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¿Por qué no se anuncian festejos taurinos si ya se pueden celebrar?

El mundo del toro permanece extrañamente confinado y oculto tras el estado de alarma

Toros coronavirus
La plaza de la Real Maestranza, cerrada y sola. GTRES

No son pocos los aficionados que, a las alturas de este pandémico año, no salen de su asombro ante la parálisis casi absoluta de la temporada. Y no les falta razón.

Finalizado el estado de alarma y publicadas las normas de cada comunidad autónoma para la apertura de las plazas de toros, no es fácil entender que el mundo del toro permanezca confinado como en pleno mes de mayo.

Confinado y en silencio, salvo muy raras excepciones.

Tiene la boca cerrada la Fundación del Toro de Lidia, después de sacar pecho tras los insulsos encuentros con el ministro de Cultura y varios presidentes autonómicos, que la han toreado con garbo y chulería, y con el aplauso unánime de unos representantes que, con toda la razón, debieron mostrar su indignación, en lugar de sonrisas y amables codazos, por el desprecio y maltrato con el que los políticos de toda condición suelen tratar la fiesta de los toros.

A día de hoy, España debería estar empapelada de carteles de toros

Tiene la boca cerrada Victorino Martín, quien el pasado 6 de junio expresó en este periódico su convencimiento de que se pudieran celebrar festejos con normalidad tras el estado de alarma.

No dicen ni pío los toreros; ni las figuras ni los que no lo son. Ni los ganaderos, ni picadores, ni banderilleros, ni mozos de espadas, ni apoderados, ni ayudas, ni chóferes de cuadrillas… Nadie. Bueno…, casi nadie.

Ha hablado Simón Casas en este blog el pasado 28 de junio para aclarar que no habrá toros en verano en la plaza de Las Ventas con el argumento de que debe abrir sus puertas con un espectáculo digno de su categoría y no con una novillada a la que asistan unos pocos aficionados y algún turista despistado.

Ha hablado el empresario José María Garzón y ya ha anunciado una corrida para este verano en El Puerto de Santa María.

Están previstas dos corridas los días 18 y 19 de julio en Ávila; el 1 de agosto, en Estepona y Osuna,  dos festejos mayores en Huelva, el 2 y el 3 de agosto, y otras dos corridas en Mérida a finales de ese mismo mes.

Festejo sin picadores celebrado el pasado día 4 en la localidad sevillana de Morón de la Frontera.
Festejo sin picadores celebrado el pasado día 4 en la localidad sevillana de Morón de la Frontera.

Y se anuncian ciclos de novilladas sin caballos en Andalucía y Castilla-La Mancha. Curiosamente, el VII Certamen Alfarero de Plata de Villaseca de la Sagra ha sido suspendido a causa de las trabas burocráticas del Gobierno autonómico manchego -uno de los que pomposamente dicen apoyar la tauromaquia- y el colegio de veterinarios de Toledo, que han pretendido obtener un beneficio económico de la celebración de estos tentaderos públicos para aspirantes sin caballos, según afirma el ayuntamiento local. ¡Inaudito...!

Y poco más…

No es normal. Y muy extraño.

A día de hoy, España debiera aparecer empapelada de norte a sur con cientos de carteles de toros que anunciaran que la fiesta está viva y que sus actores desbordan locura por vestirse de luces y cumplir los sueños arrasados por la pandemia.

A día de hoy, con el 50% o el 75% del aforo, con metro y medio o dos entre unos y otros, España debiera ser una gran plaza de toros en la que embistieran todos los que debieron hacerlo en Fallas, Abril y San Isidro.

Colas de toreros debieran ilustrar los alrededores de las plazas de Valencia, Sevilla, Madrid, Pamplona… exigentes ante los empresarios para que organizaran todos los festejos que les han hurtado desde el mes de marzo.

Pero, no. El mundo del toro sigue confinado a pesar de que ha finalizado el estado de alarma, y el resto del país trata de recuperar la normalidad.

La tauromaquia está plagada de toreros y ganaderos atenazados por el miedo

¿Qué está ocurriendo?

Ocurre, en primer lugar, que los Ayuntamientos han suspendidocasi la totalidad de las ferias y fiestas, y, con ello, han cerrado muchas puertas a la celebración de festejos taurinos. Es verdad.

Pero hay otra realidad.

El mundo del toro está dominado por una mafia oscura, oculta, desconocida para el gran público, que goza de un poder omnímodo y maneja a su antojo el negocio. Son cuatro o cinco grandes capos que mandan en las ganaderías, en las plazas más importantes, dirigen la carrera de las principales figuras, ordenan, deciden, imponen, amenazan y pueden ser enemigos implacables para quienes no acepten sus normas. Una mafia a la que solo interesa el beneficio y no la tauromaquia.

El mundo del toro está plagado de miedos, y no solo al toro; de hombres hechos y derechos —heroicos en el ruedo— que bajan la cabeza y guardan silencio ante el atropello de quienes mandan. Toreros temerosos de que una palabra más alta que otra les condene al ostracismo.

El mundo del toro es un vergel de sectores desunidos, enfrentados e insolidarios.

¿Por qué los toreros y los ganaderos no dan un golpe en la mesa y exigen a los empresarios que programen festejos que les auxilien en su ruina económica?

Por dos razones. La primera, porque son cobardes ante los grandes, que, de una u otra manera, son sus jefes. Y la segunda, porque son incapaces que entender que solo con un sacrificio económico personal es posible salir de la crisis.

¿Cuántos toreros aporrean las puertas de La Maestranza o Las Ventas para hacer el paseíllo? Ni uno solo. ¿Cuántos ganaderos han dado un paso al frente? Nadie.

Han sido los picadores, banderilleros y mozos de espada los únicos que aceptan una rebaja del 25% de sus sueldos, pero solo en plazas de tercera y cuarta categoría y hasta el 31 de diciembre. Migajas, sí, pero, al menos, una buena intención.

No es posible anunciar festejos si todos los actuantes, ganaderos, toreros, médicos, veterinarios, músicos, el de la cuadra de picar, el de las mulillas, taquilleros y porteros no aceptan una rebaja de sus sueldos en la medida del aforo permitido.

No es posible celebrar festejos si los grandes empresarios no abren sus agendas y buscan fechas, toros y toreros. Y no lo es porque los que dirigen el negocio no quieren problemas. No lo es porque a los capos no les importa la tauromaquia.

¿Por qué Simón Casas y su socio Rafael García Garrido no abren Las Ventas y retan a las figuras a torear en verano, como en otras épocas? ¿Qué impide que se puedan celebrar en julio las novilladas sin caballos que todos los veranos se anuncian en La Maestranza? ¿Dónde hay un torero que pida a gritos un cartel?

Es una pena que la fiesta de los toros pueda desaparecer por la incapacidad de sus protagonistas, atenazados por el miedo a enfrentarse al establishment que mueve los hilos y dirige la vida de los profesionales.

Ahora, la culpa no es del Ministerio de Cultura, ni de las comunidades autónomas, ni de las diputaciones, ni de los Ayuntamientos.

La responsabilidad es, única y exclusiva, de los taurinos. Ellos serán los únicos responsables de que la estocada que la pandemia ha infligido a la tauromaquia sea mortal de necesidad.

Un detalle final para la esperanza: la Asociación el Toro de Madrid escribió el pasado día 3 una carta al director gerente del Centro de Asuntos Taurinos en la que le exige que vuelvan los toros cuanto antes a la plaza de Las Ventas.

Menos mal que aún quedan los aficionados… Los únicos valientes. Pocos, pero comprometidos.

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