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IDA Y VUELTA COLUMNA i

El maestro desmedido

La hija de Leonard Bernstein y su asistente publican sendas biografías del director y compositor. Fumaba cuatro paquetes diarios y se mantenía activo mezclando las anfetaminas con el alcohol

Bernstein, en Viena en 1970.
Bernstein, en Viena en 1970.

Hay quien tiene la suerte de ser bien recordado. Desde la muerte de Leonard Bernstein en 1990 se han publicado varias cuantiosas biografías, pero este año, en su centenario, acaban de aparecer dos libros de personas que estuvieron muy cerca de él y fueron simultáneamente testigos, beneficiarios y víctimas de esa proximidad: su hija mayor, Jamie Bernstein, y el que fue su asistente personal durante unos cuantos años, cerca del final de su vida, Charlie Harmon. A Jamie Bernstein le llamaban en la escuela famous father girl, y ese es el título que ha puesto al relato de su vida. El de Harmon se titula On the Road and Off the Record with Leonard Bernstein. La diferencia de las perspectivas enriquece el retrato del personaje, el contraste entre la figura pública y la persona privada, las dos marcadas por una propensión a la desmesura que estaba igual en su manera de dirigir y en su trabajo como compositor.

El maestro desmedido

Leonard Bernstein lleva muerto casi 30 años y pertenece a una época abolida de la cultura musical, y más todavía de la industria discográfica. Pero la abundancia de celebraciones en su centenario y hasta su presencia numerosa y muy difundida en YouTube revelan una capacidad de perduración muy superior a la de otras luminarias musicales de su tiempo. Bernstein, según atestiguan su hija mayor y su asistente, era un hombre egocéntrico, muy sensible al halago excesivo y a la adoración religiosa que han suscitado algunos grandes directores de orquesta. Pero también padecía una inseguridad íntima sobre el valor verdadero de su trabajo como compositor. Viajaba por el mundo siendo agasajado por los ricos y los poderosos y por las celebridades internacionales con las que competía en popularidad: pero igual que recibía críticas enfervorizadas, también, sobre todo en Estados Unidos, era el blanco de ataques devastadores. Tampoco en eso parecía que hubiera ninguna medida: en 1943, a los 25 años, sustituyó en el último momento a Bruno Walter, que tenía gripe, en el podio de la Filarmónica de Nueva York y fue aclamado como un joven maestro; poco más de 10 años después le llegó el éxito masivo y perdurable de West Side Story. Pero en muchas otras ocasiones tuvo fracasos abismales, agravados por una saña de la crítica que parecía así tomarse la revancha por tanta gloria, tanto brillo mundano, tanta popularidad más propia de una estrella de la televisión o de la música pop que de un severo compositor clásico.

Bernstein se angustiaba por la falta de tiempo para componer, pero se resistía a una nueva gira o una ceremonia en su honor

Nadie, hasta Leonard Bernstein, había hecho un proselitismo abierto y generoso de la música clásica más allá de la élite de los entendidos. Su hija Jamie dice de él que era un maestro vocacional que le explicaba con la misma claridad y respeto una sonata de Beethoven que una canción de los Beatles. La desmesura, la hiperactividad de Leonard Bernstein lo llevaban con la misma energía a lo mejor y a lo peor, alimentaban inseparablemente su exhibicionismo y su necesidad de halago y su vocación educativa, su defensa apasionada de causas progresistas en la época del macartismo y luego en la de los derechos civiles y la guerra de Vietnam, su empeño esclarecido por promover las obras de compositores hasta entonces ignorados o desdeñados. Decía que enseñar y aprender son dos tareas inseparables: enseñando al público conservador de la música clásica la admiración por Mahler o Charles Ives, Leonard ­Bernstein aprendía de esos dos maestros y se empapaba de ellos.

Jamie Bernstein y Charlie Harmon cuentan la vida cotidiana de un hombre sin sosiego que se somete a giras agotadoras por medio mundo, a todo tipo de homenajes y celebraciones pomposas; y que después de un concierto y de una cena de mucho protocolo social sigue bebiendo y charlando hasta el amanecer, buscando aventuras sexuales inmediatas. Terminaba un concierto empapado de sudor, pero tenía la convicción, deplorable para sus allegados, de que una dosis prolongada de desodorante evitaba la necesidad de una ducha. Fumaba cuatro paquetes diarios y bebía grandes vasos de Ballantine’s con hielo. Se mantenía activo mezclando las anfetaminas con el alcohol. Padecía un insomnio que ya no aliviaban los somníferos. Daba grandes abrazos y besaba a todo el mundo en la boca, hombres y mujeres. Era esa figura desmedida del genio sin limitaciones ni reproches que tuvo tanto éxito en las artes del siglo XX: una gloria universal que se parece al culto a los dictadores y que probablemente conduce al delirio.

El maestro desmedido

Leonard Bernstein se angustiaba por la falta de tiempo y de sosiego para componer, pero no sabía o no quería resistirse a una nueva gira, a una ceremonia conmemorativa en su honor. Su hija Jamie dejaba de verlo durante largas temporadas, y cuando estaba cerca no siempre encontraba el momento de reunirse de verdad con él, porque era uno de esos hombres muy sociables que prefieren estar en compañía de más de una persona. Charlie Harmon era mucho más joven y estaba más sano, pero los viajes y los compromisos lo hacían vivir en un perpetuo duermevela de agotamiento. Una presencia tan exagera como la de Leonard Bernstein impone una tiranía psicológica e incluso física a la que los demás han de resistirse para conservar una medida suficiente de autonomía personal. La suma de hiperactividad y talento y atractivo y puro egoísmo envuelve a quienes están cerca en la espiral de un huracán que les succiona las fuerzas y los debilita y puede anularlos. La mujer de Bernstein, Felicia, una actriz que abandonó su carrera para cuidar de él, acabó abatida por la energía maniática y la promiscuidad erótica de un marido que la dejó por un hombre muy joven con el que se exhibía sin reparo, y que regresó con ella cuando supo que iba a morir de cáncer. Ya muy enferma, desde el otro lado de la mesa familiar, Felicia lo señaló con el dedo y le hizo una profecía : “Morirás solo como una maricona vieja y amargada”.

Pero al final, en los dos libros, junto al testimonio lúcido de vanidades y caprichos despóticos, lo que queda es afecto filial y gratitud: cada uno a su manera, la hija mayor y el asistente se reconocen como herederos de la generosidad de Leonard Bernstein, de su vocación pedagógica, del esplendor de su música, la que dirigió y la que compuso. Esa generosidad expansiva y democrática, a la manera de Walt Whitman, esa mezcla del clasicismo europeo y el jazz y los aires jubilosos de Broadway son también para nosotros la herencia perdurable de Leonard Bernstein.