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Todos somos Cruyff

Cruyff, tras presentar un documental en 2014.

Johan Cruyff circulaba por Barcelona con la misma sonrisa que aparcaba en el Camp Nou. Nunca necesitó un GPS ni un Google Maps sino que en su empeño por encontrar el camino más rápido para llegar al estadio, calculó que si seguía una determinada ruta después de un semáforo rojo llegaban siempre dos en verde y el camino se hacía más fácil para acceder a las instalaciones del Barça. Incluso cruzó alguna apuesta ante quienes discutían una tesis que solo se cumplía precisamente cuando el conductor era el entonces entrenador del Barcelona.

Así funcionaba Cruyff. “El cerebro de mi padre nunca dormía, de manera que siempre iba un paso por delante de los demás”, sostiene su hijo Jordi, el portavoz del legado de su padre como ciudadano, como persona y como figura universal, capaz de dejar huella incluso en un país tan poco futbolístico como Estados Unidos. Cruyff no se llevó ninguna pelota de América sino que se quedó con las claves del negocio del deporte, y de la industria del entretenimiento, y aprendió a descifrar el béisbol, consciente de que quien entiende sobre un deporte tan complejo siempre será capaz de explicar el fútbol en cualquier campo de Europa.

La opinión más banal y discutible se convertía en un argumento irrefutable en boca de Cruyff, incluso cuando defendía que el blanco no es un color, ni que fuera para hablar del Madrid sin citar al Madrid. Cruyff impregnó con su olor la Liga, el Camp Nou y la Copa de Europa después de elogiar el olor a limpio de los vestuarios del Ajax y de Holanda.

No tuvo más cómplice que el balón, de manera que discutió a menudo con quienes reglamentaban el juego y, por supuesto con los directivos, tanto en Holanda como en Barcelona. Los intereses han provocado que el cruyffismo haya sido difundido más y mejor por los conversos que por los amigos, también los de su infancia en Ámsterdam. Nunca admitió medias tintas y por tanto siempre fue un radical, circunstancia que explica la admiración que ha provocado en figuras como Guardiola. Cruyff se distinguió siempre por detectar el talento y consecuentemente su legado sobrevive a la persona, recordada en audiovisuales como el Gràcies Johan emitido recientemente por TV3.

A la palabra de Cruyff se añade ahora un libro de su puño y letra, como cuando ejercía de columnista, oráculo del Barça y de Holanda. La vida en el Camp Nou no hubiera sido igual sin el dream team, sin sus consejos a Rijkaard, tampoco sin sus trifulcas con Van Gaal, y menos sin su apoyo a Guardiola. No es casualidad que sean el propio técnico del City y su hijo Jordi quienes mañana presenten su autobiografía, un libro que solo se puede leer como corresponde si se imita la voz del propio Cruyff. Todo el mundo ha querido ser un día Johan Cruyff.

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