Irene Rodríguez, coleccionista: “No concibo comprar arte para disfrutarlo sola”
Abogada, experta en relaciones internacionales, patrona del Museo Reina Sofía y de la Hispanic Society de Nueva York, viuda dos veces a los 56 años y anfitriona de cenas entre políticos, empresarios y artistas, Rodríguez inaugura la semana de ARCO con una fiesta en su casa
Irene Rodríguez ha organizado cumbres de la OTAN, ha vivido en varios países y conoce de primerísima mano los salones, y la cocina, de la política nacional e internacional española. También ha enviudado dos veces a sus 56 años. La primera, a los 40, de su primer marido: el diplomático Juan María López Aguilar, que ...
Irene Rodríguez ha organizado cumbres de la OTAN, ha vivido en varios países y conoce de primerísima mano los salones, y la cocina, de la política nacional e internacional española. También ha enviudado dos veces a sus 56 años. La primera, a los 40, de su primer marido: el diplomático Juan María López Aguilar, que se quitó la vida en 2009, siendo cónsul de España en Montevideo. La segunda, de su segundo esposo: el periodista y empresario José Antonio Llorente, fundador de la agencia de comunicación LLYC, fallecido hace dos años, a los 63, por un cáncer digestivo. Cita en su casa, un espectacular pisazo en una zona señorial de Madrid, donde vive sola, rodeada de obras de arte. Hablamos en el comedor de invitados, donde su marido y ella, y ahora ella sola, convocaban a cenar desde a artistas a políticos y a empresarios con la única premisa de conversar de todo sabiendo que lo que allí pasaba, allí se quedaba. Viste de rojo pasión. De eso no le falta.
¿Cómo se encuentra?
Estoy bien. Y eso es un ejercicio, una decisión y un trabajo. Soy muy positiva y no me dejo llevar por el dolor ni el sufrimiento. No quiero sufrir más de la cuenta. Soy muy consciente de que en la vida hay momentos muy difíciles que te llegan sin avisar. Para mí es fundamental estar bien contigo y con los demás. No me gusta estar sola y si hoy me siento bien es porque muchas personas me han sostenido.
¿Le pesa la soledad?
Nos necesitamos unos a otros. Soy lo que soy porque muchas personas en la vida me han acompañado. He tenido la suerte de encontrarme mentores en la vida que me han ayudado muchísimo. Desde siempre los he buscado. Me he rodeado de gente que se movía en la excelencia, es importantísimo el querer ser mejor, luego, si se consigue o no, no lo controla una.
¿Era así desde niña?
De niña era muy sociable, muy empática. He sido de las que les gustaba ir al colegio. Me he tenido que esforzar en los estudios, pero soy muy disciplinada, en todos los campos de la vida, lo cual, también he de reconocerlo, te puede llevar a la rigidez, y hay que luchar contra eso.
¿Desde pequeña tenía un propósito en la vida, sabía lo que quería ser?
No, lo he ido descubriendo. Y en eso me han ayudado mucho las personas que me he ido encontrando. Sobre todo, mis dos maridos. El primero, Juan María, era diplomático y me enseñó la pasión por la política multilateral. Yo estudié Derecho, pero él me enseñó el otro lado de la teoría, la parte humana de la diplomacia. El segundo, José Antonio, me inició en el mundo de la comunicación y en el del arte contemporáneo, que eran sus grandes pasiones. Ambos me enseñaron generosidad: eran generosos de manera ilimitada. Siempre tenían tiempo para los demás. Ambos trabajaban para un mundo mejor.
¿Cómo puede un coleccionista mejorar el mundo?
Hay que desmitificar el coleccionismo. Coleccionar no es decorar, no es invertir, no es poner cuadros bonitos en tu casa, sino apoyar al artista. Como inversión, el arte sería la peor: se gana mucho más dinero en bolsa. El arte te tiene que hacer pensar, emocionarte, reflexionar. Y el coleccionista, hoy, es una persona comprometida con el artista, el galerista, los museos. Es un mecenas, en la medida en que te implicas con el artista y quieres apoyarle. No concibo comprar arte para disfrutarlo una sola, sino para compartirlo: mi casa está abierta a mis amigos, y, en nuestras oficinas de LLYC, a los empleados y a todo el que pasa por allí. No concibo el coleccionar como acumular obras por acumularlas.
¿Sigue comprando tras enviudar?
Cuando murió José Antonio, el 31 de diciembre de 2024, yo no sabía si iba a volver a comprar. Pero, en dos meses, en febrero de 2025 llegó la feria ARCO, lo hice. Adquirí unas fotografías de La Ribot del Museo del Prado, con y sin gente. Sentía un dolor profundo, pero, a la vez, quería seguir viviendo y normalizar lo máximo posible mi vida. Lo vi y de repente dije: me lo voy a llevar.
¿Existe el flechazo en el arte?
Más que flechazo fue emoción. Y también una apuesta por mí misma. Con José Antonio, comprábamos obras juntos. Yo también, en menor cuantía, claro, empecé a comprar personalmente obras de mujeres. Entonces, me emocionó que mi primera compra sin él fuera también una mujer. Al centrarnos en el arte contemporáneo. a los artistas, normalmente, los conocemos antes, en el momento en que compramos las obras, o después. Me gusta lo figurativo, me gusta el color. El arte no es tendencia. Es una manera de querer transmitir algo: lo que está pasando, lo que estás viviendo, lo que está sintiendo.
Dice que sus dos maridos le inocularon sus pasiones. ¿Se casó muy joven?
Cuando me casé con mi primer marido, yo tenía 30 años y él era 20 años mayor. Yo creía que yo ya no era joven, pero hoy me doy cuenta de que sí. Una parte importante de mi vida la descubrí con él. Yo creo que, de alguna manera, él, que era muy pedagógico, me ayudó a descubrir todas mis posibilidades, y eso es muy bonito. Sacó lo mejor de mí.
Es una desgracia perder a dos maridos.
No, no lo es.
Perdón.
Enviudar dos veces no es una desgracia. Son cosas que pasan en la vida. No me siento una desgraciada. No lo soy. Soy una afortunada por haberme encontrado a dos personas que me han influido tanto y tan positivamente. La desgracia ha sido para ellos, que han muerto demasiado pronto. Ellos son los que han tenido mala suerte. Han vivido una vida intensísima. Han aprovechado el tiempo hasta el último minuto. Pero yo no soy una desgraciada.
Por supuesto, pero tendemos a apiadarnos de los que nos quedamos vivos.
Tengo muy claro que la peor parte se la llevan los que fallecen, por la cantidad de cosas que dejan de hacer, que no han vivido. Mi primer marido, por ejemplo, se quedó sin ver a Obama llegar a la Casa Blanca. Era diplomático de carrera, le interesaba muchísimo la política internacional, lo que sucedía en el mundo, y se quedó sin verlo.
También se quedó sin ver a Trump como presidente. ¿Qué cree que pensaría?
Habría que preguntarse por qué ha ganado Trump, esa es la gran pregunta.
Usted ha trabajado en la cocina de la política y las relaciones internacionales. ¿Cómo ve el momento que vivimos?
Convulso. Hoy, más que nunca, se necesitan valores. Tenemos mucha información y es el momento de que la sociedad civil pase a la acción. Los ciudadanos tenemos que comprometernos, ser mucho más activos, y hacerlo desde el optimismo.
¿Eso pasa por salir a la calle a quemar contenedores?
No, eso pasa por defender nuestros valores, poner la ética en primera línea. Es una necesidad de todos, no dejarlo todo en manos de los políticos. Por ejemplo, creo que lo que hizo Bad Bunny en la Superbowl va en esa línea. El compromiso de la música y del arte, tiene que ser diverso. Hablar de que todos contamos. Y hacerlo siendo inclusivo, no excluyente. Hay que pensar por qué hemos llegado a esta polarización, a estar tan alejados los unos de los otros. Algo ha pasado ahí y hay que apelar a la justicia, la educación y los valores.
¿Detrás de qué pancarta se pondría?
De la de la libertad, la justicia, la igualdad y la paz. Me parece imposible que estemos viviendo una guerra en Europa, y en Gaza, y que aspiremos a un alto el fuego como solución inmediata cuando para nosotros, la prioridad tendría que ser la paz.
Es usted rica e influyente. ¿Envidia algo de alguien?
No, nada. Soy una afortunada, es verdad. Pero, en efecto, el dinero no da la felicidad ni es el fin de la vida. Es un medio. Y te diré que el dinero es positivo en la medida en que todos tengamos el suficiente para poder vivir bien. Tenemos que aspirar a que todo el mundo viva bien. De qué sirve que vivan bien unos cuántos, ¿y el resto?
Ahora es accionista de LLYC y presidenta de la Fundación José Antonio Llorente. ¿Cómo se ‘hereda’ una firma?
Fue totalmente inesperado. Desde que nos dijeron que tenía cáncer, tanto él como yo pensamos que se iba a recuperar, y lo vivimos como una etapa de nuestra vida que había que enfrentar con el objetivo de curarse. El cáncer es una enfermedad que está en todas partes, por qué íbamos a ser distintos. Hasta que tres días antes, le dijeron: te vas a morir. Y José Antonio lo tenía todo previsto. Para dirigir una empresa con 1.300 personas, tienes que ser organizado. Jamás pensé que me iba a encontrar ocupando esta posición en el consejo de accionistas de una compañía.
Su empresa trabaja en la promoción de empresas, líderes políticos, incluso de países. ¿Tienen líneas rojas para representar a según quién, o se tapan la nariz?
Claro que las hay. Yo no estoy en la parte ejecutiva de la empresa, pero en LLYC no nos tapamos la nariz. Y si nos la tapamos es porque sabemos que algo está sucediendo, y no se trata de esconderlo, sino de enfrentarse a ello. Entonces, nuestras líneas rojas son quienes cuestionan esos valores de los que te hablaba. Por ejemplo: es muy importante decir y defender la verdad en comunicación. Eso es la clave, y es irrenunciable. Eso, y el espíritu crítico. El algoritmo nos lleva a, sin darnos cuenta, perder ese espíritu crítico, y, para nosotros, es fundamental defenderlo.
¿Sentaría en esta mesa a Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso, o incluso Pedro Sánchez y Trump?
Por supuesto, la invitación está hecha desde aquí y desde ahora. Hay que trabajar para que eso suceda, ellos los primeros, sin duda, pero nosotros también. Hay que llegar a ese escenario. Tenemos que ser capaces de sentarnos a dialogar, desde posiciones divergentes, libremente, sin insultar al otro. De todas formas te diré que, en esas cenas, quienes más aprendemos somos los anfitriones, bueno, ahora, la anfitriona.
¿Se ha vuelto miedosa, o hipocondríaca por su experiencia vital?
No, mira, la muerte forma parte de la vida. No nos han educado para ella, pero yo la veo de forma muy real. No es lo mismo cuando se muere tu primer marido que cuando se muere el segundo. Cuesta decirlo, pero de esto sé un poco. La primera vez fue durísimo, claro, pero supe muy rápidamente que iba a salir adelante, porque quería salir adelante, pero pensé que nunca sería la misma, que era imposible serlo. Pero, sí, volví a tener ilusión, y por eso pude volver a casarme, con las mismas ganas, y fui tan feliz como la primera vez. Volví a ser la misma.
¿Es la misma, ahora?
[silencio largo] Me está llevando tiempo. Más del que hubiera pensado. Precisamente porque la teoría ya me la sé. El duelo lleva su tiempo, y hay que tomárselo con calma, pero me siento bien. Tienes otra edad, otras responsabilidades, un compromiso mayor. También aprendí de José Antonio que, si quieres que algo suceda, tienes que hacerlo posible, no esperar a que otros lo hagan. Por eso, entre otras cosas, me he replanteado lo de la discreción. Antes, decía: lo mejor es ser discreto, no aparecer en fotos, ser invisible. Y, no. Ser discreto no significa no ser comprometido, no ser activo, no ser visible, sin por ello tener que ser protagonista de nada. Por eso estoy aquí contigo.
EN LOS SALONES Y EN LAS COCINAS
Irene Rodríguez (Gijón, 56 años) estudió Derecho y ha trabajado en la Administración pública y en instituciones multilaterales. Es patrona del Museo Reina Sofía, de la Hispanic Society de Nueva York y, desde la muerte de su segundo marido, fundador de la firma Llorente y Cuenca, preside la Fundación José Antonio Llorente, dedicada, sobre todo, al apoyo a los jóvenes y su proyección con las nuevas tecnologías.En 2024 recibió de la Fundación ARCO, el premio A al Coleccionismo por la calidad de su colección privada y su labor de mecenazgo. Apasionada de la conversación, las relaciones personales y la discusión civilizada, las paredes de sus salones guardan tantas obras de arte como secretos de Estado y ecos de sociedad. Ella, calla.