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EXTRA EDUCACIÓN

Qué hacer con los niños en vacaciones

El ocio y el inglés ganan espacio en las escuelas y campamentos valencianos de verano. Los expertos señalan que la motivación del alumno resulta más importante que el coste del curso

Los cursos de verano deben combinar ocio y aprendizaje.
Los cursos de verano deben combinar ocio y aprendizaje. EL PAÍS

Cuando llega el verano, los sentimientos de hijos y padres afloran contrapuestos con frecuencia. Frente a la alegría de unos por dejar las aulas después de todo un curso, la preocupación de los otros por no saber qué hacer durante los próximos dos meses y medio de vacaciones se torna en un suplicio.

Como alternativa para quienes no disponen de la casa de campo de los abuelos y de otras ayudas, se despliega la oferta de cursos, campamentos, escuelas y estancias en el extranjero para todos aquellos que se lo puedan permitir. Actividades que prometen la diversión de los pequeños y jóvenes, y casi todas en inglés y de pago. La mayoría de iniciativa privada. La oferta pública de este tipo de campamentos es aún minoritaria. La elección no resulta fácil, sobre todo por las muchas variables a ponderar: proximidad, inversión y efectividad.

El dilema de decidir qué hacer con los hijos durante las vacaciones estivales surge a la hora de abrir la cartera y desembolsar el dinero que requiere la oferta de actividades educativas para el verano. “Caro no es sinónimo de efectivo. Los padres tendrían que atender a otros criterios como el tipo de alumnado del centro, la oferta de actividades, el trabajo con los alumnos y la experiencia de otros padres”, advierte M. Carmen Bellver, profesora del Departamento de Teoría de la Educación de la Universitat de València.

Así lo comparte José Ignacio Cruz, profesor titular del Departamento de Educación Comparada e Historia de la Educación de la UV. “Garantizar la efectividad de los cursos es muy complicado. Lo esencial es atender a los intereses de los hijos, contrastar con el boca a boca la organización y conocer otras experiencias en las que se hayan cumplido las expectativas”, recomienda este experto.

Modelo de negocio

En la actualidad, la oferta de escuelas y cursos de verano crece para prolongar los horarios escolares no formales como respuesta a la demanda de las familias y como modelo de negocio. “La presión laboral es cada vez mayor. Los horarios escolares no son cortos, el problema es tener un horario fijo laboral. Pero, además, en una sociedad con trabajo menguante, se generan espacios de autoempleo, y esta oferta también la motiva la potenciación del emprendedurismo, el buscarse la vida creando nuevas necesidades”, señala Cruz, experto en políticas de la educación y de juventud.

Alunmos durante una clase en el colegio inglés Caxton College de Puçol.
Alunmos durante una clase en el colegio inglés Caxton College de Puçol. EL PAÍS

Para Enrique Lacaba, director del colegio público La Florida de Alicante, que organiza desde hace una década una escuela de verano gestionada por una empresa del barrio cuya oferta de juegos y deportes se destina a escolares de entre 3 y 12 años, lo ideal es el ocio no dirigido. “Si las familias pudieran facilitar un ocio en el que hubiera más niños y en el campo o la playa a cargo de un familiar, sería la situación ideal. Pero para quienes no pueden, la opción de las escuelas de verano es positiva como propuesta educativa lúdica y para que los niños estén en compañía de otros, pero no para estudiar ni reforzar. Tiene que ser una desconexión de la escuela”, señala Lacaba.

La proximidad constituye el factor principal a la hora de escoger las escuelas de verano que ofertan los centros públicos como el de La Florida. “Está en la línea de uno de los objetivos de la escuela pública, favorecer la identidad de barrio. El factor precio o pensar que da más garantías el hecho de pagar más es una idea equivocada cuando hablamos de un niño que no tiene problemas con los estudios. Para los niños, lo importante es aprender a socializarse mejor y aprender juegos que en su día a día no están a su alcance. El verano no puede ser un espacio para la competencia curricular”, destaca este maestro.

Lúdico y participativo

Salir de su zona de confort, conocer a compañeros nuevos y disfrutar de un tiempo lúdico se enumeran entre los beneficios de matricularse en un curso o escuela de verano. “No tener nada que hacer es contranatural”, apunta Amparo Gil, directora del colegio británico Caxton College de Puçol. Pero la idea de acudir a un centro en verano produce caras largas en los niños, reconoce Gil. “El niño no puede tener una vida híperdirigida todo el año. Elegir un curso de verano que tenga en cuenta el ocio junto con el aprendizaje es una buena opción para ponerle una obligación en verano. Esa combinación hace que a los niños se les pase el tiempo más rápido. Lo importante es hacerlo muy lúdico y participativo, y que el niño sea sin duda el protagonista”, sostiene la directora del centro.

En su campus de verano, el Caxton acoge una media de 800 alumnos, la mitad del curso escolar, que proceden en su mayoría de otros colegios de Valencia, además de grupos extranjeros. La metodología se basa en el enfoque comunicativo del inglés, con una dinámica participativa, el contacto con la naturaleza, el juego y el aprendizaje con nativos.

Este centro privado de Puçol nació como un curso de verano de inglés en una masía en medio de la pinada. Treinta años después, al curso clásico se le ha añadido el gancho de actividades prácticas en las que ejercitar el inglés tanto como el deporte, el arte y la ciencia. “El inglés es un punto débil de la enseñanza general en España, y el verano complementa lo que flaquea en invierno. Nuestro campus tiene el objetivo de ofrecer un inglés más comunicativo que no se consigue en el curso académico, más basado en la gramática”, explica Gil.

Los idiomas, y en especial el inglés, encabezan con una ventaja considerable la clasificación de la oferta veraniega para los más jóvenes y los deseos de los padres. “El inglés es flexible, permite hacer otras actividades, y la oferta crece por este camino. Es raro que ningún campamento no sea en inglés. Los padres lo valoran con una oportunidad de futuro, pero lo demandan de forma que aprendan sin estar sentados ni con libros de texto. Tiene que ser inglés con algo más. Los alumnos aprenden mejor en contextos dinámicos, porque pueden poner en práctica el contenido”, señala Ruth Horsfall, responsable de la oferta de inglés para niños y jóvenes del British Council, que realiza en verano un campamento urbano en las instalaciones del colegio Maristas de Valencia.

Felices para aprender

Seguir el progreso del alumno y crear un entorno de inmersión constituyen las claves a la de mejorar las competencias lingüísticas. “Si están felices y seguros, los jóvenes se abren a entornos distintos, y la imaginación y el pensamiento crítico permiten avanzar. Es muy importante en la adolescencia que vean la utilidad en lo que hacen. Las expectativas deben adaptarse a cada caso. Tampoco se puede esperar grandes cambios en un solo verano. La motivación, el entorno y la inmersión son factores que influyen”, describe Horsfall.

Sin embargo, una crítica habitual de madres y padres al acabar el verano se expresa en la insatisfacción de ver que los niños no consigan el nivel esperado. “Hay que tener objetivos realistas. Un idioma es un trabajo de todo el año. Nuestro curso comprende 60 horas en un mes completo. Aprender o no aprender depende de la motivación del niño. Las situaciones forzadas no suelen funcionar. Cuando están motivados, el verano es como un chute para el curso siguiente”, sostiene la directora del Caxton.

Entre las vías para mejorar el inglés, la masificación de las estancias en países como el Reino Unido o Irlanda empujan a que algunos progenitores apuesten por destinos cada vez más alejados, observa el profesor Cruz. “No es lo mismo ir a una familia en la que el adolescente sea el único español que asistir a un centro en el que el 10% del alumnado sea español y se den tres horas de inglés. Aunque depende de las posibilidades económicas, lo fundamental es la motivación. Muchas veces no hace falta irse tan lejos ni gastar tanto dinero; hay oferta de buena calidad sin salir de la ciudad”, señala este experto.

Asociar el verano al refuerzo escolar forma parte del pasado. En lugar del repaso, madres y padres solicitan cursos que atiendan a desarrollar habilidades sociales para aumentar la autonomía de los jóvenes.

“Antes la gente buscaba la escuela de refuerzo a los contenidos curriculares, pero nosotros apostamos por la implicación de los niños en actividades estimulantes que les hagan más activos. Hay que dar relevancia al juego para el desarrollo de capacidades, y no solo el estudio clásicamente concebido, para que estén dispuestos a aprender”, explica Amparo Cervellera, responsable de las actividades no formales de la cooperativa de enseñanza Escuela 2 de La Canyada.

La filosofía de la escuela de verano, dividida en Estiu creatiu para Infantil y Primaria y en Creative School para alumnos a partir de los 12 años, que ofrece este colegio desde hace casi veinte años se centra en generar habilidades enfocadas a la inteligencia emocional frente a la absorción de las tecnologías. “Defendemos la expansión. No somos embudos de conocimientos. Los padres se equivocan cuando esperan mejoras en una acción concreta. Incluso en el curso de inglés, muchos padres nos buscan más para que sus hijos aprendan a relacionarse socialmente que por el inglés”, confiesa Cervellera.

La demanda de fortalecer habilidades sociales corresponde a una tendencia actual que, aunque siempre ha existido, ahora se prioriza más, señala el profesor Cruz. “Los espacios de socialización infantil espontáneos, no reglados, se han reducido y hay que organizar actividades regladas para esa carencia. Los niños ya no van a la calle, sino a un taller de... Antes se cumplía de forma menos costosa y formalizada, pero ahora es mucho más complicado”, subraya este experto.

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