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Hegemónica Serena

La número uno refuerza su trono tras vencer en la final de Madrid a Sharapova (6-1 y 6-4) y revalida el título conseguido el año pasado

Serena Williams celebra la victoria ante Sharapova.
Serena Williams celebra la victoria ante Sharapova. REUTERS

Una magnífica obra de suspense, resuelta de forma extraordinaria. Había trazado un plan Serena, dosificado los tiempos, jugado al despiste. Mermada por sus dolores en la espalda y la exigencia del calendario, había diseñado una estrategia en Madrid para conservar la corona mundial del tenis femenino y aterrizar lo más fresca posible en su careo con Sharapova, la aspirante a arrebatarle el trono. Al tran tran sobre la arena, recibió críticas y algún que otro susto por caminar sobre el alambre, por ese constante ejercicio de funambulismo en que se tradujo su paseo por la Caja Mágica. Hasta hoy. Hegemónica, autoritaria. Rotunda. Un rodillo insalvable para Sharapova, que cedió en la final (6-1 y 6-4) y agachó la cabeza ante la reina. “Me encanta sentirme la número uno”, advertía Serena. No acepta afrentas.

Me encanta sentirme la número uno”, advertía Serena antes del partido

Lo deja claro desde que pone el pie sobre el tapiz rojo de la central. Un break para arrancar. Toda una declaración de intenciones. Tres juegos más consecutivos a una velocidad de vértigo. Está grogui Sharapova por la andanada. La grada, ansiosa por que se equipare el pulso y se prolongue el show, le arropa y pide guerra. No ayuda la rusa, que comete cinco dobles faltas en los cuatro primeros juegos. El runrún se instala entre los asistentes. La batalla no solo está sobre la arcilla, al otro lado de la red; también en su interior, detrás de esa visera naranja que camufla su zozobra. Serena le juega en largo, busca las líneas y pone velocidad de crucero. Sus restos son meteóricos. Sharapova continúa la lucha consigo misma. Tira ahora de orgullo, de esa derecha plana y cruzada con la que ha castigado a quienes se cruzaban a su paso. Araña un juego; cuestión de orgullo. Serena corta en seco y saca el mazo. Se apunta el primer set en 32 minutos.

Serena posa junto a Sharapova con el trofeo. ampliar foto
Serena posa junto a Sharapova con el trofeo. AFP

Los acordes de No Doubt envuelven el recinto. Efectivamente, no hay duda. Ella manda. Serena es la reina, una muralla insalvable por ahora. Antes de iniciar la segunda manga e iniciar el servicio, eleva la bola y se la muestra a su adversaria. Un gesto de cortesía. También un anticipo de la que se le viene encima a la rusa, mucho más combativa ahora. Contestataria, comienza la manga con un break. Propone un juego intenso, frente a la pausa a la que invita ahora Serena, contemporizadora. Brindan los mejores peloteos del partido y aumentan los decibelios. Estalla entonces la estadounidense, que a cada derechazo de su contrincante responde con otro más milimétrico y más poderoso. Le estrangula poco a poco a Sharapova, como una anaconda que pone el punto y final a su presa. Así lo hace Serena, que aborta una opción de break de Shazza, resta en largo, la hace corretear de un lado a otro de la cancha y dicta sentencia con una derecha demoledora.

Un doble giro en el centro de la arena, como la gimnasta que clava un salto y borda su ejercicio, corrobora su mandato. No hay sucesión, al menos de momento. No ahora. Se funde en un abrazo con su gente, choca las manos y enseña dos largas filas de dientes. Está eufórica la reina. Sharapova asiste fría desde su banqueta. De poco valen sus 21 triunfos consecutivos sobre tierra batida. No ha sido capaz de ganarle a la norteamericana desde 2004. El registro habla ahora de 13 victorias en 15 enfrentamientos a favor de Serena, radiante en la ceremonia final de Madrid. El estatus se mantiene.

“Sigo teniendo hambre”

A. C. / Madrid

Todavía tiene el gusanillo, la necesidad de saborear cada pelotazo y lucir su corona Serena. “Es completamente diferente a cuando empecé. Al principio es muy emocionante: ‘¡Oh, Dios mío! He ganado un Grand Slam. Ahora es distinto, pero espero ganar. Deseo ganar”, dice después de batir a Sharapova y elevar su segundo título en Madrid, el 50º de su carrera; “siento la presión todos los días, Creo que es bueno porque quiere decir que sigo teniendo hambre. No sé cuantos más podré lograr. ¿Quién sabe si volveré a ganar? Quiero vivir el momento y el sueño mientras tengo la oportunidad de hacerlo”.

Número uno desde el pasado mes de febrero tras un año alejada del tenis por una embolia pulmonar, la estadounidense exprime cada instante que tiene una raqueta en la mano. “A veces me pregunto: ¿Serena, cuando te vas a cansar? No lo sé. No sé si es por todo lo que he pasado, pero me siento muy afortunada de poder estar aquí, sana, y poder practicar este deporte y ser muy buena en ello”, reconoce.

Con 31 años, es la jugadora más veterana en liderar el ranking mundial del tenis femenino. No acusó su veteranía en el duelo ante Sharapova, cinco años menor, superada desde la primera bola en juego. “No sé si salió nerviosa, pero sí sé que he jugado contra una gran atleta. Maria es una gran jugadora de tenis. “Es duro perder la final, pero creo que mi preparación es buena. Gané en Stuttgart y aquí he jugado varios partidos. Una vuelta de tuerca más para Roland Garros”, explica por su parte la rusa, muy errática en la primera manga; “comencé muy lenta. Contra una rival como ella no puedes hacer eso. No reaccionaba bien, no me movía bien… y tampoco he tenido un gran primer saque”.

No dudó en calificar Sharapova a Serena como “la más fuerte” y coincidió con la norteamericana en un aspecto: “Hago muchas otras cosas en mi vida como los negocios o la moda, pero no hay nada que me produzca más placer que jugar al tenis”.

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