Hipertensión en La Catedral

Aduriz da la victoria al Athletic ante un Granada que remató al poste en el minuto 92

Aduriz remata a gol ante Iñigo López
Aduriz remata a gol ante Iñigo López Alfredo Aldai (EFE)

Hay peligro en San Mamés. Peligro de hipertensión por un estrés acumulado que no encuentra ni paciencia ni sosiego. Y se juega con miedo, con nervios, con un fútbol impreciso, acelerado. Y se conduce en dirección contraria, y se provocan atascos defensivos por acumulación de futbolistas. Y el rival transita, a poca parsimonia que tenga, como un dominguero pegado al volante del balón sin obstáculos de frente ni a su espalda. Por eso San Mamés tembló cuando Aduriz mandó el balón a la red, como se celebran los goles con futuro. Y por eso San Mamés tembló en el periodo de prolongación cuando Brahimi, el mejor jugador del partido, disparó al poste. Entonces, La Catedral tuvo la sensación de que San Mamés había movido la madera en su último acto de servicio.

ATHLETIC, 1 - GRANADA, 0

Athletic: Iraizoz; Gurpegui, Ekiza, Laporte; Iraola, Herrera, San José, De Marcos; Susaeta, Aduriz (Llorente, m. 79) e Ibai Gómez (Muniain, m. 68) (Toquero, m. 89). No utilizados: Raúl, Aurtenetxe, Isamel López y Ramalho.

Granada: Toño; Nyom (Buonanotte, m. 68), Íñigo, Mainz, Brayan; Juanma, Brahimi, Mikel Rico, Nolito; El Arabi (Aranda, m. 67) e Ighalo. No utilizados: Roberto, Diakhaté, Lucena, Borja y Recio.

Gol: 1-0. M. 67. Aduriz cabecea picado un centro de Ibai Gómez.

Árbitro: Del Cerro Grande. Expulsó a Susaeta (m. 80) por doble amonestación. Mostró tarjeta amarilla a Herrera, Íñigo López.

Unos 38.000 espectadores en San Mamés

Ni el viento, que soplaba fuerte y a ráfagas por Bilbao, decidió entrar en San Mamés. Se quedó por las afueras, patrullando las calles aledañas y molestando a los pocos viandantes que, de regreso de las vacaciones (era fiesta en Bilbao), no pudieron o no quisieron adentrarse en ese territorio insospechado en el que se ha convertido La Catedral en su último año de vida. Ni el viento, ni el Athletic ni el Granada comparecieron en San Mamés. Hicieron acto de presencia, eso sí, y se aplicaron con denuedo a la tarea, pero su esfuerzo era equivalente a su desacierto, su interés incompatible con su aptitud.

Nada puede adormecer más un partido que el noviazgo de la impotencia y el miedo. Y ambos equipos lo tenían casi por igual. Bielsa lo asumió de salida poniendo una defensa de cinco (sí, de cinco, no de tres, porque Iraola y De Marcos apenas atacaban) y dejando al resto de la tropa en la condición de guerrilleros individuales con un machete y un mosquetón. Más aún si uno de los pivotes centrales, San José, es un central habilitado atento al corte y poco dado a la confección. El Granada, más aseado en sus líneas, con más agilidad en el campo, tenía dos delanteros (El Arabi e Ighalo), pero condenados a entenderse entre ellos más que con sus compañeros.

Pocas veces se ha visto a un Athletic en San Mamés con tantos futbolistas por detrás del balón y tan desperdigada su cuadrilla de gastadores. Algo tenía que ver con las enormes dificultades para sacar el balón de su área, tarea condenada para sus cinco defensas y solo encomendada a Ander Herrera que, sin compañía, tiende más al encaje de bolillos que al sencillísimo punto de cruz: al centro, a la izquierda, a la derecha y adelante.

Nada puede adormecer más un partido que el noviazgo de la impotencia y el miedo

Aun así, porque el fútbol suele ser generoso con el esfuerzo, Nolito cabeceó al larguero una buena contra del Granada y a cambio Laporte cabeceó una falta que rechazó Toño con el susto en el cuerpo y el balón en los puños. Concesiones del juego, cafeína contra el sueño.

El adormecimiento se siente cuando en vez de ver se escucha a los futbolistas en el campo. Y se oían los diálogos, los improperios entre los ¡ays! y los ¡uys! del respetable. En esa maraña, gustaba ver el fútbol eléctrico de Brahimi, un futbolista que nunca reduce la cuarta velocidad. En tercera y con algunos problemas al volante, Ibai Gómez ponía un poco de pimentón picante con remate esporádicos, más llamativos que bellos, con más olor que sabor.

Y en esto, cuando más insípido estaba el plato, cuando la siesta amenazaba molicie, en un saque de esquina efectuado en corto, Aduriz caza el centro de Ibai Gómez con un cabezazo picado, perfecto, solo al alcance de los delanteros centro capaces de vivir colgados del cielo durante varios segundos. Llevaba 757 minutos sin marcar y fue a hacerlo cuando el Athletic más famélico estaba y a la vieja usanza. Por eso le premió San Mamés con una ovación puesto en pie cuando fue sustituido. Una ovación que apagó los pitidos a Llorente, su sustituto. Luego Brahimi disparó al poste y un poco después un balón llovió de la grada. Toño lo devolvió enfurecido, fuera de su marco y eso aprovechó Herrera para marcar a puerta vacía. Pero había dos balones en el campo y no podía ser gol. Anécdotas para una novela sin más historia que el desenlace.

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