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COLUMNA i

¡Taxi!

Retorno a los trenes que viajan bajo tierra. No son el infierno. Es como lo de arriba. Poblados por gente infinita con su mirada enganchada a un móvil y el oído a un pinganillo

Los taxis bloquean el paseo de la Castellana en Madrid el pasado 28 de enero.
Los taxis bloquean el paseo de la Castellana en Madrid el pasado 28 de enero.

Julio Cortázar fijó el infierno terrenal en el metro, una consideración excesivamente literaria. No le hice caso. A principios de los setenta descubrí con alborozo todos los barrios de Madrid gracias al metro. No quería hacer turismo urbano, era el medio que me permitía conocer todos los cines de barrio. Eran baratos los programas dobles. Cuando mejoró mi economía, y no sabiendo conducir, me movía cotidianamente en taxi. Pero jamás surgió el idilio entre nosotros. La higiene física y mental siempre me ha parecido un principio inquebrantable, no un fin. Durante décadas, gran parte de los conductores se empeñaban en explicarme cómo arreglarían ellos España en dos días, despreciando mi derecho al sonido del silencio. También a escuchar obligatoriamente consabidas y raciales emisoras de radio, por si no me había quedado clara su ardorosa vocación de salvapatrias.

La huelga de estos fervorosos revolucionarios (qué gracioso el aval, la comprensión y la solidaridad que reciben de Podemos) contra el opresor Estado que ha permitido que los aseados y respetuosos bárbaros hagan competencia al ancestral y patriótico monopolio, reúne gags impagables, dignos del cine mudo y cómico, como el de ese pavo que al notar la mano en su hombro de un policía simula un trágico derrumbe. Y el Manifiesto Dadaísta o el breviario de la idiotez satisfecha no se hubieran atrevido a incluir el lamento bíblico de ese líder del taxi escandalizado porque un ministro de izquierdas y homosexual ordene reprimir al pueblo.

Después de tan larga ausencia retorno a esos trenes que viajan bajo tierra. No son el infierno. Es como lo de arriba. Poblados por gente infinita (no he citado La invasión de los ladrones de cuerpos) con su mirada enganchada a un móvil y el oído a un pinganillo. Ni cristo lee algo en papel. Me acostumbraré. O accederé por primera vez a Internet para conectar con esos intrusos que hacen grato el desplazamiento urbano.

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