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“No he visto mayor fortaleza que la de los bailarines con discapacidad intelectual”

La escuela Isabel Olavide ofrece clases de danza flamenca para personas con síndrome de Down

La profesora de danza flamenca Isabel Olavide.
La profesora de danza flamenca Isabel Olavide.

Hace 26 años, la bailarina Isabel Olavide recibió en su escuela de flamenco a una alumna con Síndrome de Down. Esta alumna, Sara, se lo contó a sus amigas y por el boca a boca los aprendices fueron aumentando hasta este curso. Ya son 40 con discapacidad intelectual, entre 18 y 50 años. La madrileña ha fundado la asociación A nuestro ritmo para aumentar el alcance social de su grupo. “Una gran familia”, que además de escuela es compañía de danza y participa en diferentes festivales. El próximo 26 de octubre estarán en el festival Un lugar donde compartir.

¿La danza con personas con discapacidad intelectual es más emocional?

Sí. Yo no hago unas clases especiales, las doy igual. Pero ellos en sus vidas lo tienen todo a flor de piel. Son personas cuya naturalidad es un punto importante. Para bien o para mal, todo lo que les preocupa o les alegra lo lanzan en el momento. Entonces hay un canal abierto en ellos muy grande. Todo son emociones. Es fácil trabajar con una música que también se mete en lo profundo porque ellos se sienten muy cómodos ahí para poder expresarse.

¿Suelen repetir de un año al otro?

Sí, muchos llevan muchos años conmigo. Vienen porque les gusta el estilo de baile flamenco y se quedan porque sienten que aprenden algo con lo que disfrutan. Los que entran dentro de la compañía hacen actuaciones y encuentran el gran aplauso del público. Les gusta mostrar lo que saben hacer: les da vidilla y confianza en sí mismos. La danza es una herramienta, una terapia que abre mundos y a ellos eso les da seguridad en sus vidas.

¿Qué les aporta a ellos el flamenco?

Yo, después de los años de experiencia, tengo una lista muy clara con lo que he observado: coordinación en el cuerpo, capacidad espacial, equilibrio, aumenta la capacidad sensorial a través de los oídos, abre la mente y refuerza la memoria al aprender coreografías.

¿Y a nivel personal?

Algo muy importante es la sociabilidad: crea un ambiente de expresión y comunicación entre todos. Entre ellos se llevan muy bien. Es muy bonito ver que se hacen amigos a través de la danza. Pero también veo que sienten la libertad y el poderío característicos del flamenco.

¿Qué le aportan las clases con bailarines con discapacidad intelectual?

Sobre todo una gran satisfacción. Siempre me saltan me saltan sonrisas porque hay mucho amor por lo que estamos haciendo y entre nosotros. Me río mucho con las cosas que me dicen y siento que no hay límites.

¿Por qué no hay límites?

A veces en clase me paro a observar qué puede pasar y me doy cuenta de que tienen mucha creatividad y espontaneidad. Como coreógrafa yo puedo crear mucho con eso. Bailamos siempre desde la capacidad, nunca desde la incapacidad que puedan tener los alumnos. Ellos, además, son capaces. A partir de ahí nada es imposible.

¿Cuál es la mayor dificultad que encuentra?

Todo lo vamos trabajando muy desde la base. Partimos desde la postura corporal hasta la coreografía. Y ese proceso es más tranquilo, sin sobresaltos. No hay ninguna parte más difícil. Ellos son muy constantes y responsables.

Simplemente va un poco más lento.

Sí, hay que tener más paciencia, hay más repeticiones, pero todo se puede hacer. Unos tienen más ritmo, otros menos. Quizás uno tiene problemas de oído, otro tiene de corazón… Yo estoy atenta de sus necesidades y sabiendo los problemas que ellos tienen, trato de unificar el grupo y avanzar todos juntos. Pero yo no he visto fortaleza mayor que la suya.

¿Fortaleza para bailar?

Sí. Ya les puede doler un pie por un tacón y no se lo quitan. Siguen. Les pregunto si les duele y me contestan: “No, no, no”. Y luego les veo que no están bien porque sí les duele. Son fortísimos. Se empeñan hasta el final. Ayer con Sara, una alumna, había un paso [hace un gesto con la mano] que no le salía. Bueno pues hasta que no le salió, no paró. “Lo repito otra vez, lo repito otra vez”, decía.

¿Qué papel tienen las padres de los alumnos?

Los bailarines son totalmente independientes, yo no dejo que los padres entren a cambiar a sus hijos. Ni en la escuela ni en las actuaciones. Porque es una actividad que quiere darles su propia autonomía. Pero los padres están muy involucrados en el proyecto y las familias son un punto de apoyo tanto para mí como para los bailarines.

El arte se contagia

La asociación A nuestro ritmo tiene como objetivo ampliar las disciplinas artísticas que la escuela de danza Isabel Olavide ofrece a sus alumnos. A través de otros talleres como pintura o cante, persigue la inclusión artística de personas con discapacidad intelectual. “El arte se contagia, toda disciplina enriquece”, explica la profesora.

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