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Examen de cardiología

Granada y Athletic miden sus pulsaciones en un partido anímico y muy convulso

La última vez que el Athletic visitó Granada, hace 36 años, ninguno de los futbolistas rojiblancos actuales habían nacido. Ayer, les pasó como a Rafael Alberti, que nunca vieron Granada. Entrar, entraron, pero ver no vieron ni la luminotecnia de La Alhambra. Y si la vieron, se deslumbraron, porque tardaron 12 minutos exactamente en entrar en el partido, con el dato anecdótico de que en el minuto 1 habían encajado un gol en un despeje desafortunado de Iraizoz y un remate de Romero, que venía lanzado. Cosas que pasan cuando te embelesas mirando a ver si llueve o nace el sol.

El Granada no es un equipo que enamore, pero sí conmueve. Tiene la sístole y la diástole a punto, en perfecto funcionamiento. La sístole es cosa de Martins, de Mikel Rico, de Romero; la diástole le toca a Uche, a Ighalo. Las dos cosas a la vez las interpretó a la perfección el lateral Nyom, una pesadilla constante de la que huyó un desafortunadísimo (y egoísta) Muniain y al que no pudo parar jamás Aurtenetxe. De hecho, se fue a la ducha, al poco de comenzar el segundo tiempo. Buena culpa de ello la tuvo Muniain, que, en su juventud, tiende a convertir la personalidad en soberbia, confundir su aptitud con su actitud. Cuando utiliza lo primero triunfa, y cuando le puede lo segundo, fracasa. Con el 1-0 en el marcador tres jugadores en horizontal se plantaron ante Julio César, sin defensor granadista alguno. Podían haber hecho hasta tres centros, pero Muniain decidió que el gol era suyo, solo suyo, y que quienes iban a su lado eran mosquitos en una noche de verano: despejó Julio César. Las caras de sus dos compañeros eran un poema.

GRANADA, 2 ATHLETIC, 2

Granada: Julio César; Nyom, Gómez, Íñigo López, Siqueira; Mikel Rico, Martins (Abel Gómez, m. 81); Moisés, Ighalo (Geijo, m. 62), Romero; y Uche (Mainz, m. 46). No utilizados: Juan; Benítez, Jara y Cortés.

Athletic: Iraizoz; Iraola, Javi Martínez, Amorebieta (Gabilondo, m. 75), Aurtenetxe (Ibai Gómez, m. 49); Herrera (Toquero, m. 60), Iturraspe, De Marcos; Susaeta, Llorente y Muniain. No utilizados: Raúl; San José, Koikili y Ekiza.

Goles: 1-0. M. 1. Romero aprovecha un despeje de Iraizoz. 2-0. M. 73. Geijo marca tras un contragolpe. 2-1. Llorente, de cabeza. 2-2. M. 87. Susaeta, de un derechazo.

Árbitro: Undiano Mallenco. Expulsó a Romero (m. 38) con roja directa. Amonestó a Iturraspe, Amorebieta, Nyom y De Marcos.

15.000 espectadores en Los Cármenes.

Antes, el portero del Granada saltó de alegría cuando Llorente tiró a la grada un penalti por derribo de Romero a Iraola, que además le costó la expulsión ofreciendo en bandeja el monólogo del partido al Athletic, que no parecía inicialmente con muchas ganas de conversación.

El Granada era encomiable en su esfuerzo. Asumió la inferioridad numérica, pero no la inferioridad deportiva. Tenía sus armas dispuestas: la entrega, sin duda, y la astucia como afilada espada. Para eso, Martins tiene el baúl lleno de experiencia. Cuando llovían balones al área del Granada, con el catalejo de Llorente siempre aumentado, sacó una falta urgente desde su propio campo que dejó solo a Geijo frente a Iraizoz. Gol y fiesta.

El Athletic no era el Athletic, el Granada sí era el Granada. Y se vio reflejado en el marcador, de forma accidental. Tenía el equipo de Bielsa la pelota, tres cuartos de campo, superioridad numérica... pero inferioridad en el marcador. Genio de los de Abel, contagiados de entusiasmo por un público entusiasta. Pero llegó Llorente y cabeceó su primera oportunidad (tras el penalti errado) y llegó después Llorente y cabeceó la segunda, que Julio César sacó (al parecer desde dentro), pero que remachó Susaeta porque Undiano no había dado gol. Un empate que abría todas las hipótesis posibles.

Tratándose de fútbol, los debates sobre la justicia de las sentencias suelen ser estériles. Más mérito tuvo el Granada que el Athletic, sostenido por Susaeta, y disminuido por bajonazos inesperados de futbolistas básicos. Cuando puede ganar cualquiera, lo normal es que se empate. Fue un examen cardiológico. El fútbol puede esperar.

 

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