Análisis
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Ganó la (buena) política

En Barcelona el pragmatismo se ha impuesto al sentimentalismo que viene dominando desde hace años la agenda catalana.

Foto oficial con Forn, Collboni, Colau, Maragall y Valls.
Foto oficial con Forn, Collboni, Colau, Maragall y Valls. Albert Garcia / EL PAÍS

Ada Colau tardó casi 24 horas en darse cuenta, tras el bache de la noche electoral, de que en política municipal lo importante es conseguir la alcaldía y salir corriendo. No es tan importante quedar primero como negociar mejor. Y una vez mando en plaza el desalojo de un alcalde es muy complicado. También se dio cuenta de que en los momentos cruciales la política tiene que prevalecer ante el activismo, al menos cuando aspiras a liderar una institución. Hacer política es pactar con quien piensa diferente y Colau ha sabido hacerlo. Ha madurado como líder y también lo han hecho sus bases, como se ha visto en la consulta interna que ha permitido el pacto con el PSC incluso sabiendo que para cerrar la operación eran necesarios los votos de su denostado Manuel Valls.

El pragmatismo —hacer valer los puntos de acuerdo por encima de los desacuerdos— se ha impuesto al sentimentalismo que viene dominando desde hace años la agenda catalana. Y ello es justo lo que no han sabido hacer los independentistas que, a base de creerse sus proclamas, no supieron ver que, si en Cataluña siguen sin ser mayoría quienes buscan la ruptura con España, todavía lo son menos en Barcelona. Simple y llanamente, con menos del 36% de los votos no se puede imponer en un ayuntamiento una agenda que el resto rechaza abiertamente. A base de negar este hecho Esquerra Republicana no ha hecho más que equivocarse tras su ligera victoria en la noche electoral. Primero dando por hecho que tenía el derecho “legítimo” a arrogarse la alcaldía con solo 10 concejales de un total de 41. Después, insistiendo en una agenda secesionista que, lejos de seducir a quienes necesitaba para pactar, alejaba a potenciales socios. Y por último, desdeñando a Colau y haciéndola aparecer como una subordinada a los intereses del Ibex 35. El error final del independentismo ha sido intentar vincular los pactos que buscaban Colau, el PSC y Manuel Valls a una “operación de Estado” y de un supuesto establishment al que, por supuesto, Ernest Maragall, no debe pertenecer pese a su apellido y a las décadas que lleva ocupando puestos de poder.

Colau ya es alcaldesa pero no lo tendrá fácil a partir de ahora. Sus concejales, sumados a los del PSC, corren el riesgo de no ser suficientes para aprobar las grandes reformas que necesita la ciudad. Las encuestas revelan un clamor para atajar la criminalidad, que cerró el año pasado con un incremento del 17%. La vivienda asequible necesita una ingente inyección de dinero público, como también requiere de políticas públicas arriesgadas el veto al coche privado y evitar que Barcelona se convierta definitivamente en un parque temático para turistas. La recién investida alcaldesa prometió más diálogo para hacerlo. Tendrá que abandonar muchos de los prejuicios con los que ha gobernado hasta ahroa. Necesitará más apoyos y no podrá contar siempre con los de Manuel Valls. Si ERC se lame pronto las heridas puede tener un papel relevante en la gobernabilidad de Barcelona. Colau puede necesitarles tanto como los independentistas necesitan a los de la alcaldesa en el Parlamento catalán. Ayer ganó la política. ¿Habrá segunda vuelta?

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