Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El hombre de la nariz torcida

Marc Rodríguez y Laura Aubert se lucen (y se multiplican) en ‘Un, ningú i cent mil’, versión catalana de la novela de Pirandello, a las órdenes de Ferran Utzet

Laura Aubert y Marc Rodríguez en 'Un, ningú i cent mil'. Ampliar foto
Laura Aubert y Marc Rodríguez en 'Un, ningú i cent mil'.

Hacía tiempo que no veía en escena un texto de Pirandello y, curiosamente, ha sido la adaptación al catalán de Uno, ninguno y cien mil, su última novela. Le costó mucho. La tomaba, la dejaba, volvía a ella. “Será la síntesis completa de lo que he hecho y la fuente de todo lo que haré”, dijo. Lo de la síntesis es discutible: creo que Pirandello alcanzó su mayor brillo en el teatro y los relatos. Y sea por lo que fuera, la fuente futura no fluyó, al menos en lo tocante a la novela: la publicó en 1927, y fue la última. Con traducción de Marina Laboreo (Un, ningú i cent mil), Ferran Utzet firma la versión y dirige un valiente montaje en el Teatre Biblioteca de Catalunya. ¿Por qué valiente? A mi entender, porque sus tonos son muy cambiantes. La historia arranca con una presunta trivialidad. Dida, la mujer de Vitangelo Moscarda, un ocioso banquero provinciano, hace ver a su esposo que tiene la nariz torcida. No es lo único que desconoce: Vitangelo cae en la cuenta de que su mujer le llama Gengé. ¿Cómo puede alguien, reflexiona, despersonalizarse tanto? El banquero quiere buscar su identidad, pero comprenderá, como un héroe unamuniano (o lynchiano), que su yo es “uno, ninguno y cien mil”.

El montaje también es arriesgado porque no parece fácil simpatizar con los protagonistas. De Dida, su autor nos dice poco, y lo que nos dice no enamora. Vitangelo (o Gengé) quiere librarse de la banca familiar, obsesionado con la idea de que su padre era un usurero, y comienza a llevar a cabo acciones que nadie espera de él… para que le vean como un auténtico usurero. Así, la trama tiene una parte muy graciosa y otra tremenda. Empieza como una comedia costumbrista y va virando hacia la locura. Esto es muy frecuente en Pirandello, pero, insisto, le sale mejor en teatro. Cito solo dos ejemplos: en tragedia (Enrique IV) y en comedia dramática (Ciampa en El gorro de cascabeles). O en cuentos: Cuando estaba loco. Entonces ¿por qué hay que ir a ver este espectáculo? Porque Utzet es un joven director con gran olfato escénico, que ha montado verdaderas perlas (de McPherson, Wesker, Mouawad y Friel, entre otros), y por el espléndido mano a mano actoral de Marc Rodríguez y Laura Aubert, que ya compartieron este escenario en L’hostalera de Goldoni. Rodríguez tiene una larga trayectoria (con títulos como La partida o A teatro con Eduardo), y Aubert una reputadísima vis cómica (desde Els feréstecs hasta La tendresa). Pero lo más importante es cómo, guiados por Utzet, se transmutan en un puñado de personajes, y la pasmosa velocidad con que van pasando de unos a otros. Durante la primera parte, Rodríguez exhala un aire agridulce a lo Tognazzi en su composición del banquero despersonalizado, y Aubert se lleva la parte del león (de la leona, mejor dicho) con un auténtico tour de force, su trabajo más amplio hasta la fecha: su Dida no es, como decía antes, un gran personaje, pero hay que verla desdoblándose en el amigo Klaus, el notario Stampa, el abogado del juicio o el fantasma del padre de Vitangelo, para citar solo unos pocos. Creo que haría falta un peinado del texto, que resulta largo y con pasajes reiterativos. Y a mi juicio sobra el juego de los asientos, que no detallaré: no es largo en sí mismo (no llega a diez minutos), aunque diría que al estar situado entre la primera y segunda parte rompe el ritmo y la atención.

La segunda parte contiene una verdadera sorpresa por partida doble. No conviene revelar sus transformaciones, pero sí decir que son las verdaderas palancas del lucimiento de ambos intérpretes. Daré algunas pistas: hay un amor inesperado que aparece en una abadía, una convalecencia (a ritmo de George Michael), y, claro está, nuevos personajes. Al principio hablaba de “héroe lynchiano”, y el humor onírico del cineasta parece llegar a lomos de Julee Cruise, que canta Summer Kisses, Winter Tears, de Elvis… pero producida por Lynch y Badalamenti. También suena de perlas The Nightingale (puro mundo Twin Peaks, como la inesperada irrupción de Yo soy aquel). ¡Un aplauso al sonido de Guillem Rodríguez! El clima es singular y muy sugestivo, aunque Utzet no acaba de conseguir su complicado equilibro. Pirandello y su director nos llevan a un territorio alucinado y les seguimos, pero quizás, valga la paradoja, convenga clarificar un poco esa alucinación. Al final late el Pirandello más puro. No acabamos de comprender si Moscarda está en el cielo o en el infierno, y tal vez esté bien que así sea. En pocas líneas, el texto habla de un mundo en el que no hay nombres ni recuerdos. Ni, sobre todo, espejos. Y Franco Battiato, como un sumo sacerdote, canta Voglio Verte Danzare.

Un, ningú i cent mil. Luigi Pirandello. Dirección: Ferran Utzet. Teatre Biblioteca de Catalunya (Barcelona). Hasta el 19 de mayo.