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MÚSICA

Martin Newell: “La fama es un vestido que no le queda bien a todo el mundo”

El líder de la banda Cleaners From Venus, excéntrico padrino de lo-fi británico y mejor artista desconocido de los ochenta, regresa con su cincuentavo disco, 'Dolly Girls & Spies'

Martin Newell, en 1985.
Martin Newell, en 1985.

Vladímir Mayakovski dijo que “la fama se arrastra tras el genio como una viuda inconsolable en una procesión funeraria”, pero eso, como tantos apotegmas rusos, es inexacto. Para empezar, suele ser el genio quien pierde el culo por la fama. De su unión es el genio quien emerge como “viuda inconsolable”, pero la fama no solo sigue viva, sino que está bailando sobre el féretro, magreando a un boy en tanga y haciéndole la higa al genio con la mano libre. No resulta extraño que, vistas las cosas, algunos genios prefieran mantenerse bien alejados de la fama y pulir su oficio con ahínco.

El músico pop Martin Newell es, como dijo Giles Smith en Lost in music, la “industria artesanal” del pop inglés. La cerveza casera de los discos estupendos. Cleaners From Venus han sido tildados de mejor banda desconocida de los ochenta, con razón. En 1983, cuando 'Karma chameleon' de Culture Club rozaba el millón de ventas, Newell colocaba 250 copias de su casete The Golden Autumn. Living with Victoria Grey (1986), también autoeditado, llevaba la leyenda “Si te ha gustado, díselo al lechero”, indicación clara de sus miras. Cuando sobre la misma época Captain Sensible (ex Damned) invitó a un equipo de compositores para que le fabricaran un hit, Newell llegó al estudio en bicicleta, a tiempo para ver a Graham Gouldman (10CC) despegando en helicóptero. “La fama no siempre sienta bien”, comenta Newell. “Mick Jagger dijo que 'la fama es un vestido que no le queda bien a todo el mundo, y a algunos les queda fatal'. Yo soy de esos. Se habla de las sustancias químicas que el miedo despide en tu torrente sanguíneo, y que crean toda clase de problemas, pero sucede lo mismo con la fama. Es mala para la salud. La sobreexposición es dañina. Así que me niego a hacerlo”.

A Martin Newell le llaman rey del casete underground y “padrino del DIY (hazlo tú mismo) inglés”, pero ambas etiquetas dan una idea imprecisa de su visión. Su pop es lustroso a la vez que artesanal, y su “hábito de arte”, que diría Flannery O’Connor, nace de la optimización, no de la flaca ambición. “Cleaners From Venus es mi marca”, dice. “Si adquieres un álbum nuestro sabes los parámetros a los que te enfrentas: no estará grabado en un estudio caro, ni tendrá productor, pero estará lleno de canciones bien escritas y tocadas al modo excéntrico. Cada día soy mejor productor, así que ni siquiera podrán llamarme lo-fi. Ahora soy mid-fi [ríe].

El arte newelliano funciona mejor autónomo y local, sin exigencias comerciales o distracciones publicitarias. Si James Brown era “el hombre más trabajador del show business”, Newell lo es de la grabación en cuatro pistas. Su modus operandi es de estar por casa, pero sus aspiraciones son elevadas. “No soy un gran músico, considerando la de años que llevo en esto”, responde. “Puedo escribir cosas mucho más sofisticadas que las que puedo tocar. A menudo, los grandes virtuosos del jazz o del rock no eran buenos compositores, y al revés. Burt Bacharach no era un gran músico, pero escribía grandes canciones. Creo que soy como él. Lo mío es una mezcla de lo que me encantaría hacer y lo que soy capaz de hacer [ríe]. ¿Mi habilidad? Encajar palabras en música. Me interesa lo que escribo, y luego la coloco en un marco excéntrico. Me gustan Frank Sinatra y Don Fagen [Steely Dan], y eso, combinado con mi talento, produce Cleaners From Venus. El resultado no es desagradable. Mi único mantra es: no trates de seguir los pasos de los sabios. Busca lo que ellos buscaban”.

La aleación CFV mezcla Kinks y Beatles, sin duda, pero también crooners, vodevil, nanas, baladas folk o pop pre-rock. Y en verdad les digo, lectores, que sus composiciones, aunque las grabe en el cuartucho de la fregona, acompañado al banjo por un fulano que conoció en el pub, vuelan a la altitud de sus maestros. “Siempre pensé que lo mío era un talento innato, de savant, ahora sé que tiene relación con el Asperger. Pero el talento no es la habilidad innata de hacer algo. Un director le pide a un actor que interprete un papel, y el actor sobreactúa, luego se queda corto, y al final lo pilla. Entonces le obligan a repetirlo cien veces [ríe]. Esa es la diferencia entre un profesional y un amateur. Mucha gente cree que puede llevar un restaurante porque cocina bien, pero tienes que hacer el mismo plato cada día, y al mismo nivel. El talento es la habilidad de hacer algo por lo que tenías inclinación, y llevarlo a la perfección, y mantenerlo en la distancia”.

Martin Newell, en una imagen de 2008.
Martin Newell, en una imagen de 2008.

El amplísimo ámbito temático de Newell es tan remarcable como (supongo) inevitable. Uno no puede pasarse treinta y cinco álbumes (“Cincuenta”, apunta, “si incluyes los casetes”) repitiendo yeah-yeah y I-love-you-beybe. 'Drowning butterflies'; 'Call me Michael Moonlight'; 'Christmas in Suburbia'; 'Clara Bow'; 'Ilya Kuryakin looked at me'; 'Ragged winter band'... Canciones que hablan de dandis y dementes, granujas dickensianos y espías televisivos, recesión y guerra, campanas de iglesia y fábricas cerradas … Él las definió como “canciones con eco sobre estaciones de tren abandonadas”, una frase que no suena precisamente a Oasis. “Me interesa la historia”, dice. “Somos la misma gente que entonces. Existe la idea de que somos distintos porque se ha descubierto tal y tal cosa científica, pero aquellas personas tenían los mismos intelectos, y nobleza, y vileza, lascivias y amores, que nosotros. Los grandes compositores de musicales, como Hoagy Carmichael, solían citar a autores griegos. Hoy en día escuchamos a chavales con cajas de ritmos recitando su lista de la compra de agravios sociales, o chavalas con cajas de ritmos cantando canciones infantiles sobre amor perdido y tibio empoderamiento feminista. Ya nadie busca entretener”.

En las descripciones que se hacen de Newell siempre aparece la palabra “excéntrico” (en este artículo ya ha caído tres veces), a menudo acompañada de “antisocial”. Lo primero se debe a que el músico se paseaba (y pasea) por su pueblo (y portadas) vestido de lo que Graham Bendel, director del documental Upstairs planet, define como “vigilante de manicomio del siglo XIX”, chaqué y chistera incluidos. “La gente cree que Keith Richards es una especie de despojo farfullante”, razona, “cuando en realidad es un tipo inteligente y un músico dedicado. Su personaje de flipado es un disfraz con el que ocultar su timidez. Mi excentricidad es parecida. Nunca la cultivé deliberadamente. Como suele decirse, la diferencia entre loco y excéntrico son cien mil libras [ríe]. La excentricidad es, para mí, como un viejo traje de tweed que me queda mejor pasados los cincuenta. Noto que la gente me acepta, porque soy viejo. Cuando era joven me tomaban por un capullo pretencioso, mi excentricidad era intolerable. Si llego a ser Ozzy Osbourne [le imita, balbuceando], 'hola, soy Ozzy Osbourne, soy rico, tomo muchas drogas, mmm, acabo de estrellar mi jet privado…', les habría resultado mucho menos ofensiva”.

En cuanto a su famosa negativa a salir del pueblo (“I don’t travel”, fue la escueta respuesta que recibí hace siete años, cuando traté de invitarle a Barcelona), Newell no titubea: “¿Recorrer el mundo hasta que la gente decida que lo que hago está bien? No, gracias. Paul McCartney dijo, años después de la separación de los Beatles, cuando le preguntaron si se volverían a reunir, que ellos habían ido a Hamburgo en 1960, y que poco después había pasado “todo aquello”, y que no veía ninguna razón para pasar por “todo aquello” otra vez [ríe]. La fama y el dinero son las dos crueles princesas de la colina, pero la música es la vecina que te enamoró, y un día, después de haber sido molido a palos por las princesas, te acuerdas de que siempre la has amado y decides que solo quieres vivir en una cabaña con ella resto de tu vida, aunque seáis pobres de necesidad”.

Alguien dijo que un hombre rico es aquel que se va a la cama tras haber hecho lo que le gusta durante el día. Visto así, Newell está forrado. Compone, graba, saca elepé, se va al pub. Monta matinales con reputados colegas como John Cooper Clark o Captain Sensible. Sin salirse de sus postulados éticos se ha convertido en referente de artistas como Ariel Pink, MGMT o Marc de Marco. Incluso está cosechando lo que jamás creyó que llegaría: reconocimiento artístico. “Siempre he tenido la sensación de no ser comprendido. Lo que yo hacía no conectaba con mi tiempo ni mi generación. Mis contemporáneos, por alguna razón, tendían a preferir blues de barbudos. Nadie lo pillaba. Tampoco encajé con los críticos musicales o los urbanitas sofisticados de Londres. Siempre fueron bordes conmigo. Al poco de empezar dejé de enviarles copias para reseñar. Me limitaba a sacar un disco, vendía mil copias y empezaba a grabar el siguiente. ¿Por qué tendría que mandarles promos a unos cabrones que no solo escriben mucho peor que yo, sino que ni siquiera sabrían hacer un disco? Esperé muchos años a que llegara mi momento y, ahora que parece que ha llegado, es un poco tarde [ríe]. Lo positivo fue darme cuenta de que el reconocimiento no iba a llegar, así que dejé de esperarlo y me concentré en mi oficio”.

Dolly Birds & Spies. Martin Newell. Autoeditado, 2020.

Upstairs Planet: A Film About Cleaners From Venus & the Universe of Martin Newell. Graham Bendel, 2019.