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Un proyecto deIryo
Cuenca, la ciudad en volandas

Cuenca, la ciudad en volandas

La mejor postal de esta ciudad ofrece mucho más que sus casas colgadas. También exhibe las formas distorsionadas de los mejores artistas abstractos del siglo XX, la fuerza de las pisadas de bestias prehistóricas, el sofisticado sabor actualizado de la cocina de pastores y, por todas partes, la compañía de un aire que a veces es brisa y otras, vendaval

Cuenca nació hace 1.200 años sobre la roca, colgada de las hoces de los ríos Júcar y Huécar, como fortaleza musulmana inexpugnable, pero hoy se abre al visitante para mostrarle su patrimonio natural y cultural. Adelantada a su tiempo en múltiples ocasiones, fue precursora de una arquitectura impensable hace cinco siglos con sus casas colgadas y los primeros rascacielos, pionera del arte abstracto español gracias a sus pinacotecas, y, hoy, puerta a la prehistoria con uno de los museos de paleontología más punteros de España.

Esta es una ciudad de desniveles que permite llegar al cielo, y casi tocarlo, al tirarse en tirolina; o al fondo, a ras de los ríos que forman las hoces que cortan la urbe en porciones unidas por puentes, cuestas, miradores y escaleras donde sentir el viento en todas sus medidas. Por eso, Federico Muelas, uno de sus insignes poetas y cronistas, la definió así: “En volandas de celestes prados, de peldaño en peldaño fugitiva...”. Un consejo más. Si se visita en Semana Santa, se descubrirá una ciudad volcada en la festividad, melodiosa gracias a su festival internacional de música sacra, y estruendosa, con una procesión en la que cuanto más ruido se haga, con más solemnidad se honra la celebración.

La ciudad en las alturas

Rascacielos, arte dentro de arte y un salto sobre el Huécar

Ilustración de la parte alta de Cuenca

Las casas colgadas, con sus balcones pendiendo del precipicio, son uno de los prodigios de la arquitectura medieval de Cuenca, pero no el único; aquí hay rascacielos en pie desde hace más de cinco siglos. No tienen más de 10 pisos, pero a ojos de sus contemporáneos, al principio de la era Moderna, debían de verse como hoy admiramos las altas torres de acero y cristal de Madrid o Barcelona. Se pueden admirar en el barrio de San Martín, en pleno casco histórico, y, aunque tienen una explicación muy sencilla -por una fachada no tienen más de dos o tres pisos, por la que da al precipicio que supone la hoz, llegan hasta 10 plantas, ancladas a la roca caliza del despeñadero- sorprende que se pudieran levantar hace tanto tiempo con madera, piedra y cal, y que se conserven en pie.

Las célebres casas colgadas, erigidas entre los siglos XIII y XV, sin embargo, siguen siendo las estrellas para muchos visitantes, sobre todo para los que pisa Cuenca por primera vez. Hoy solo perduran tres, y dos se pueden visitar: una acoge el Museo de Arte Abstracto Español y otra, el restaurante Casas Colgadas, estrella Michelin desde el año pasado. Arte y gastronomía, solo dos adelantos de los ingredientes que dan sabor a esta ciudad.

Museos por dentro y por fuera

El arte se expone en Cuenca en espacios singulares. El ya mencionado Museo de Arte Abstracto Español es el responsable de que la ciudad se haya convertido en uno de los principales polos del arte nacional. Esta pinacoteca nació en 1966 como iniciativa del artista de origen filipino Fernando Zóbel, que había entablado amistad con artistas locales con los que formó el grupo de Cuenca. Para ubicarla, el Ayuntamiento le cedió una de las recién rehabilitadas casas colgadas.

La visita transcurre por el laberíntico conjunto de habitaciones de este edificio del siglo XV donde Zóbel decidió exponer su colección, tanto de obras propias como de sus coetáneos. Obras clave de Saura, Torner, Tàpies, Chillida y el propio Zóbel, que se disfrutarán al mismo tiempo que se descubren elementos de aquel pasado medieval como pinturas al fresco y techos con intrincados diseños mozárabes. En los 80, Zóbel cedió su colección a la Fundación Juan March.

Hoz del río Huécar con el antiguo convento de San Pablo, que hoy acoge al Parador Nacional. La iglesia es la sede del Espacio Torner, que alberga 40 obras del artista conquense Gustavo Torner.

Cuenta Manuel Fontán, director de Exposiciones y Museos de la fundación, que la pinacoteca supuso una revolución nacional: “Rompió con 20 años de silencio museístico en España”, resume. Alfred Hamilton Barr, fundador del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), lo definió en 1977 como “el museo pequeño más bello del mundo”. En él, el visitante tendrá una idea clara de qué pasó en el arte plástico español entre los años 50 y finales de los 80, continua Fontán. “Zóbel tenía un criterio muy agudo; seleccionó a los mejores de su tiempo y vislumbró quiénes serían grandes después”, añade.

A cinco minutos de esta decana pinacoteca, caminando hacia el sur, se puede visitar la colección Roberto Polo, en la antigua iglesia de Santa Cruz, del siglo XVI. Pocos conocen este museo, el más joven -inaugurado en 2020- que acoge piezas del siglo XIX y de la actualidad, de artistas como Eugène Delacroix y Edgar Degas, pertenecientes al coleccionista que le da nombre. Hacia el norte, a 10 minutos a pie, la ruta artística continúa en la Fundación Antonio Pérez, que expone las obras de la colección personal de este editor y artista de Sigüenza (Guadalajara), que vivió en Cuenca la última etapa de su vida. La Diputación instaló las obras en 1998 en un antiguo convento de carmelitas, explica el director, Jesús Carrascosa: “Conservamos más de 3.000 obras y objetos de Pérez, con piezas de Millares y Saura, con los que mantenía una gran amistad, y otros grandes como Warhol, Canogar y Carmen Calvo”, enumera.

Cruzando el Huécar por el puente de San Pablo, cerca de las casas colgadas, se accede al Espacio Torner, junto al parador. La antigua iglesia del convento de San Pablo acoge una selección de obras del artista de arte abstracto conquense Gustavo Torner, quien cumple 100 años en 2025, el único representante vivo del Grupo de Cuenca. Marta Moset, la directora del espacio, explica que las 40 obras reflexionan sobre el destino y el sentido de la existencia del ser humano y se complementan perfectamente con la arquitectura del siglo XVI. “Esto convierte la visita en una experiencia extraordinaria”, puntualiza.

Ilustración

Un alto para apreciar al poeta farmacéutico

En las ruinas de la iglesia de San Pantaleón, ubicadas en la concurrida y estrecha calle de San Pedro, un hombre espera apaciblemente desde 1984. Con las piernas cruzadas, un libro en una mano y la mirada fija hacia delante, como si en su mente se tejieran mil ideas para un poema o para un guion de cine. Así es como inmortalizó el escultor local Javier Barrios al escritor conquense Federico Muelas. Nacido en 1909, este poeta, periodista, guionista y farmacéutico, recorrió los pueblos con un teatro de guiñol durante la Segunda República y publicó varias obras a lo largo de su vida, algunas dedicadas a Cuenca. Fundó revistas literarias y escribió guiones de cine durante la dictadura, de títulos que hoy pocos recuerdan como Llegaron siete muchachas y Abuelita Charlestón. También tuvo una farmacia, que fue un ejemplo de generosidad en Madrid, porque “la mayoría de los que venían a comprar no pagaba los medicamentos”, y eso hizo que durara poco.

El arte abstracto aún cuenta con un espacio más en la ciudad: las vidrieras de la catedral de Cuenca, frente a la plaza Mayor. A mediados de los años 90 se encargaron nuevos vitrales a cuatro artistas, entre ellos el conquense Torner, que diseñó una alegoría de las partículas del Big Bang y la doble hélice del ADN, en una conjunción poco habitual entre la religión y la ciencia. No en vano, la ciudad es famosa tanto por su Semana Santa, pero también por ser la sede de los principales museos de ciencias de Castilla-La Mancha.

Saltos sobre el río Huécar o al espacio exterior

El Museo de las Ciencias de Castilla-La Mancha se asienta en un antiguo edificio en la plaza medieval de la Merced y en su interior se narra el destino del ser humano como explorador y colonizador del universo, en un recorrido que va de la tierra al cielo. Su atracción principal es el planetario, una gran cúpula de cien metros de diámetro sobre la que se proyectan los objetos celestes, que permite viajar por el universo sin salir de la meseta.

Como ciudad colgada entre dos hoces, las alturas están muy presentes en la vida de sus vecinos. Y un matrimonio entre ellos ha convertido estos desniveles en uno de los entretenimientos de más éxito de la capital: una de las tirolinas urbanas más grandes de Europa. Un salto que sobrevuela el río Huécar a 120 metros de altura y a 65 kilómetros por hora, explica Cristian Fernández, conquense de 52 años, propietario, junto a Begoña Guadalajara, su esposa, de esta atracción. Para llegar hasta ella hay que ascender por la calle de San Pedro, una de las principales de la capital, pasar el arco de lo que queda de la antigua fortaleza árabe y avanzar por la calle Larga, conocida por sus restaurantes.

El salto en tirolina cuesta 25 euros y dura en torno a 40 segundos. Está abierta todos los días del año, excepto cuando llueve intensamente o las rachas de viento son muy fuertes. “Antes de saltar impone, pero a medida que se avanza, uno se siente más seguro”, explica Guadalajara. “Y normalmente quieren repetir”, completa. La tirolina deja al saltador junto al parador y el famoso puente de hierro de San Pablo, por lo que resulta fácil continuar la visita.

Si en vez de lanzarse por la tirolina, se avanza por la calle Larga y luego por el camino de San Isidro, se llega hasta el cementerio del mismo nombre. Este camposanto no aparece en los mapas, pero se puede localizar junto a la ermita de San Isidro. Allí, a la orilla de la hoz del Júcar, están enterradas algunas de las grandes personalidades de Cuenca, como el pintor Fernando Zóbel, el poeta Federico Muelas y el pintor y escritor Antonio Saura. También una figura esencial de la Semana Santa conquense, el escultor Marco Pérez, célebre por sus estatuas urbanas y, sobre todo, por sus pasos de Semana Santa, que cada año recorren la ciudad.

Una vuelta de tuerca a los platos conquenses

Animación

La comida tradicional de Cuenca es contundente, pues nació para aportar la energía que pastores y agricultores necesitaban para superar un largo día de trabajo en el campo. Y hoy varios chefs rinden homenaje a esos platos adaptándolos a los gustos actuales en los que manda la fusión. En el restaurante Kadon (Tintes, 1), Enki López prepara buñuelos de ajoarriero, un puré preparado a partir de patata, bacalao desalado y huevo duro, mientras que en Romera Bistró (Tintes, 19), Juan Pedro Romera lo prepara como un sofisticado y sorprendente eclair o pepito. En La Ponderosa (Albañiles, 67) venden en conserva el ajoarriero y el morteruelo –un guiso con carne de caza, hígado de cerdo y pan rallado- para llevarse a casa un poquito del sabor de Cuenca. No confundir con el restaurante La Ponderosa, a cinco minutos de Romera Bistró, donde la especialidad son las setas y las chuletas de lechal.

La Turba recibiendo a la imagen de Jesús Nazareno en su entrada a la Plaza Mayor de Cuenca. Foto: GRUPO TURBAS

Una melodiosa y estruendosa Semana Santa

La Semana Santa se vive de una manera particular y sorprendente en la capital conquense. Primero porque la fisonomía de la urbe, con sus calles estrechas, recodos y cuestas, convierten los recorridos de los pasos en un espectáculo expresionista de vigor y resistencia. Y, segundo, por la singularidad de una de sus procesiones, la del Camino del Calvario, conocida como las Turba, en la que los participantes tocan tambores y clarines de manera desordenada, en la madrugada del Viernes Santo, para recrear el alboroto y el escarnio al que fue sometido Jesucristo de camino al Calvario donde fue crucificado, según la Biblia. El origen de la tradición conquense se remonta al siglo XVIII y sorprende por el contraste de las demás procesiones en las que los participantes permanecen en silencio.

Las fechas de Pascua también llenan de música la ciudad. La Semana de Música Religiosa de Cuenca celebra conciertos de primeras figuras de música clásica en recintos como el Auditorio José Luis Perales, la catedral y las pinacotecas Espacio Torner o Fundación Antonio Pérez. Merece la pena pasarse también, en cualquier momento del año, por el Museo de la Semana Santa (Andrés de Cabrera, 13), que reúne tallas, vestuario y abalorios utilizados durante siglos en esta celebración declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Cuenca, laguna plagada de dinosaurios

Un paseo por el Huécar y la primera planta que floreció

Ilustración del centro de Cuenca

Al bajar por la calle Alfonso VIII desde la plaza Mayor, el casco histórico se ensancha y moderniza. De camino, el visitante se encontrará con la explanada de la torre de Mangana, construida durante el siglo XV sobre un alcázar árabe y uno de los puntos más altos de la ciudad, junto a la hoz del Júcar. Hoy comparte protagonismo con un monumento dedicado a la Constitución española del artista conquense Gustavo Torner y ejerce de punto de encuentro para los jóvenes durante los fines de semana.

Cruzando el Júcar, se llega hasta el barrio de las Ollerías, donde vivían y trabajaban los alfareros, que se abastecían de los barros del río. La cerámica de Cuenca es menos conocida que la de Talavera de la Reina, pero la ciudad cuenta con una larga tradición en la fabricación de “cacharros”, como lo denominan los conquenses. Uno de sus últimos representantes fue Pedro Mercedes, nacido en la ciudad en 1921.

Hoy su taller se ha convertido en un museo dedicado a su obra y en un centro cultural, que se podrá visitar a partir de este verano, de acuerdo con el Ayuntamiento. Las obras de Mercedes traspasaron los límites de la artesanía para convertirse en piezas artísticas. “Decorar una pieza es como desenterrar el cuerpo de la vasija empleando la imaginación y el sueño”, declaró el alfarero, fallecido en 2004.

De vuelta al centro, por el puente de Colón, uno puede solazarse por la ribera del Huécar, justo en el punto en el que desemboca en el Júcar. Ahí se suceden varios parques que se adentran en el casco urbano con una caminata fresca entre la esponjosa vegetación, la piedra templada y el murmullo del agua.

Ilustración

La japonesa que se enamoró de Cuenca

Al sureste de la ciudad, en el parque de los Príncipes, hay una aguja que sobresale del suelo como un cuerno de unicornio decorada con teselas de colores. Es un reloj de sol a gran escala que la artista multidisciplinar Keiko Mataki instaló en 2008. Esta japonesa de 74 años, originaria de Miyakonojo, al sur de Japón, llegó a Cuenca con el artista Kozo Okano, también japonés, que había conocido la ciudad gracias al pintor Fernando Zóbel. Mataki recuerda el impacto que le produjo el cielo conquense, de un azul tan intenso y liso que parecía un folio. Se quedó prendada de la ciudad, tranquila y pequeña, aunque al principio no entendiera el arte abstracto español del que se hablaba por todas partes. “Yo estaba familiarizada con las corrientes de Estados Unidos, que eran muy diferentes”, explica. Ahora lo comprende y se siente integrada. Ha sido protagonista, además, de varias exposiciones y ha echado raíces. “Aquí todo va un poco lento, pero me encantan la sinceridad y la naturalidad de los españoles”, reconoce.

Las bestias terribles de La Mancha

Cuenca era un humedal cálido hace 130 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban el planeta. Y precisamente eso hizo que los restos de los animales que morían se conservasen bien en la tierra blanda y arcillosa, y llegasen hasta nuestros días en buenas condiciones y con gran cantidad de detalles. Hoy muchos de los fósiles encontrados en los yacimientos de Cuenca se pueden observar en el Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha (MUPA), uno de los centros más modernos de España dedicados a la fauna y la flora prehistórica.

Vista exterior del Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha, en Cuenca, con dos titanosaurios a escala real.

El visitante encontrará gigantescos dinosaurios herbívoros más largos que un avión y pequeños carnívoros únicos en el mundo, como el Concavenator corcovatus –cazador jorobado de Cuenca, en castellano- un depredador con joroba, único en su especie, pues hasta ahora no se ha encontrado en ningún otro lugar. Pero podrá conocer otros animales más pequeños que vivieron junto a los dinosaurios y después de ellos, como pequeños mamíferos, cocodrilos e insectos prehistóricos. Y también, como revela Mercedes Llandres, paleontóloga del MUPA, la primera planta que tuvo flor descubierta en el mundo, denominada Montsechia vidallii: “Casi todos los fósiles que mostramos aquí son originales. Muchos holotipos, es decir, el primer fósil a partir del cual se ha descrito una especie. Y, conservados con gran calidad, tenemos pequeños mamíferos primitivos en los que se distinguen tejidos tan delicados como el pabellón auditivo o los bronquios”, explica.

En el museo no todo son huesos, también cuenta con reproducciones a tamaño natural por todo el recinto: saurópodos -los famosos cuellilargos- gigantes o el nombrado cazador jorobado. Los yacimientos siguen sacando a la luz nuevas especies: hace dos años se presentó un nuevo gigante de cuello largo, que se bautizó como Qunkasaura pintiquiniestra, cuyo apellido hace referencia a la reina Pintiquiniestra, un personaje de Don Quijote de la Mancha.

Un mordisco de alajú y un chupito de resolí

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Si hay una bebida con la que brindar tras una comilona en Cuenca, esa es el resolí, un licor elaborado a partir de aguardiente, café, cortezas de limón y de naranja, canela, clavo y azúcar. Muchos conquenses lo elaboran en casa, pero puede comprarse en cualquier comercio. La botella es inconfundible, pues reproduce las famosas casas colgadas. Este licor suele tomarse acompañado de un dulce típico, el alajú, una especie de turrón confeccionado con miel, almendras y pan rallado, cubierto con dos obleas. Antaño se pagaba con alajú a los turbos, los procesionarios que salen la noche del Viernes Santo con tambores y clarines, y hoy se suele dar como obsequio al final de una comida con un chupito de resolí. ¡Chin, chin por Cuenca!

Vídeo | Cuenca en menos de dos minutos

CRÉDITOS

Redacción: Javier A. Fernández
Coordinación editorial: Francis Pachá y Juan Antonio Carbajo
Diseño e ilustración: María José Durán
Desarrollo: Rodolfo Mata
Coordinación de diseño: Adolfo Domenech
Vídeo: Diego Martínez, Quique Oñate
Vestuario: Columbia, Notabene
Agradecimientos: Miguel Romero, cronista oficial de la ciudad de Cuenca; Tirolina Cuenca; Grupo Turbas.

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