Nadie atrapa a Ribéry

El supersónico extremo del Bayern rompe al Marsella en dos contras y pide cita con el Madrid

Olic, en el momento del primer gol del Bayern.
Olic, en el momento del primer gol del Bayern.Matthias Schrader (AP)

Anudado el balón a los pies, Ribéry engulle los metros del tapete a una velocidad supersónica, al alcance de muy pocos futbolistas. No hace tanto, el extremo del Bayern promocionaba unas botas rosas con carreras por el bosque, sobre los campos de entrenamiento o incluso en dibujos animados. Frente al Olympique de Marsella, validó los spots hasta el punto de que ninguno fue capaz de echarle el lazo, anguila que desabrochó al rival, correcaminos definitivo. Todo un puñal que ya apunta al Madrid y que es la esperanza del Allianz Arena, escenario de la final europea.

Para el OM, exigido por el resultado de la ida (0-2), el duelo reclamaba más ritmo que pausa, más oportunidades que pases. Fue Deschamps, gallardo, el que planteó un encuentro abierto, un intercambio de golpes tan arriesgado como sugerente, poco respetuoso con su currículo reciente; acumulaba el equipo ocho derrotas consecutivas, la peor firma en la historia del club provenzal. Propuso entonces el OM un 4-3-3 con la media trasparente, ahogada en tapar alguna línea de pase y poco aplicada a la hora de confeccionar fútbol. Todo era una contra, con huecos y sin tiempo para el resuello. Aceptó de buen agrado el reto el Bayern, cómodo con las idas y venidas, fiado a su pegada y a la capacidad de desequilibrio de Ribéry. Fue un partido espectacular, por más que perdiera tensión con los minutos. Un edén para el fútbol de ataque; un martirio para los zagueros.

No fue baladí la hoja de ruta marsellesa, sobre todo porque cobró protagonismo en el área rival tras las reincidentes galopadas de Brandão y los pases de Ayew. Pero Neuer, supremo en reflejos bajo la barra, obvió el zarandeo a su defensa —el acentuado punto flaco del Bayern— y desbarató los remates de Mbia con el puño, de Morel con el pie, y del propio Brandão con la manopla. Sin premio para la ofensiva, poco le quedaba al OM, desfigurado ante un Ribéry que corre que se las pela.

A Caracortada no le hizo falta contar con un compinche eléctrico en el costado contrario, sentado Robben porque Heynckes prefirió dar oxígeno a su equipo. Le alcanzaron con sus piernas y desborde, con su facilidad para jugar al escondite con el balón entre las botas, con su habilidad para descontar rivales a la carrera. Pegado en el costado izquierdo, a cada arrancada hacía tiritar al Marsella, a un Azpilicueta que ni las vio venir. Entre otras cosas, porque Alaba —atornillado en el flanco izquierdo y Lahm, definitivamente, en el derecho—, es otro lateral efervescente, de esos que supera la medular cuando se lo pide el cuerpo, que son muchas veces. Ante el recital de las contras se relamía Olic —titular porque Mario Gómez también descansó en el banquillo—, delantero de un toque, punto y final de las jugadas.

Deschamps propuso un duelo abierto y el equipo bávaro aceptó con agrado

Sofocado el ímpetu del OM, a Ribéry se le ocurrió por una vez tirarse al centro. Recibió de espaldas a la portería, se giró y, vividor del engaño como es, rompió tres cinturas con dos cambios de ritmo hasta pisar la línea de fondo, ya por la derecha. Centro a Olic y premio de los gordos. Poco después, Alaba sisó el cuero en su área y se la dio al 7. Otro zigzagueo de 60 metros y pase al propio Alaba, que se animó al doblarle para sacar el centro a Olic. De nuevo, el ariete, puntual en el remate, logró la segunda red.

No se rindió Deschamps, que viró y reviró sin éxito los esquemas de su equipo, quizá porque sus jugadores dejaron de creer en el milagro. Sí que la tuvo Brandão en un remate a placer, pero no atinó en el cabezazo. Nada que hacer ante la fiereza del Bayern, ante una nueva réplica liderada por Ribéry, que a cada arrancada dejaba las marcas de las gomas sobre el césped. Soltó Kroos con un zurdazo que escupió el palo, probó Olic otro punteo torcido y asustó Tymoschuk con una volea deliciosa que atrapó Mandanda.

No hubo más goles y el Bayern ya aguarda al Madrid —salvo la mayor de las hecatombes ante el Apoel— en las semifinales. Curiosamente, ambos equipos son bien similares, confiados a su velocidad de contragolpe, a su pegada mortífera, a sus intérpretes en campo ajeno. El mayor de los exámenes para el sprint de Ribéry.

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