El ‘nuevo ciclismo’ toma el poder

La planificación del dúo británico Wiggins-Froome triunfa en la primera llegada en alto; el primero, se sitúa de líder y su compañero de equipo se lleva la etapa

Christopher Froome celebra la victoria en la séptima etapa.
Christopher Froome celebra la victoria en la séptima etapa.STEPHANE MAHE (REUTERS)

En la capilla de Ronchamp, no muy lejos de la meta, el espíritu (la luz) se hizo piedra curva con la mano de Le Corbusier. La única curva (alma) que admite el nuevo ciclismo es la de las gráficas que miden la potencia de sus adeptos, corredores cuadriculados, sin derecho a soñar libres. El resto es diseño, designio.

En la Planche des Belles Filles, donde el amor imposible entre el invasor sueco e Inés, la invadida que prefirió ahogarse, el nuevo ciclismo, la línea recta, tomó el poder: tenía la cara alegre de un rubio nacido en Kenia hijo de diplomáticos, llamado Christopher Froome, y su cuerpo alargado, y también el de Bradley Wiggins, que se vistió de amarillo; el viejo ciclismo, aquel de los vicios confesados y asumidos, el de las curvas, aquel en el que lo intangible tiene más importancia que lo pesable, que lo medible, dijo, en boca de su representante máximo, Alejandro Valverde, herido y pinchado: “me quiero ir a casa. El Tour no me quiere”.

Los demás viejos bastante hicieron con aguantar rueda de un grupo de cascos amarillos que sin apenas sudar redujeron a escombros unas cuantas esperanzas. Al final del primer acto, solo Evans, el vencedor saliente, y Nibali, el futuro italiano, resisten. Menchov ya está a 54s de Wiggins, Samuel, a 2m 2s, Fränk, a 3m 43s; Valverde, que pinchó al pie de la ascensión, a 4m 50s. El segundo acto, hoy, es más montaña; el tercero, mañana, una contrarreloj. El martes, día de descanso, será también día de cuentas y depresiones. Y de esperanza: la esperanza de que todo esto esté ocurriendo tan pronto que sea imposible que se mantenga así también en los Pirineos, que aman la niebla, los duendes, el misterio.

Brailsford, patrón del Sky y hombre de la pista, no parará hasta convertir todas las carreteras del Tour en algo tan simple y cronometrable como un velódromo

El día de su coronación, tan esperada desde hace años, ansiada casi, planificada desde hace meses, Wiggins fue un rey humilde vestido de amarillo, sorprendido. Dio las gracias a la suerte que no tuvo otros años (el año pasado en las caídas de la primera semana se rompió la clavícula, este año ha pasado sin un rasguño los días apocalípticos), dijo algunas palabras sobre la historia y sobre el valor simbólico de la prenda amarilla. “Mi objetivo era estar en contacto con Evans, no perder tiempo, pues sabía que así terminaría de amarillo”, dijo Wiggins. “Luego vi la repetición de la llegada por la tele y me quedé de piedra al ver que solo disputábamos cuatro el final; yo había calculado que seríamos una quincena”.

Será este el único error de cálculo quizás que cometa el primer líder británico que ha tenido el Tour con posibilidades de victoria final (Tom Simpson nunca vistió de amarillo; Boardman, Yates, Millar, eran todos especialistas en prólogos y cronos), pues el cálculo milimétrico es la razón de su método y el de su equipo, el Sky, cuyo patrón, David Brailsford, un hombre de la pista, no parará hasta conseguir convertir todas las carreteras del Tour, sus puertos, sus asfaltos, sus descensos, en algo tan simple y cronometrable como un velódromo. Si lo que ocurrió en una tarde de cielo azul (blue sky, cantaban los del Sky, blue como la banda de su maillot: la naturaleza homenajeaba su visión) en el corazón de los Vosgos, montañas como globos, esferas, hierba verde y también abetos y castaños de hermosa sombra, es un ejemplo de lo que queda por venir, bien se podría decir que el objetivo lo ha alcanzado ya. Cronometrados, la mirada en su medidor de vatios, cubrieron los relevos de la ascensión los tres principales ayudantes de Wiggins: un kilómetro para el australiano Rogers (y cuando dejó pasó a su compatriota Porte, solo sobrevivían 20 a su rueda: Basso, Van Garderen, Leipheimer, Van den Broeck, Valverde, Scarponi, Chavanel, Fränk ya habían desaparecido). Del tres al dos trabajó Porte, y Samuel y Zubeldia, el mejor de los españoles, terminaron haciendo la goma entre los nueve que aguantaban.

A Froome, al mejor de todos, le dejaron dos kilómetros, y el rubio keniano no bromeó: no solo redujo el grupo de rivales a dos, Nibali y Evans, sino que tan terriblemente fuerte se sintió, tan buen escalador es, que cuando Evans, reputado por su magnífico final, su velocidad, intentó sorprender atacando a menos de 500 metros de la llegada, Froome le alcanzó en lo más duró, le sobrepasó y acabó sacándoles dos segundos. “Creo que no tenía piernas para seguirme”, dijo Froome, que ganó la etapa. Y cuando se le dijo que dado que ya demostró en la pasada Vuelta y en la Planche también que es mejor que Wiggins (como Ullrich en el 96 era mejor que Riis), que por qué no era el líder del Sky, respondió: “Pero ya no es posible este año, ya estaba planificado desde hace tiempo que este año me tocaba cuidar de Brad. Quizás en el futuro…”.

Cobo, que ganó el año pasado la Vuelta al dúo británico, perdió 7m 58s.

Prólogo: Las variaciones Cancellara

Primera etapa: Los domingos generosos

Segunda etapa: Contra la melancolía, Cavendish

Tercera etapa: La construcción del personaje Sagan

Cuarta etapa: ¿Será Greipel el bosón de Higgs?

Quinta etapa: Y una montaña en San Quintín

Sexta etapa: Una guerra de guerrillas

Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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