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Odas de tres minutos a la falsa nostalgia

Desafección, excentricidad, apego provincial… Todos los agumentos para el leave estaban cantados en el pop

Una de las principales características de lo inglés es no tomarse nada demasiado en serio, empezando, claro, por uno mismo y terminando, como no podía ser de otra manera, por el hecho de ser inglés. Por eso tal vez una notable cantidad de votantes a favor del Brexit se arrepienten hoy de haber votado por la salida de la Unión Europea motivados por esa parte de ser inglés que no implica ser racista, ni xenófobo. A saber, excentricidad, falsa nostalgia, desapego emocional, apego geográfico provincial, obsesión por la predicción meteorológica… Todo eso está documentado profusamente en la historia del pop de aquella tierra en la que viven cinco de cada seis británicos y que, con la salvedad de Londres, Brighton, Mánchester, Leeds o Liverpool, ha votado —replicando casi exactamente el mapa de 1992 que marcaba los lugares en los que se habían dado casos de vacas locas— a favor de abandonar Europa como proyecto.

Lo que está menos presente, porque realmente sólo existe en la cabeza de cuatro tarados y de los amantes de los tópicos a este lado del canal, es esa idea de que los ingleses aún creen que son un imperio. Cuando el pop ha observado esa realidad lo ha hecho casi siempre desde la decepción, como en el Let England Shake, de PJ Harvey, y sólo en contadas ocasiones desde el orgullo o la épica. De esto último hay trazos en The Trooper o Aces High —esta contiene un fragmento del discurso de Churchill—, de Iron Maiden. No, el pop inglés, como la gran mayoría de la sociedad inglesa, no se siente mejor que los demás. Se siente diferente. Y presiona allí donde sabe que lo es hasta hacerse daño. Tal vez la canción más inglesa de la historia date de 1949, esté escrita por Ewan MacColl y se titule Dirty Old Town, algo que, en plan bruto, podríamos traducir como “sucio pueblucho”. De acuerdo, tienen su Rule Britannia como tenemos nuestro Que viva España, pero aquí sería bastante complicado hallar más de un puñado de locos que escogiera como canción que define mejor el sentimiento español El imperio contraataca de Los Nikis antes que el clásico de Manolo Escobar. Allí sucede justo lo contrario.

En 2008, el diario The Guardian consultó a varios músicos qué canción, según su criterio, definía mejor la idea de ser inglés. Sarah Cracknell (St. Etienne), Barry Adamson, Seth Lakeman o Chris Difford (Squeeze) nombraban ejercicios de geografía emocional como Wuthering Heights, de Kate Bush; desapego, frustración y desengaño ante todo lo que a uno le rodea como Hell is a Round the Corner, de Tricky; píldoras de excentricidad aparentemente inofensivas pero realmente venenosas como I Hear a New World, de Joe Meek, y odas a la nostalgia por un pasado peor como Lazy Sunday, de Small Faces, a partir de cuya letra Chris Difford elaboraba una diatriba tan inglesa que casi dolía leerla: los domingos eran mejores cuando los pubs estaban cerrados y no había nada que hacer.

Tal vez la canción más inglesa de la historia sea Dirty old town, que traducida en bruto sería algo como sucio pueblucho

Más allá de lo que todos tenemos en mente como idiosincrásicamente inglés, el pop de aquella parte de Reino Unido se ha definido, desde siempre, por la clase social. El hecho de que un músico pueda haber ido a un colegio público o privado condiciona cómo va a ser visto por los demás. Ahora, el debate parece haberse mudado a lo generacional. Los jóvenes sienten que los mayores les han robado la idea de futuro que se había armado votando en masa por la salida de la UE, y más de uno se ha acordado del revuelo que provocó hace unos años el escritor Martin Amis. En pleno debate sobre la legalización de la eutanasia, él propuso que se crearan cabinas a las que acudieran los abuelos a recibir una medalla por los méritos prestados y una inyección letal.

En 1994, Blur lanzó el álbum Parklife, epítome de todo lo inglés hasta el punto de que contenía un tema sobre salir o no a pescar cuando el parte meteorológico lo desaconseja. La segunda canción del disco se titulaba Tracey Jacks. El protagonista del tema era un viejo funcionario harto de que su vida fuera un recorrido por todos los tonos de gris y para quien los espaguetis boloñesa eran algo incomprensiblemente cosmopolita. Es probable que esta canción sea la que mejor define cómo han votado muchos ingleses en este referéndum: “Cada día que pasaba se acercaba más / En su corazón sabía que estaba acabado / Me gustaría quedarme y ser normal / pero eso está tan sobrevalorado”.