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Todo intensidad, nada de goles

El Zaragoza y el Espanyol empatan (0-0) un duelo tan eléctrico como desafinado

Baena intenta despejar el balón ante Montañés efe

Hubo choques, electricidad, reproches, expulsiones, esporádicos rifirrafes y hasta frenesí. Pero pocos remates y menos fútbol. Una mezcla que resultó en un duelo vistoso aunque sin goles; un empate entre el Espanyol y el Zaragoza, que hizo honor a su condición de mejor anfitrión de la Liga.

No fue sencillo para el Espanyol conjugar el cuero, sobre todo porque faltaba la figura del sancionado Joan Verdú, tan trascendental en el equipo que el técnico Javier Aguirre varió el dibujo táctico. Sin el crupier de pases definitivos, entendió que en la fase defensiva no tenía sentido ofrecer huecos a la segunda línea rival. Libertad para el virguero; corsés para el jornalero. Así, de un 4-2-3-1, el Espanyol mutó en 4-1-4-1. Pero resultó un castigo mayúsculo para Sergio García, de regates difuminados ante la maraña adversaria, falto de aliados porque Baena y Víctor Sánchez, más cómodos en el repliegue que al abordaje, no llegaron desde atrás. Tampoco tiraron diagonales los extremos blanquiazules, por más que Simão probara las carreras homéricas y Stuani se convirtiera en la referencia, en el jugador que absorbía el cuero para tratar de sacar los centros, nunca rematados.

ZARAGOZA, 0 - ESPANYOL, 0

Zaragoza: Roberto; Sapunaru, Álvaro, Paredes, Abraham; Movilla, Pintér (Edu Oriol, m. 73); Zuculini (José Mari, m. 91), Víctor Rodríguez (J. Fernández, m. 84), Montañés; y Postiga. No utilizados: Leo Franco; Ortí, Wilchez y Babovic.

Espanyol: Casilla; Javi López, Colotto, Héctor Moreno, Capdevila; Forlín; Stuani (Raúl Rodríguez, m. 80), Víctor Sánchez (Cristian Gómez, m. 51) (Petrov, m. 75), Baena, Simão; y Sergio García. No utilizados: Germán; Longo, Christian Alfonso y Víctor Álvarez.

Árbitro: Pérez Montero. Amonestó a Abraham, Javi López, Víctor Sánchez, Sapunaru, Stuani, Cristian Gómez. Doble tarjeta amarilla a Javi López (m. 79) y Sapunaru (m. 82).

La Romareda. 25.000 espectadores.

Más afilado resultó el Zaragoza, que apenas mezcló y menos compuso partituras con el balón para el recuerdo, pero que a punto estuvo de resolver algún entuerto en casa ajena porque Postiga siempre tiene el cañón preparado y porque Montañés y Víctor Rodríguez se subrayan en los metros finales. Así, Postiga probó dos disparos lejanos; uno que se desbravó con los metros y otro que Casilla no atajó, pero que Rodríguez no acertó a finalizar en la continuación. Poco más ofreció el equipo de Jiménez, que de repente tiene el ánimo por los suelos, como si la correcta primera vuelta no valiera. Se resistió al abandono Zuculini, que pretendió sin éxito ser omnipresente, tan vehemente sobre el césped como falto de regate. Y, sobre todo, acusó el Zaragoza un problema de ritmo, puesto que Movilla guarda la pelota con acierto, pero no la reparte con diligencia, justo lo que reclaman los enérgicos medios que le rodean, dispuestos al quiebro y a la carrera con metros, aunque menos inspirados cuando sienten el aliento en la nuca.

Con la medular abigarrada y sin el remate final de Sergio García ni de Postiga, sin una genialidad ni un chispazo en el juego aéreo, ambos equipos se hicieron los remolones a la hora de sacar la bandera blanca, muy eléctricos pero sin juego, sin ocasiones ni fútbol. Imagen y actitud que se corresponde con la fiereza que imprime Jiménez a sus equipos; con la declaración de intenciones de Aguirre en la previa, cuando aseguró que sus planes y el fútbol de su equipo pasa por la intensidad del equipo hasta el final del curso. Pero en La Romareda, la entrega se quedó en un ejercicio de voluntarismo y nada más, en unas tablas que les vale a los dos equipos porque el fango queda atrás.

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