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Edipo y familia

Alfredo Sanzol apuesta por una tragedia austera: buen reparto, en el que destaca Elena González. También Adentro, de Carolina Román, hermosa función

De izquierda a derecha, Juan Antonio Lumbreras, Natalia Hernández, Eva Trancón, Paco Déniz y Elena González, en Edipo rey.
De izquierda a derecha, Juan Antonio Lumbreras, Natalia Hernández, Eva Trancón, Paco Déniz y Elena González, en Edipo rey.Luis Castilla

1 ¿Qué decir de Edipo rey a estas alturas? Que sigue pasmándome. Trama perfecta, premisa suculenta: el investigador descubre que es el asesino. Tiene la economía y la concentración de una vieja serie B: todo sucede en una hora y poco. Sanzol apenas ha pegado algún corte: un coro, me dijo, algunas frases. El tiempo de una sobremesa, y menuda sobremesa. Puede que eso fuera el detonante de su montaje en La Abadía madrileña. Bueno, eso y, sobre todo, el concepto de “tragedia familiar” pero sin prosopopeya. “Son pláticas de familia”, como diría Tenorio. Singular idea de puesta: una mesa con los restos de la comida. A la vista de todos. En plena plaza del pueblo, por así decirlo. Una mesa más italiana que griega, a lo Mamma Roma. A ratos esa inmovilidad me despista, me parece forzada, poco orgánica, tengo ganas de que se levanten (tranquilo, todo llegará), aunque la entiendo como un baño de austeridad que calma los posibles desafueros gestuales. Quizás para compensar lo de tener que estar sentado, me parece que Juan Antonio Lumbreras corre mucho (verbalmente) en el primer tercio. Cuesta imaginar a este estupendo actor amarrado a una silla, porque tiene más electricidad que el cable de la luz. Cuando hizo Godot con Sanzol escribí: “Ritmo verbal enfebrecido y a la vez aéreo: es el alegre motor del espectáculo”. Sin embargo, el stacatto de Beckett no es lo mismo que el ritmo de Sófocles: en la versión de Sanzol, viva y sonora, hay bastantes más palabras por frase. Y es comprensible que Edipo esté agitado, pero no tanto ni tan pronto. Esa velocidad de enunciación emborrona pasajes, provoca tropiezos y cierto farfulleo. Puede que fueran los comprensibles nervios de los primeros días: es muy posible que Lumbreras ya haya encontrado la respiración de ese pasaje. Paco Déniz es Creonte, y da muy bien la esencial sensatez del personaje, al que veremos desballestarse (el personaje, no el actor) en Antígona, donde la razón de estado pesa lo suyo. Aquí todavía no: me encanta el parlamento en el que convence a Edipo de que no le ha traicionado, porque tiene todo el poder que necesita como segundo de a bordo, y sin el peso de la púrpura.

Formidables, matizadísimos trabajos de los cuatro intérpretes de ‘Adentro’; sutil y firme puesta de Tristán Ulloa

Las actrices de la función están curiosa (y felizmente) pluriempleadas. Empecemos por el coro, a cargo de Natalia Hernández y Eva Trancón. Lanzan su texto al unísono y con encomiable claridad. Al oír las primeras frases pensé por un instante en las ardillitas de Disney, pero enseguida me atraparon en su conjuro, como las brujas domésticas de La aventura de Chabrol: lejana referencia, pero así es la memoria. Y luego clavan un sentimiento difícil de expresar a dúo: su auténtico padecimiento por el marronazo que se va a comer Edipo. Natalia Hernández no solo es coreuta sino también corifeo, que tiene más fuste. Y sacerdote, que no digamos. Y siervo, donde brilla especialmente: me vuelve ahora, a los pies de Edipo, como un animalillo tembloroso por el lío que ha montado. ¿Cómo se pasa de coreuta a siervo, por cierto? Soluciones Sanzol: por debajo de la mesa y alehop, con el perfume de La calma mágica. Y al final es Ismene pero muda, como su hermana Antígona. Eva Trancón dobla como coreuta y Yocasta. La reina madre (nunca mejor dicho) tiene poco papel pero mucha tensión: la actriz ha de expresar, en poco tiempo, lo que media entre “eso no será nada” y “mejor déjalo ya, Edipo”. Si no recuerdo mal, es la primera que se levanta de la mesa, cuando llega el mensajero: cosa lógica. Eva Trancón tiene un fraseo sobrio y retenido, pero dice mucho más con la mirada en toda esa parte, angustiosa como un techo que baja implacable. Lumbreras encuentra su paso, su densidad y su emoción cuando escucha las revelaciones de Yocasta y contesta con este portentoso fragmento: “Luz del sol, no me dejes volver a verte después de hoy, porque he nacido de quienes no debía, he tenido hijos con quien no debía y he matado a quien no debía”. ¿Se puede decir más con menos? Volverá a conmover en la última escena, cuando ya está con un pie en Corinto, cegado y con sus hijas como lazarillos.

He dejado para el final a Elena González porque es quien más me llegó al alma. Lo mismo me pasó en Enrique VII: cómo se hace escuchar este pedazo de actriz, qué gravedad, qué fuerza, qué seguridad en la colocación y en el envío. Qué dolor en su Tiresias, cargada con el peso de esos destinos irremediables, con el aire de una adivina de pueblo (la imaginas bruja y zahorí y partera, como un personaje de Gutiérrez Aragón), y qué pureza narrativa en el rol del mensajero que relata el catártico cierre, sin un gesto sobrante, con una voz honda, inmemorial. Sanzol se preguntaba si Sófocles patentó la ironía trágica con frases del calibre de “Me ocuparé del asesinato de Layo como si fuera el de mi propio padre”. Yo me pregunto ahora si inventó también el fuera de campo (la muerte de Yocasta, el deshojamiento de Edipo), que tanto juego le daría a Racine en Fedra: el monólogo de Teramene, tan similar al del Heraldo.

2. Más familias con problemas: tras En construcción y Luciérnagas, llega Adentro, de Carolina Román, a la sala de la Princesa del María Guerrero (Madrid). Ecos de Sabor a miel, de Shelagh Delaney. O del primer Tennessee Williams. O de Tolcachir, Bartís, Nelson Valente. Una fiesta de cumpleaños en un humilde piso del barrio de La Chacarita, en Buenos Aires. Marga (Araceli Dvoskin, la abuela de los Coleman) es una madre terrible, ultraególatra, posesiva, varada en el pasado. Hay dos hermanos, prisioneros de un presente sin futuro: Luis (Nelson Dante), también llamado La Peligro, brutal, amenazador, pero con un lado de niño perdido, y Dina (Carolina Román), víctima sin victimismo, atrapada por vínculos difíciles de romper. Hay una tía invisible, siempre encamada, “adentro”. Y adentro también un oscuro secreto de familia del que nadie quiere hablar. A la fiesta acude Male (Noelia Soto), compañera de trabajo de Dina, contrapunto humorístico, tiernísimo, desolado, muy a lo Shirley MacLaine. La trama hace temer un vuelco hacia la catástrofe violenta, pero tiene la madurez de esquivarla y apostar por un fatigado ímpetu de seguir adelante. Formidables, matizadísimos trabajos de los cuatro intérpretes; sutil y firme puesta de Tristán Ulloa, atento a todos los detalles. Hermosa función. Me voy a ver la Antígona de Miguel del Arco. El sábado se lo cuento.

Edipo rey. Dirección y adaptación: Alfredo Sanzol. Intérpretes: Juan Antonio Lumbreras, Elena González, Paco Déniz, Natalia Hernández y Eva Trancón. Teatro de La Abadía. Madrid. Hasta el 21 de junio.

Adentro. Texto: Carolina Román. Dirección: Tristán Ulloa. Intérpretes: Carolina Román, Araceli Dvoskin, Nelson Dante y Noelia Soto. Teatro María Guerrero. Madrid. Hasta el 17 de mayo.

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