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Militantes y escritores

Hay libros que se leen con un nudo en la garganta y las mandíbulas tensas de rabia: me ha sucedido con 'Caso Cipriano Martos'

El dirigente socialista Julio Álvarez del Vayo, en un mitin en 1936.
El dirigente socialista Julio Álvarez del Vayo, en un mitin en 1936.

1. Martos

Hay libros que se leen con un nudo en la garganta y las mandíbulas tensas de rabia. Me ha sucedido con el reportaje de investigación y denuncia Caso Cipriano Martos, del periodista Roger Mateos (Anagrama). Martos (¿1942?-1973) nació en una familia de jornaleros en uno de los rincones más míseros de la Granada de posguerra, donde los vencedores actuaban aún con la impunidad de señores de horca y cuchillo fascista. Emigró: Sabadell, Terrassa, Igualada y Reus fueron escenarios de su vida adulta en los que la pobreza, el hacinamiento y la miseria eran parte esencial del entorno. Hombre solitario y tímido, el descubrimiento de la militancia fue también el de la amistad y, quizás, el del amor. Se afilió, como numerosos inmigrantes del sur en la Cataluña desarrollista, al FRAP (su presidente de honor fue el exministro de la República Julio Álvarez del Vayo), y a su matriz, el PCE (marxista-leninista), fundado en 1964 por los que consideraban a Carrillo un “renegado vendepatrias” y creían que Enver Hoxha y Mao marcaban el camino de la revolución que habían abandonado los “traidores revisionistas” del PCUS. El FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota), que surgió a principios de los setenta como brazo de agitación e intervención de masas del estalinista y sectario PCE (m-l), dirigido desde el exilio por los duunviros Elena Ódena y Raúl Marco, no rehuía la violencia contra la policía (cuatro asesinados entre 1973 y 1975) y empresarios de la “oligarquía proimperialista”. La policía sometió a la organización a una despiadada represión que culminaría con la ejecución, en septiembre de 1975 (dos meses antes de que el dictador muriera en su cama), de tres militantes del PCE (m-l) junto con dos de ETA. Martos no mató a nadie, pero participó en muchas “acciones” de entonces, entre ellas en robos justificados con el eufemismo de “recuperaciones de la plusvalía”. Las condiciones de la clandestinidad eran precarias, a menudo por falta de medios o por el aventurerismo de los responsables. En las normas para la seguridad del partido (redactadas por los dirigentes en el exilio), que conocían todos los militantes, se decía a propósito de las torturas: “Un comunista debe tener presente en todo momento que puede perderlo todo menos su honor revolucionario. Más vale dejar la vida, si fuera preciso, en manos de los verdugos del régimen que traicionar al partido”. Martos, el antihéroe y mártir de esta historia terrible, fue detenido, cruelmente torturado y (probablemente) asesinado por la policía en 1973, que no debió de sacarle mucha información. Quizás por ello le obligaron a beberse el contenido de un cóctel molotov: con el tubo digestivo destrozado, murió en medio de espantosos dolores. Lo enterraron a escondidas y no permitieron que su familia viera el cadáver. Su terrible historia es una de las más ignoradas —pero no la única— del tardofranquismo. El libro de Mateos, repleto de preguntas sin respuesta, se subtitula “Vida y muerte de un militante antifranquista”.

2. Escritores

No recuerdo bien si fue John Braine o su maestra Dorothea Brande —autores de famosos libros de autoayuda para escritores— quien contaba la anécdota. La escena había tenido lugar en una clase de escritura creativa atestada de alumnos ansiosos de que el Gran Escritor invitado para la ocasión les revelara el secreto para convertirse en escritores. El Gran Escritor entró en el aula y, después de saludar, se paró en la tarima y, dirigiendo a su público una mirada abarcadora, pidió que levantaran la mano todos los que querían serlo. No hubo nadie que no lo hiciera, para eso habían pagado, para eso habían abarrotado el local esperando la Palabra. El Gran Escritor los miró de nuevo y les espetó: “¿Entonces, qué demonios estáis haciendo aquí en vez de estar escribiendo?”. Fin de la anécdota. Recuerdo que en mis primeras visitas a las librerías estadounidenses me llamó la atención la cantidad de libros de autoayuda para escritores; los había de toda clase y para todas las necesidades y características personales. Y una curiosidad: su presencia en las estanterías era más abundante en las librerías de ciudades que padecían inviernos largos, cuando la gente sale menos de casa. Que le regalen a alguien que desea ser escritor un bonito cuaderno en blanco es una tentación, pero también un reto y hasta un incordio. Incluso para quien ya lo es, y se encuentra sobre la mesa ese testigo mudo que, sin decir (aún) nada, exige respuesta. Eso es lo que le sucedió al periodista, novelista, ensayista (y, ahora, poeta) Jesús Ruiz Mantilla: cuando cumplió 50 años, sus hijas le retaron a que “llenara” el cuaderno que le regalaron. Y lo hizo: Al día (Galaxia Gutenberg) es, más o menos, aquel cuaderno en el que JRM consignó, como en un diario intermitente, ideas, viajes, poemas, músicas, encuentros con periodistas que le enseñaron (Bastenier, por ejemplo) y escritores o poetas que admira (Cercas, Muñoz Molina y, aunque me entren micropicores sólo de pensarlo, también Sabina). El libro se deja leer bien y dice mucho acerca del autor de Yo, Farinelli, el capón, incluso a quienes creíamos conocerlo. En cuanto a los libros de autoayuda para escritores, ahora también abundan en el mercado español: escribir es hoy una opción “profesional” respetable, como demuestran blogs y youtubers con centenares de miles de seguidores. El último de esta clase que ha llegado a mis manos es 50 consejos para ser escritor (Seix Barral), del novelista Colum McCann, un autoayuda digno por alguien que conoce los trucos y zozobras del oficio. De todas maneras, y en mi opinión, el mejor libro en el mercado sigue siendo Becoming a Writer, de Dorothea Brande (Para ser escritor, Círculo de Tiza), un clásico (1934) que ha ayudado a millares de escritores. Y que sale más barato que matricularse en cursos de escritura.