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Cuatro horas de grandeza

'Boscos', de Wajdi Mouawad, dirigida por Oriol Broggi con un elenco superlativo, es un vendaval

Una escena de 'Boscos'.
Una escena de 'Boscos'.bito cels

Aún me estoy reponiendo del shock: Boscos (Fôrets, 2006), de ­Wajdi Mouawad, dirigida por Oriol Brog­gi en el teatro de la Biblioteca de Catalunya. Un plato fuerte: cuatro horas. Cuatro horas de grandeza, textual y escénica, que fluyen de modo maestro. Sales exhausto, pero no por su duración sino por tanta potencia narrativa, tanta belleza y tanto arte actoral: un altísimo logro colectivo. ¿Cómo resumir esta saga de sagas, este gran fresco histórico, este nudo de collares y serpientes? Difícil lo tenemos. Bolaño hablaría de la parte de Montreal (entre la caída del muro de Berlín y el principio del siglo XXI), la parte del bosque de las Ardenas (de finales del XIX a la Gran Guerra) y la parte del Escuadrón de la Cigüeña, en plena ocupación nazi. Te preguntas: ¿cómo encajará todo eso? Y encaja, porque el entretejido de épocas y tonos es portentoso: Boscos combina gran novela, gran cine, gran teatro. Es la tercera entrega de la tetralogía La sangre de las promesas, que con las otras comparte mirada, obsesiones y voltaje poético, expandiéndose por tiempos y espacios: historias familiares sacudidas por una herencia de dolor, viaje por los horrores de dos siglos que siguen latiendo en el presente. Mouawad hace aquí equilibrios en la cuerda floja de la desmesura, pero le salva el pálpito de la alta tragedia, la fusión entre lo cotidiano y lo mágico, entre la crónica y la leyenda, con un lenguaje intenso y bellísimo.

Posiblemente sea el montaje más complejo y ambicioso de Broggi y la banda de la Perla. Sus puestas de Incendis y Cels, otras dos cumbres del cuarteto, no eran, desde luego, piezas fáciles, pero aquí hay 11 actores interpretando una veintena larga de roles, y dando siempre, sin excepción, las notas precisas, los tonos verídicos, guiados por una mano afinadísima. ¿Hace falta subrayar la ambición, el gran esfuerzo profesional y empresarial que eso supone? Sí, hay que subra­yarlo, porque parece tan fácil que quizás alguien no se percate. Broggi alza un espacio escénico sencillo y múltiple, apoyado por las filigranas de la luz de Pep Barcons, el sonido del imprescindible Damien Bazin y el vestuario de Anita Ribera, que nos instalan en cada época como por arte de magia.

El autor hace equilibrios en la cuerda floja de la desmesura, pero le salva el pálpito de la alta tragedia, la fusión entre lo cotidiano y lo mágico

Hay verdad desde el primer monólogo, lanzado a lo grande por Cristina Genebat (Aimée), que además firma la modélica versión catalana. De la parte de Montreal me vuelve, entre otros muchos relámpagos, la escena de la masacre de la escuela, que combina filmación y realidad, con los actores bajo esa nieve que no deja de caer.

Comienza el viaje de la mano de Ramon Vila bordando el personaje del paleontólogo Douglas Dupontel, el clásico mediador y guía del teatro de Mouawad, un rastreador muy cercano en bondad y empeño al notario Hermile Lebel de Incendios. El espectador también reconocerá el arquetipo de la adolescente en busca de sus orígenes: aquí se llama Loup y la encarna furiosamente Clara de Ramon. De ese primer tercio es imposible olvidar el encuentro entre Loup y la abuela Luce, felicísimo retorno de la veterana Marissa Josa, con una escena impresionante: me pareció estar viendo a Amelia de la Torre. En el “episodio austrohúngaro” relumbra Marc Rius en el papel de Albert, el idealista enfrentado a su padre, el todopoderoso Keller, y hay que ver a Xavi Ricart encarnando por igual al dolorido Baptiste, el esposo de Aimée, y a la fiera prenazi. Y a Genebat, que en esta parte interpreta a la doliente Odette, de quien nada puedo revelar aquí.

En la parte del bosque, con esa utopía oscura que hace pensar en una versión salvaje de La costa de los mosquitos, de Paul Theroux, y con un lenguaje más koltesiano que nunca, recuerdo a tres personajes desgarrados y soberbiamente servidos. Xavier Ripoll es Edmond el Jirafa, que llenaría un novelón, como Oscar Matzerath en El tambor de hojalata; Carol Rovira (para mí un descubrimiento) es Hélene, conmovedora víctima, y Sergi Torrecilla es Edgar, enloquecido en su paraíso roto. De novela en novela (o de película en película), suena un acordeón elegiaco en la fiesta del Escuadrón de la Cigüeña, red de la resistencia, como una escena que podría haber escrito Kessel y filmado Melville en El ejército de las sombras: ahí se me soltó el llanto gracias a Xavier Ruano, que ya me había puesto al borde de la lágrima en el papel de Achille, el padre de Aimée, y ya no paré hasta el final, la arrasadora despedida de Sarah Cohen (Genebat) y Ludivine Brouillard (enorme Màrcia Cisteró), quizás los dos personajes más poderosos y emotivos de la función, y mira que no faltan.

Atreverse con ese toro (¡qué digo toro!, ¡minotauro!) es toda una lección de valor, talento y entusiasmo para los tiempos que corren. Hay que decirlo bien alto: estamos viviendo un gran momento teatral, en el que talento es lo que menos falta. Falta apoyo, infraestructura y verdadera convicción de que el teatro es cultura, espíritu, gran entretenimiento. E industria.

Boscos, de Wajdi Mouawad. Teatre Biblioteca de Catalunya (Barcelona). Director: Oriol Broggi. Intérpretes: Màrcia Cisteró, Cristina Genebat, Marissa Josa, Ramon Vila y otros. Hasta el 14 de mayo.

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