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En el Sambódromo, Kipchoge se consagra como el mejor maratoniano

El keniano destroza a la concurrencia con 10 kilómetros entre el 30 y el 40 a ritmo de récord del mundo

El keniano Eliud Kipchoge cruza el primero la meta del maratón.
Atletismo Atletismo
· Marathon Masculino
Oro Eliud Kipchoge (KEN) 2:08:44
Plata Feyisa Lilesa (ETH) 2:09:54
Bronce Galen Rupp (USA) 2:10:05

Al Sambódromo de Río, inmenso estadio de danza a cielo abierto casi desierto bajo la lluvia de invierno, llega un argentino corriendo de lado y un norteamericano resbala en un charco ante una línea bajo una pancarta, se queda tendido medio segundo y se levanta con clase y estilo después de hacer dos flexiones. Cruza la línea andando y saluda. Es Meb Keflezighi. En la pancarta un reloj señala 2h 16m 46s. Cuando el argentino, que se llama Federico Bruno y sufre calambres que le obligan a tan peculiar final, cruza bajo la pancarta, el reloj señala 2h 40m 05. Ha terminado su maratón. Han terminado los Juegos.

El maratón olímpico, 42,195 kilómetros por las calles abandonadas de Río, por sus playas embarradas por la lluvia, es la prueba que define los Juegos, la que mide mejor que ninguna la resistencia y el carácter de los atletas, y su talento inmenso. Es la prueba de Abebe Bikila nocturno y descalzo en Roma bajo el arco de Constantino, cuya historia todos han oído contar a sus padres; la carrera de Sam Wanjiru, el keniano de 21 años que desafió toda la lógica, la contaminación y la humedad de Pekín y se lanzó solo contra todos y triunfó en su locura batiendo un récord olímpico que aún perdura. Es un símbolo que atrapa Eliud Kipchoge, quizás el mejor maratoniano de todos los tiempos, aunque no haya logrado aún batir el récord del mundo, aunque sus carreras parezcan cuerdas y lógicas. Aunque corra calzado y con una gorra blanca encajada en la cabeza que lanza al público en el kilómetro 32, cuando decide que ha llegado su momento. “Iba todo un poco lento, por eso aceleré. Había venido a por el oro”, dijo luego Kipchoge, de 31 años.

Por el medio maratón habían pasado los atletas en 65m 55s, a un ritmo de 2h 12m. La segunda parte la corrió, sin gorra, lanzado, minando la resistencia del norteamericano Rupp y del etíope Lelisa, los últimos que resistieron su marcha, en 62m 49s, ritmo de 2h 6m, gracias a 10 kilómetros, del 30 al 40, en 29m 9s. Ganó con 2h 8m 44s. Era el octavo maratón de su vida. De los otros siete, había ganado seis y terminado segundo el séptimo.

Kipchoge siempre ha corrido así, llevando la contraria al sentido común, más rápido al final que el principio. Lo hizo ya en 2003, cuando era el joven de 18 años que derrotó a los intocables El Guerruj y Bekele en el choque de los 5.000m del Mundial de París. Lo repitió en un maratón de Berlín en el que no batió el récord del mundo (los 2h 2m 57s de su compatriota Dennis Kimetto) porque se le salieron las plantillas de las zapatillas, y en el último de Londres, hace unos meses, en su segunda victoria en la capital británica, donde acabó en 2h 3m 5s, la segunda mejor marca de la historia, a 8s del récord del mundo.

Corrieron dos españoles, que intentaron hacer una carrera inteligente, al ritmo que les marcó el último test de lactatos y que les dictaba una marca no inferior a 2h 15m. Las circunstancias, sin embargo fueron más fuertes que la ciencia y la inteligencia. Carles Castillejo, después de sufrir “un bajón inexplicable”, acabó en 2h 18m 34s, 49º, la última carrera profesional de su vida. A Jesús España le derrotó la humedad. Llegó deshidratado pero orgulloso por no haberse rendido a pesar de “haber pinchado”. Fue 65º en 2h 20m 8s.

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