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EL QUE APAGA LA LUZ
Columna
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Esos chicos que tan feliz hacen a Florentino Pérez

Florentino Pérez felicita a Rudy Fernández después de que el Madrid ganase en febrero la Copa del Rey de baloncesto.
Florentino Pérez felicita a Rudy Fernández después de que el Madrid ganase en febrero la Copa del Rey de baloncesto.Ángel Medina G. (EFE)

Hay un señor, Felipe Reyes de nombre, que lleva un año levantando trofeos. Seis títulos ha conquistado junto a sus colegas Llull, Rudy y El Chacho. Nunca en la historia un jugador de baloncesto logró semejante botín en menos tiempo: Supercopa de España, Copa del Rey, Liga, Copa de Europa, Intercontinental y, de añadidura, ese Eurobasket en el que se colgaron del cuello de una bestia llamada Pau Gasol. Pero el viernes pasado la fiesta tocó a su fin. El Madrid cayó en la Supercopa 2015. Ese día se cerró el círculo victorioso de un equipo que se ha ganado el derecho a perder. Un equipo que hace apenas cuatro años vivía en la indigencia tras la salida de su banquillo de Ettore Messina, que llegó por la puerta grande y se fue por la puerta de servicio, no sin antes señalar al que consideraba culpable de los males del equipo: Felipe Reyes.

Fue entonces cuando Florentino Pérez se puso en manos de los profesionales. Y confió el futuro de la sección a un director deportivo, Juan Carlos Sánchez, y un subdirector, Alberto Herreros. Estos dieron el mando del equipo a un entrenador de escasa experiencia y nulo glamour, Pablo Laso, nombramiento que no sentó bien a orillas y dentro del Bernabéu. Cinco temporadas después, los de Laso han disputado 14 de 18 finales posibles, de las que han ganado 10, cinco en un año, lo nunca visto en el baloncesto mundial.

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Vive el madridismo instalado en la paradoja, donde vive también Florentino Pérez, que triunfa como presidente en el baloncesto y sufre como director deportivo en el fútbol. Sin embargo, el mandatario no se cansa de asegurar que el Madrid futbolístico, el que no ha ganado un título en el año en curso, es el número uno en el ranking de la FIFA. Con semejante galardón, resulta incomprensible que el aficionado no pernocte en La Cibeles. Es el Madrid un club que celebra por todo lo alto que uno de sus futbolistas, superlativo eso sí, iguale o supere el récord de goles, como acaba de hacer Cristiano. Todos los fastos que acompañaron al portugués le faltaron a Casillas en su adiós. Por no recordar el silencio que acompañó a Carlo Ancelotti, ese señor que ganó la Décima y al que se despidió por… un momento que recuerde… ¿Por qué se le despidió? Fue el mismo estridente silencio que el club le regaló en la última asamblea de socios, en la que su imagen fue omitida del vídeo de resumen de la temporada, un gesto del que quizá no fue responsable el presidente, sino algún empleado que pensó que así haría feliz al jefe.

Pero al jefe, hoy, solo le hacen feliz esos chicos del basket, a los que no ciega la púrpura (por eso aceptan un papel secundario cuando anda cerca Gasol) y que el viernes ejercieron su derecho a perder. Son esos chicos que forman parte de una plantilla que se renueva según el criterio de un director deportivo, un subdirector y un entrenador bajo la supervisión de un presidente que ejerce solo de eso. Y que así es feliz, todo lo contrario que el Florentino del fútbol, que vive en un disgusto permanente ejerciendo de presidente, director deportivo y subdirector, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Demasiado para un mortal.

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