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COLUMNA

De chiqué

En la televisión abundan los programas de chiqué. Programas que proponen una lucha, un proceso, un debate o un enfrentamiento

En el estupendo libro de Julià Guillamon Jamás me verá nadie en un ring se cuenta la historia de un boxeador sonado, Pedro Roca, que, tras una catastrófica carrera en los cuadriláteros, se convirtió en escritor de saldo. La peripecia de este tipo del barrio de Gràcia habría hecho las delicias de Buñuel, aficionado también al boxeo, que hubiera disfrutado a lo grande con la escritura entre automática y presintáctica del personaje. En la narración se recupera una expresión del argot pugilístico: chiqué. Un combate de chiqué era algo así como un combate amañado, arreglado, una pantomima entre los contendientes que evitaban el riesgo y el peligro. A veces colaba, claro.

En la televisión abundan los programas de chiqué. Programas que proponen una lucha, un proceso, un debate o un enfrentamiento, pero que transparentan más bien un arreglo bien medido donde todos los implicados se reparten la bolsa. Hemos sabido que en ocasiones los contendientes son actores de figuración, aficionados reclutados por agencias que se hacen pasar por concursantes o ejemplares de una fauna necesaria para los contenidos de un programa. Pero no hace falta llegar a esos extremos. Se puede fabricar esa falsa percepción partiendo de la realidad. Así, formatos como Hombres, mujeres y viceversa o Adán y Eva o los juicios televisados, ciertos debates sentimentales y hasta algunas de las propuestas de programa de reforma personal emanan ese aroma a chiqué.

La selección de personal es su gran acierto. En ocasiones reclutados en las barras de los bares nocturnos, en la jungla discotequera, por un puñado de euros se muestran dispuestos a darlo todo, física y mentalmente. La puesta en escena pretende ser naturalista, como si fuera cotidiano andar en pelotas en playas de supervivencia, enjuagar a gritos sus relaciones sentimentales, mostrar comportamientos clínicos ante un equipo de cámaras. La tele necesita esa realidad inventada, emparedada y servida al gusto de una nueva clientela, que puede que ya no vaya a los combates de lucha amañada, pero que sigue pidiendo desde el salón de su casa que le engañen, le hagan reír y hasta le hagan dudar de si tal patraña está sucediendo de veras. La mascarada es una necesidad fisiológica para seguir afrontando la otra realidad, no la televisada, sino la cruda.