus dirigentes que parecen haber anticipado la aparición de esta nueva hornada de antimadridismo indie, capaz de negarle el pan y la sal a base de fría indiferencia. Se trata de un pequeño grupúsculo, nada preocupante para sus intereses; apenas un porcentaje residual frente a las mareas de enemigos airados que alimentan sus calderas con espumajos atómicos y los peores deseos. Sin embargo, a nadie se le escapa la necesidad de controlar los avances de esta pequeña primavera, de ahí que las peores previsiones auguren una avalancha de ilustres enemigos deseando la mejor de las suertes a la Juventus de Turín: en eso consisten, en realidad, los famosos hilos que se mueven en el palco del Santiago Bernabéu.

Jugada maestra la de Florentino Pérez, señor del páramo y ayatolá del Rock and Roll: “¡Traed gasolina para mayor gloria de Humungus!”, parece repetirse en la soledad de su trono mientras comprueba cómo fluye el odio y acaricia el lomo de un gato negro. Algún día, cuando los historiadores del fútbol revisen su legado, se encontrarán de bruces con la piedra maestra sobre la que fundamentó los éxitos cosechados durante su mandato: saber incitar la animadversión de sus rivales, convencer a los suyos de que el Real Madrid lucha solo contra el mundo, crear una fábula en la que el lobo es mordido por las ovejas y los cerdos, por qué no, siguen siendo comunistas.

Bien harían los enemigos irreconciliables del madridismo en desear la mejor de las suertes al conjunto blanco. Cuentan las viejas crónicas que el mismísimo Garrincha llegó a pedir el cambio en cierto partido en que la hinchada rival comenzó a corear su nombre, incapaz de asimilar la situación. ¿Hasta cuándo vamos a seguir contribuyendo los rivales a la gloria perpetua del Real Madrid? Es hora de que antimadridismo reaccione y se una bajo un solo grito de ¡Hala Madrid! Eso los descolocará.

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