Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Shakespeare y la sucesión real

Las pugnas e intrigas por la corona centran una cuarta parte de las obras del genial dramaturgo

Cuando Hamlet, el príncipe de Dinamarca, habla con los cómicos que van a representar delante del nuevo rey, su tío, el ignominioso asesinato de su padre que le ha permitido a éste llegar al trono, les comenta que el fin del arte dramático es presentarle un “espejo a la humanidad”: “Mostrar a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico”. Borges decía que Shakespeare “trabajaba para el presente, no para el tiempo”, que no pretendía pasar a los anales de la literatura sino simplemente cumplir con su público, entretenerlo y emocionarlo. “Lo movía el estímulo de las tablas”, escribe. “Inventó caracteres para que la gente aceptara argumentos que lo tenían sin cuidado”.

William Shakespeare ampliar foto
William Shakespeare

Buena parte de esos argumentos tenían que ver con aquellos que habían convertido su afán de alcanzar el trono en un desafío que no aceptaba componendas. Si era necesario matar, se mataba; si no había más remedio que traicionar a los más próximos, se los traicionaba. No hay mucha variedad, por eso, en los argumentos, pero sí se imponen en su teatro los mayúsculos personajes que se miden con grandes poderes y con las inmensas turbulencias que agitan sus espíritus. Así Macbeth, cuando su mujer empieza ya a desvariar tras la orgía de sangre que lo ha conducido al trono y que ella ha propiciado, le ordena a un médico que la cure, que borre de una vez esas “turbias escrituras del cerebro” que la están consumiendo como si fueran el peor de los venenos. Ahí reside la maestría de Shakespeare, en saber atrapar esas turbias escrituras, en darles vida en el corazón de sus personajes. Unos personajes que, una y otra vez, se ven sacudidos por graves contradicciones, como aquella tan célebre entre ser y no ser, entre actuar y no actuar, que atenazaba a Hamlet y que lo hacía preguntarse: “¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo después de la muerte —esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno—, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos?”.

Borges decía que Shakespeare “trabajaba para el presente,

no para el tiempo”

De esos confines que no traspasa viajero alguno, de los abismos a los que sus héroes son empujados por la vida, de todo eso hay en las obras del bardo de Stratford-upon-Avon. Le tocó vivir durante el reinado de Isabel I, siempre amenazada por su prima, María Estuardo, la reina católica de Escocia. Es curioso, comenta Bill Bryson en su libro sobre Shakespeare citando el trabajo de Frank Kermode, que una cuarta de sus obras trataran “de la sucesión de un trono u otro… a pesar de que estaba prohibido hablar públicamente de los posibles sucesores de Isabel”.

En El nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzsche reivindica la jovialidad de los griegos a partir de las piezas de Esquilo y, sobre todo, de Sófocles. Es posible que sus reflexiones, que reivindican la fortaleza de los antiguos para mirar de frente lo peor y, aun así, de decirle sí a la vida, sirvan también para las tragedias de Shakespeare. Todas ellas —Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth…— son, como comentaba Nietzsche, “productos necesarios de una mirada que penetra en lo íntimo y horroroso de la naturaleza, son, por así decirlo, manchas luminosas para curar la vista lastimada por la noche horripilante”.

Ahí tenemos, por ejemplo, a Otelo, el moro de Venecia, y ahí está Yago, uno de sus hombres. Lleno de rabia por no haber sido nombrado su lugarteniente, procura agitar con los celos las “turbias escrituras del cerebro” de su señor hasta que al cabo lo consigue. Y entonces Otelo, furioso y fuera de sí con su amada Desdémona, —a la que finalmente estrangulará— clama desolado “mira, Yago. Mira mi pasión y mi amor, ¡míralos! Un soplo y ya se desvanecen en el aire. ¡Arriba, levántate negra venganza!”, y pide entonces que estalle su pecho para expulsar las víboras que soporta.

Los argumentos tenían que ver con aquellos que habían convertido su afán de alcanzar el trono en un desafío que no aceptaba componendas

Tanto arrebato posiblemente no cuadre ya con los tiempos que vivimos, más moderados, más tibios. ¿Sigue siendo entonces el teatro, como pedía Hamlet, un espejo de la humanidad? ¿No existe ya esa “noche horripilante” a la que Nietzsche se refería? En una sociedad de masas y de consumo, los desgarros están de más. Pero la habilidad de Shakespeare sigue intacta y sus obras siguen tocando la fibra de los lectores o espectadores. Quizá porque, como le ocurre a Ricardo III cuando está a punto de ser asesinado y no sabe ya si prefiere ser rey o mendigo, todos teman confundirse al fin con la nada: “Mas, sea uno u otro, / ni a mí ni a nadie que sólo sea un hombre / ya nada podrá complacernos si no es la paz de no ser nada”.

Serlo todo o no ser nada. Shakespeare traslada las grandes contradicciones a los corazones de sus príncipes y reyes. Lear, demolido por los palos con los que lo ha azotado la vida, balbucea aún una esperanza cuando va camino de la cárcel con su hija Cordelia y le dice: "…y viviremos, y cantaremos, y rezaremos, y contaremos viejos cuentos, y nos reiremos de las mariposas de colores, y oiremos a los infelices referir las nuevas de la corte; y hablaremos con ellos, quién pierde, quién gana, quién asciende o quién cae; y poseeremos el misterio de las cosas; como si fuésemos espías de los dioses; y sobreviviremos entre los muros de nuestra prisión a las sectas y los poderosos que a merced de la luna surgen y sucumben". Quién gana, quién pierde. Qué anhelo más lejano: poseer el misterio de las cosas, ser los espías de los dioses.

Más información