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REPORTAJE

Umbral no sabe nadar y su piscina está llena de libros

Dos obras del escritor, una inédita (Diario de un noctámbulo) y otra que reúne sus artículos de la Transición (El tiempo reversible), recuperan la poesía y el colmillo del periodista

Francisco Umbral en 1996. Ampliar foto
Francisco Umbral en 1996.

"Pachá es ese sitio nuevo adonde hay que ir”. Cuando escribió esa frase, en 1980, Umbral aún vivía en Juan Ramón Jiménez, el centro de Madrid, y aún escribía en EL PAÍS. Acudía a estrenos, cenas y fiestas, siempre mucho menos de lo que daba a entender cuando escribía, porque Umbral dejaba escritos los estrenos, las cenas y las fiestas antes de ir a ellas. De alguna manera se las inventaba, y luego todos esos acontecimientos sociales terminaban por parecerse a los que había escrito Umbral: ya se habían publicado en EL PAÍS, ya todos los que salían habían aceptado resignados lo que se les había puesto en la boca (y en privado reconocían haberlo dicho, para asombro del propio Umbral). Los sitios a los que había que ir, como Pachá, eran los que salían en el folio de Umbral, y en ellos estaban los personajes sociales de la época; los que habían salido fundados de casa y los que Umbral tenía que fundar. Un día, Sabina, recién salido de La Mandrágora, mandó un poema manuscrito, precioso, que ahora María España no encuentra, para agradecer que por fin había escrito su nombre en negrita. Empezaba a existir incluso para su público más antiguo, aquel “tipo de intelectual medio del Gijón y medio de la Transición”. Otros, como Jimmy Giménez-Arnau, se presentaban en su casa para darle una paliza y acababan bebiendo un vaso de agua.

—Y siento, España, el número que has tenido que presenciar.

—Ya estoy acostumbrada, Jimmy. Paco sale a paliza por artículo.

—No creas, Jimmy —la voz de Umbral, atándose el fular—, hace una semana me atizaron los guerrilleros de Cristo Rey en California 47, llevo unos días malos. A ti te he dejado pasar porque eras tú.

En la dacha de Umbral en Majadahonda empiezan a florecer los ciruelos, los abetos y un pino. La piscina está tapada por una lona. María España y Umbral nunca supieron nadar, y además Umbral odiaba meterse en agua fría; la piscina, cuando se abría en temporada, se llenaba de libros malos que Umbral tiraba desde el porche. España, en un salón luminoso ocupado por pinturas, enseña un volumen en japonés, Las ninfas. Hay otros dos libros, Diario de un noctámbulo (Planeta) y El tiempo reversible (Círculo de Tiza).

. El primero es un libro inédito, una reunión de las colaboraciones de radio que Umbral empezó a hacer a finales de los cincuenta, una escritura poética que se aprovechaba de su voz y de su pobreza (otras las leían Luis del Olmo o María Jesús Álvarez Moro). El segundo son los artículos que publicó en EL PAÍS y El Mundo hasta mediados de los noventa, cuando aparecieron los Kronen: “Los chi­cos de las Historias del Kronen, es decir, la generación si­guiente, no dan nada, no toman nada, no tienen nada, no quieren nada, son una generación que se aburre mucho, unos chicos que no juegan, viviendo entre videojuegos, que no se enganchan a nada, estando enganchados a todo, que no van de nada, yendo a todas partes, que no se cuel­gan con la cultura ni con la orgía (todo lo más se cuelgan de un puente, como gilipollas)”.

Escribía por las mañanas con una Olivetti roja que le había regalado una admiradora y alguna otra que le dio a Martín Prieto. Leía, hojeaba un poco los periódicos y alrededor de las doce empezaba a escribir. Lo primero siempre el ar­tículo del día. Luego dos o tres folios del libro en el que estuviese metido, y por la tarde leía: casi nunca novelas, sino ensayos y poesía. “Su frase muchas veces está medida, tiene la métrica de un verso”, dice España. En la dacha, adonde se retiró con los primeros problemas de salud, bebía un vaso de leche y mucha agua. En la época de Madrid, en medio del jaleo, se ayudaba del whisky. Dice su viuda que para animarse, para continuar el trabajo, porque él nunca bebía café.

—Yo he visto a gente que tacha, borra, añade y quita —dice España—. Él pensaba el tema y lo escribía con toda facilidad. En los últimos tiempos me lo dictaba y no se corregía. Me lo dictaba de corrido y ya estaba.

En León, la época a la que pertenecen los textos de Diario de un noctámbulo, conoció el frío de la censura; en Madrid, de donde sale El tiempo reversible, el frío del éxito. Antonio Lucas, autor del prólogo, cuenta que Umbral ha seguido haciendo literatura después de muerto, como si estuviese jugando la prórroga. Alejandro Urrutia, la identidad del padre de Umbral que el escritor guardó con celo, era para Anna Caballé, su biógrafa, “una imagen interiorizada hecha de dandismo, literatura e ideas socialistas que le ayudó a vivir”.

Cuando escribió que Pachá era ese sitio nuevo al que había que ir, Umbral ya era ese escritor al que había que leer. Para entonces, antes de que las cosas existiesen tenía que escribirlas él, y a veces, como en el caso de los sitios, tenían que construirse a toda prisa si salían en su página y llenarlos de gente como si fuesen un belén.

A Carrillo le definió entero en un diálogo de mediados de los cincuenta en París.

—Al año que viene voy a estar en Madrid.

—¿Algún viaje familiar de incógnito?

—No, que derribamos a Franco y entramos.

Lamentó la enfermedad y muerte de Lola Flores cerrando así un artículo: “Qué tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora…’.Tiene cáncer”. De David Summers dijo que tocaba la guitarra como si masturbase a una chica.

María España sale al porche, cruza el jardín y agarra el correo postal. La piscina está tapada por una lona. En el sótano descansan pilas de libros de Umbral que a veces acumulan polvo y se les saca con el paño como a la mano de la Virgen de la Macarena, para que otros la besen.

Diario de un noctámbulo. Francisco Umbral. Planeta. Barcelona, 2015. 304 páginas. 21 euros.

El tiempo reversible. Francisco Umbral. Círculo de Tiza. Madrid, 2015. 342 páginas. 22 euros.

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