El gol por la bata

Alberto, que marcó 73 tantos en 295 partidos con el Valladolid, es ahora uno de los médicos del equipo blanquivioleta

Alberto López Moreno (Madrid; 1967) vivió el 12 de septiembre de 1993 uno de los días más felices de su vida como futbolista. Su equipo, el Valladolid, jugaba aquella tarde en el Bernabéu. Todo hacía indicar que los pucelanos volverían a casa con una derrota, pero sucedió lo impensable. El equipo blanquivioleta se impuso por 1-3 y Alberto se convirtió en el protagonista del choque al marcar dos goles y dar el pase del tercero a Cuaresma. Casi dos décadas después, El Habilidoso, como se le conocía en Valladolid, ha pasado a ser el doctor López Moreno. Tras compaginar su carrera como futbolista con los estudios universitarios, Alberto, ese ariete que marcó 73 goles en 295 partidos oficiales con la camiseta blanquivioleta en los años ochenta y noventa, es uno de los tres médicos del conjunto pucelano. Una manera diferente de seguir ligado al fútbol que le ha permitido vivir el partido de este sábado frente al Huesca (2-2) desde el banquillo, como hace habitualmente.

"Compaginar el deporte y los estudios fue bastante sacrificado", reconoce Alberto en una conversación telefónica. Comenzó Biología en Madrid, pero al año siguiente repitió la selectividad con el objetivo de logar la nota suficiente para entrar en Medicina. Lo logró y cursó primero de carrera en la Complutense. Luego, pasó por las Universidades de Valladolid y de Santander, en función de la ciudad en la que le hacía residir el fútbol, y terminó la carrera en el año 2000. "Durante las pretemporadas, los entrenamientos me ocupaban todo el día, así que era casi imposible preparar los exámenes de septiembre", rememora el exfubolista, que en su etapa en el Racing, entre 1995 y 1998, -también jugó en el Palencia, el Burgos, el Numancia y el Moscardó- coincidió con su compañero de equipo Pablo Alfaro en las clases de cirugía. "Durante la temporada sí que tenía muchas tardes libres para estudiar. Siempre me llevaba los apuntes a la concentraciones, pero en el autobús no estudiaba bien porque me mareaba y ponían vídeos que no me dejaban concentrarme", recuerda.

Su pasión por el fútbol en aquellos años era tal que llegó a jugar torneos universitarios pese a que el Valladolid se lo tenía prohibido. "Participé con mi Colegio Mayor, el Menéndez Pelayo, en el llamado Trofeo Rector y llegamos a la final. El entrenador entonces era Pacho Maturana y un día llegué y le pedí permiso para jugar la final. Me dijo que sí, que la Universidad era muy importante, así que lo hice, pero perdimos. Al domingo siguiente estaba tan agradecido al técnico que metí dos goles en la Liga", recuerda mientras contiene la risa.

Aún ahora retiene aquellas ganas de jugar al fútbol. De vez en cuando, se anima y participa en los entrenamientos del Valladolid. "Cada vez menos porque tengo el tobillo tocado por degeneración", puntualiza; "cuando tenía 17 años y jugaba en el Moscardó, tuve un esguince, pero seguí jugando igualmente. Muchas veces digo: '¡Esto es por lo burro que fui de joven!", completa, a la vez que recuerda que su función ahora es otra: "Intento enseñar a los futbolistas a conocer su cuerpo, a tener sus propias sensaciones, a reconocer el paso previo a la lesión. También trabajo el aspecto anímico y es cierto que al haber sido futbolista empatizo fácilmente con ellos. El otro día, por ejemplo, un delantero me dijo: 'Seguro que tú no has fallado un gol así en tu vida'. Buscan a alguien que les comprenda". Lleva haciéndolo cerca de ocho años, desde que comenzó a colaborar con los servicios médicos del club. "Al principio, no estaba muy entusiasmado porque cuando acabas la carrera quieres ver muchas cosas, y pensaba que en el fútbol iba a tratar esguinces y poco más. Pero he visto una patología muy amplia", asegura.

En la recámara guarda la posibilidad de ser, algún día, entrenador, dado que posee el carnet de técnico. "No me desagradaría, pero convivo con los entrenadores y veo sus sufrimientos, cómo dependen de los futbolistas... De momento, estoy muy a gusto con la medicina, aunque también se sufre. Todo médico de un equipo tiene dos pesadillas: un desenlace fatal de un jugador y un positivo por dopaje", subraya. Por ahora, comparte con el entrenador el banquillo, desde donde ve todos los partidos. "El médico tiene que mantener la compostura, ser consciente del lugar que ocupa por si hay una urgencia. Intento dejar las emociones aparte, pero a veces te dejas llevar", admite. Reminiscencias de un pasado con gol.

Alberto, en su etapa como jugador, en un Valladollid-Málaga de 1998.
Alberto, en su etapa como jugador, en un Valladollid-Málaga de 1998.EFE

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