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Bale desencadenado

Bale celebra su gol al Sporting
Bale celebra su gol al Sporting el 17 de enero. REUTERS

Alguien dijo alguna vez que en el vestuario del Real Madrid existía la creencia de que Jesé era mejor futbolista que Gareth Bale. Dado que los jugadores que pueblan ese vestuario siguen allí, y no en un frenopático, habrá que deducir que semejante pensamiento ha sido borrado de su cerebro. Durante muchos meses un debate perverso ha permanecido instalado en el madridismo: la titularidad del futbolista galés. Que venía impuesta, decían, desde los despachos del Bernabéu. Que Carlo Ancelotti, Rafa Benítez y Zinedine Zidane, los tres últimos entrenadores, no hacían sino plegarse a las exigencias de Florentino Pérez, obedientes como son. Se nos explicó desde múltiples foros que el equipo jugaba mejor con un centrocampista en lugar del galés. Los tres miembros de la llamada BBC (Bale, Benzema y Cristiano) se anulaban si coincidían en el césped. Uno, en su ignorancia, echaba la vista atrás y comprobaba que el mejor partido que el Madrid ha ejecutado en lo que va de siglo fue con los tres juntos, en Múnich, ante un Bayern que se llevó la mayor goleada de su historia en casa (0-4) y que su técnico, Pep Guardiola, justificó porque a él nadie le había advertido de que al fútbol pueden jugar atletas.

Supimos también durante los últimos meses que Bale era un cuerpo extraño en el vestuario, aunque fuera un habitual en las francachelas que suele organizar la plantilla. Y hubo quien consiguió explorar en la mente de Cristiano y, al albur de los frecuentes mosqueos que el portugués, individuo humilde donde los haya, se cogía cuando Bale no le cedía gustosamente el balón, dedujo que eran enemigos, como demuestra, sin duda, que Cristiano votara a Bale para el Balón de Oro. Y hurgando en la basura se nos intentó convencer de que Bale era un cero a la izquierda en los partidos grandes. Pero, siempre desde el desconocimiento, uno acudía a las imágenes de los cuatro últimos títulos ganados por el Madrid y veía a Bale correr la banda en una final de Copa ante el Barça, subirse a la grada a saludar a la familia allí presente, regresar al césped todavía por delante de su defensor y marcar el gol del triunfo. O le contemplaba cabeceando el 2-1 ante el Atlético en el partido que le dio al Madrid la Décima. O dando una asistencia de museo a CR7 en el primer gol de la final de la Supercopa ante el Sevilla. O, en fin, marcando el segundo tanto en la victoria blanca en el Mundialito.

Las sonrisas del destino

Cuatro casualidades serían. O sonrisas del destino, que diría Pablo Iglesias. El problema del Madrid, proclamaban los que de esto saben, era Bale, su indolencia, su apatía, su anarquismo. La última vuelta de tuerca le mostraba hundido por el despido de Benítez, su gran valedor. Tanto dolor agrupaba Bale que en el siguiente partido, ya con Zidane, solo marcó tres goles, el muy desagradecido. Ese día el Bernabéu le despidió con una atronadora ovación y el pérfido debate, nacido, crecido y reproducido por los más afamados defensores de la esencia futbolística, quedó muerto y enterrado. Días después se supo que Bale le había costado al Madrid 100 millones de euros, como informó desde el primer día este periódico, y no los 91 que publicitó el club para no dañar el ego de Cristiano y que este siguiera pareciendo el futbolista más caro de la historia, a la espera de conocer si Neymar tiene algún primo segundo que también se haya lucrado con su traspaso al Barça. Esta temporada Bale lleva 14 goles y 10 asistencias en 21 partidos. Siete de esos goles fueron de cabeza. Así las cosas, y puestos a inventar debates, el siguiente bien puede versar sobre la incidencia que en esa cifra de goles tiene el espantoso quiqui que de un tiempo a esta parte luce el galés en su cabellera, dado que solo alguien muy ruin osaría abrir otro debate afirmando que ayer el Madrid empató con el Betis por la ausencia de Bale.

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