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La ‘Magic Line’ al K 2, una década después

Jordi Corominas narra su gesta única, la ascensión por la vía más compleja de la montaña

La expedición de 2004: Cadiach, De la Mata, Tosas, Corominas y Giró. Ampliar foto
La expedición de 2004: Cadiach, De la Mata, Tosas, Corominas y Giró.

Hace diez años, el 17 de agosto, Jordi Corominas firmó la primera (y hasta la fecha única) repetición de la ‘Magic Line’ al K 2 (8.611 m), la línea más compleja y espectacular que conduce hasta la cima de la segunda montaña más elevada del planeta. El suyo fue un viaje sublime, alpinismo visceral, un paseo de altura desde el sufrimiento y la incertidumbre en el que pudo contemplarse a medias como un espectador curioso y un actor comprometido. De haber podido elegir entonces, Corominas hubiese desaparecido a su regreso a Benasque, de nuevo anónimo, hierático, silencioso. Pero no tuvo elección y concedió unas pocas entrevistas sencillamente porque él y sus compañeros de expedición necesitaban publicidad para no acabar pagando de su bolsillo los gastos invertidos en una gesta mayúscula. Corominas, en chanclas y con calcetines blancos para esconder la amputación de la mitad del dedo gordo de uno de sus pies, habló con éste periodista, pero se negó a revelar otra cosa que no fuese los datos fríos de su ascensión: nadie, y menos la prensa, conocería sus pensamientos, su viaje interior camino de una cima que finalmente afrontó en solitario, a cara o cruz, a vida o muerte. Había en su actitud una mezcla de orgullo y rebeldía, de desprecio incluso respecto a la comercialización de su ascensión.

Ahora, cumplidos los 56 años de edad, el ‘Coro’, como le llaman sus amigos, es otro. Sigue soñando y perpetrando grandes ascensiones, pero ya no es una máquina silenciosa y enigmática, si bien cuando irrumpe en una sala concurrida su sola presencia la silencia. Jordi Corominas, catalán, como el resto de los alpinistas que le acompañaron hace una década (Jordi Tosas, Oscar Cadiach y Manel de la Mata) mantiene intactos sus principios alpinísticos pero es una persona mucho más expansiva, un tipo que habla con agradable ironía, que se ríe de sí mismo y adora charlar de literatura. Es nuestro alpinista más grande. Hace nada se matriculó en la UNED para cursar estudios de Filología hispánica y, calcula, acabará la carrera “cuando se acerque mi septuagésimo cumpleaños”.

La vía que asustó a Messner

Aseguran que fue Reinhold Messner, para casi todos el alpinista más grande que ha existido, quien bautizó el pilar Sur-Suroeste del K 2 como la ‘Magic line’ o ‘Línea mágica’. En 1979, Messner reunió a un equipo de alpinistas superdotados para conquistar dicho pilar, tan directo como estético y técnicamente complicado. Viajó junto a Ricardo Casarotto, Alessandro Gogna, Friedl Mutschlechner, Michl Dacher y Roger Schauer, pero al saber que una expedición francesa pretendía idéntico objetivo, cambió de planes y se replegó a la vía normal de los Abruzzos. Su sorprendente decisión enfureció enormemente a Casarotto, quien soñaba realmente con escalar la línea ‘Mágica’: a su juicio, Messner se asustó con el proyecto y nunca se lo perdonó. El equipo francés, dotado de importantísimos medios y con 14 alpinistas en nómina no pudo superar la cota de los 8.350 metros. Siete años después, en 1986, dos equipos de alpinistas, uno polaco y otro norteamericano, coincidieron a los pies del proyecto. A su lado viajaba un satélite solitario llamado Renato Casarotto. Un alud sepultó al líder de la expedición norteamericana, John Smolich y de su compañero Al Pennington, circunstancia que precipitó la retirada del equipo. Casarotto, que compartía expedición con Mari Abrego y Josema Casimiro (ese año firmarían la primera ascensión española al K 2, por la ruta de los Abruzzos) alcanzó la cota de los 8.300 metros pero no pudo llegar más lejos: descorazonado y agotado cayó al fondo de una grieta cuando se hallaba apenas a unos cientos de metros del campo base. Pidió ayuda por radio, fue rescatado pero murió allí mismo, con su mujer, Goretta como testigo. Su cuerpo fue devuelto al fondo de la grieta pero sus restos emergieron en 2004, fueron encontrados por Oscar Cadiach y trasladados al vecino Memorial Puchoz.

Días después del fallecimiento de Casarotto, los polacos Wojciech Wroz y Przmyslav Piasecki junto al checo Pter Bozik completaron la ansiada línea y hollaron la cima del K 2. Wroz falleció al resbalar en el cuello de botella, una muerte más que sumar en el año más oscuro de la historia del K 2: 13 muertos en total. Ese año también se completó otro itinerario fabuloso: Jerzy Kukuczka y Tadeusz Piotrowski, polacos ambos, abrieron una nueva ruta en estilo alpino por la cara sur, aunque Piotrowski falleció al perder un crampón durante el descenso. En 2004, Jordi Corominas y sus compañeros contactaron con el equipo polaco para obtener información de la vía, pero “sólo nos dijeron que no recordaban nada de nada de la parte superior de la ruta, así que nos fueron de ninguna ayuda”, ríe Corominas, aún atónito.

Si el alpinismo tiene un valor, éste tiene mucho menos que ver con la proeza física y técnica que con las motivaciones, miedos y justificaciones de sus actores. Escalar la ‘Magic line’ es una proeza; explicarlo es aún más grande. ¿Quiere ahora hablar de ello Corominas? Eso parece, convencido como está que la esencia de su gesta no estuvo en sus pasos sino en la fortaleza de sus creencias. Además, para alguien que descubrió los códigos del alpinismo en los libros de montaña, en el testimonio de Rebuffat, Terray o Messner, el silencio obstinado ha perdido su razón de ser. En el alpinismo hay una palabra que cohíbe a casi todos y estimula a unos pocos: compromiso, ‘engagement’ para los franceses, que por algo inventaron el arte de escalar montañas. Dentro del compromiso existen grados, claro. El 17 de agosto de 2004, Corominas abrazó éste tipo de compromiso máximo: “Es cuando no hay vuelta atrás, cuando o sales por arriba o no sales. Pones tu vida en juego. Sabes que hay más posibilidades de no salir de allí que de salir. ¿Por qué lo asumí? Se trataba de un caso especial del que es mejor no hablar”, confió, tajante, hace una década.

Su silencio frustró al periodista. Pero ahora, al término de una larguísima jornada en montaña y cuando apenas falta una hora para regresar a Chamonix, caen las mismas preguntas, con suavidad, desde lo general hasta el tuétano. El día de cima, Corominas fue el último en salir de la tienda del último campo de altura, plantada a 8.100 metros, tras Oscar y Manel que arrancó el primero: “Salimos por orden, según nos vestimos ya que no podíamos hacerlo todos a la vez”. Corominas superó a Cadiach, quien manifestó sus dudas respecto a seguir con el ataque, y se reunió con de la Mata a 8.200 metros. Allí, a las siete de la mañana, el trío celebró un mínimo cónclave y Cadiach decidió renunciar; Corominas anunció su decisión de seguir; De la Mata dudó in situ al menos hora y media, puesto que cada vez que Jordi giraba la cabeza podía verle, ahí, plantado. Para Manel, que había demostrado una fortaleza excepcional, decidirse en uno u otro sentido debió de ser un ejercicio sumamente doloroso. Finalmente, en algún momento decidió darse la vuelta y junto a Cadiach alcanzó al día siguiente el campo 1, donde una peritonitis derivada de una apendicitis acabó con su vida.

“¿Por qué decidí seguir? Llevábamos dos meses de expedición casi siempre con mal tiempo y habíamos acordado intentarlo hasta el final. Y estaba allí y sabía que hasta el día siguiente haría buen tiempo. Lo tuve claro. Quería intentarlo hasta el final”, explica ahora con sencillez. “No sentí miedo. Creo que estaba preparado apara asumir todo lo que llegase a partir de ese momento, creo que estaba preparado y en el lugar adecuado después de un trabajo ingente junto a mis compañeros. No tenía sentido para mí dar marcha atrás. No en ese punto”, se sincera. Enseguida, un muro de roca interrumpió su paso: superarlo sin compañero que le asegurase fue tan delicado que una vez resuelto el trance supo que no podría bajar por el mismo lugar, que su salvación pasaba por la cima y por un descenso a ciegas por la ruta normal de la montaña, por el espolón de los Abruzzos. Las campas de nieve somitales estaban sobrecargadas de nieve. Corominas invirtió seis horas en completar los últimos 100 metros de desnivel, con nieve por la cintura. “No era apenas consciente de lo lento que iba, ni de la fatiga que acumulaba. En casa, ví que al querer sacar una foto grabé un pequeño vídeo en el que se escuchan perfectamente mis jadeos de locomotora”, ríe. Casi 20 horas después de abandonar el último campo de altura, Corominas pisó la cima del K 2, ‘la montaña de las montañas’, escalada por ‘la vía de las vías’. Era la medianoche y “temía confundirme de vertiente y bajar a China, estaba obsesionado con esa idea imposible. Me costó un rato encontrar el camino hacia el cuello de botella. Me habían dicho que había una cuerda fija y no lograba dar con ella. Fueron momentos de angustia”. Finalmente, pese al cansancio, la noche y el temor el olfato de Corominas y una pizca de fortuna le ayudaron a dar con el camino: dio con las huellas de unos alpinistas japoneses que ese mismo día habían hollado la cima desde la vía Cessen. Siguiéndolas, encontró los restos de un alud que había segado la cuerda fija: “todavía hoy recuerdo con nitidez que se trataba de una cuerda negra y amarilla”. Fue la confirmación definitiva de que caminaba hacia la vida. Así alcanzó el último campo de la ruta normal donde la pareja japonesa le sirvió un té. Sin demorarse más, Corominas alcanzó del tirón el campo 3 y trató de seguir “pero al colocar el ocho en la cuerda fija entendí que no tenía fuerzas para más y me tendí en una tienda que mis compañeros habían dejado allí como parte de nuestra estrategia”, explica.

Corominas no suele pensar a menudo en su K 2. Tampoco recuerda grandes pensamientos filosóficos camino de la cima: “Me repetía una y otra vez que debía seguir, no parar, nunca parar. Me sorprendí llegando tan tarde a la cima, pero no había nada que hacer al respecto. Te mueves para sobrevivir, no hay margen para nada más en tu cabeza. Creo que estaba preparado para asumir ése nivel de compromiso. En eso consiste el alpinismo: en aceptar el compromiso con todas sus consecuencias”, termina.