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COLUMNA i

Desolación

Las campañas de comunicación del Real Madrid insistían en convertir en un mantra la arrogante afirmación de que eran los mejores del mundo. ¿Qué vamos a contar ahora?

Santiago Solari, entrenador del Real Madrid, durante el partido frente al Ajax en el Santiago Bernabéu.
Santiago Solari, entrenador del Real Madrid, durante el partido frente al Ajax en el Santiago Bernabéu. Getty Images

Aseguran los entendidos que el apocalipsis siempre envía anticipados mensajes. Según Cohen, todo el mundo sabía que el barco se estaba hundiendo y que el capitán mintió. Camus llegaba más lejos, la peste despertaría a sus ratas y regresaría para siempre a la ciudad. El martes, a las once de la noche, estaba confirmado en el Bernabéu que aquello no era ficción literaria, sino algo insoportablemente real, la sensación que acompaña al derrumbe absoluto, a la humillación, a la gangrena que corroía al irresponsable gigante desde hace mucho tiempo.

Esas premonitorias señales flotaban desde el último día de gloria, cuando el Real Madrid vuelve a sentirse en Kiev como el más guapo, el más rico, el más feliz. No es normal que en esa fiesta suprema sus descerebradas estrellas Ronaldo y Bale empiecen a lloriquear, a lamentarse del trato que reciben, a no sentirse lo suficientemente venerados, a amenazar con su despedida. El repulsivo gimoteo lo protagonizan multimillonarios que deben ejercer como profesionales (o sea, tener lo que hay que tener, hacer lo que hay que hacer) y que, si aparte de sus mareantes nóminas necesitan inaplazablemente el amor del universo, deberían optar por comprarse un perro u otros animalitos de incuestionable fidelidad. El segundo síntoma alarmante es que Zidane, o sea, la calidad y la calidez, la elegancia y la jefatura racional, decida salir corriendo y hacia ninguna parte después de ese triunfo que debería provocar más hambre de gloria. ¿Qué razones tenía? No le imagino cobarde. Tal vez obedecía a datos incontestables y un exceso de lucidez.

Las campañas de comunicación del Real Madrid insistían hasta el mareo en convertir en un mantra la arrogante, continua y borreguil afirmación de aficionados y jugadores de que eran los mejores del mundo. ¿Qué vamos a contar ahora? Se rumorea una abyección, el retorno de Mourinho. Si esa barbaridad ocurriera, serían dignos el uno del otro.

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