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Reencuentro después de decenios

Mañanita tempranera de sol tibio esperando la llegada de los miembros del Grupo Jubilata

Dos jubilados toman el sol en la zona de Madrid Río.
Dos jubilados toman el sol en la zona de Madrid Río.

Mañanita tempranera de sol tibio, todavía solo en el banco del parque de casi siempre, esperando no sé qué, quizás la llegada de algunos miembros del Grupo Jubilata para el inicio de las charlas y pausas sin fin.

Por cierto, días atrás sugerí la incorporación de alguna “miembra” y por unanimidad se ha votado que nanay, que faltaría más, que qué cosas se me ocurren. De pronto, cuando casi dormitaba, dos señoras se me ponen delante, ellas de pie, yo sentado; una echándose las manos a la frente y la otra con cara de sorpresa infinita comienzan a largar haciendo muecas de todo tipo.

“No me lo puedo de creer —el dequeísmo y sus variantes extienden sus zarpas hasta límites insospechados— ¡Ay Juanjo, pero por favor... Qué barbaridad, cuántos años”. Y la otra: “¡Vamos, vamos, vamos! ¡Quién nos lo iba a decir! ¡Pero si estás igual! Más calvo, eso sí...” Y las dos casi al mismo tiempo: “¿Pero qué haces? ¿Sigues trabajando? ¿Vives por aquí? ¿Cuántos nietos tienes? ¿Sigues cantando con la guitarra y contando anécdotas? ¡Cómo eres! ¡Ay qué alegría!”. Dos ametralladoras.
Todo eso sin llegar a apreciar, afortunadamente, mi ignorancia acerca de su identidad.

No hace falta ser muy listo para deducir que estas chicas de oro me conocían desde hace tiempo, pero esa memoria eidética, la de imágenes, incluso la remota, la tengo absolutamente perdida. La inmediata de media hora antes para qué contar.

Lo violento que resulta cuando te reconoce alguien y no tienes ni puñetera idea de quién es, ni de dónde lo conoces, ni nada de nada. Produce un sentimiento de culpa vejatoria. Y a ver cómo sales.
Pues nada, inmediatamente, con el mismo tono de voz, contesto a las señoras: “¡Qué sorpresa! ¡Pero bueno! ¿Quién me iba a decir a mí que hoy se produciría este reencuentro? ¡Qué alegría! ¿Y qué hacéis por aquí?”. Como veis, tampoco soy un modelo de originalidad y así sigo con más frases hechas, intentando hacer memoria y tratando de que no se me notara el desagradecido olvido hasta que por fin una ellas va y me dice, impostando la voz y a modo de susurro nostálgico: “Todavía me acuerdo de tu despedida del Tribunal. Qué bonito. Estuviste sembrado. Hay que ver, qué momentos tan entrañables pasamos después de tanto tiempo trabajando juntos”. Aleluya, me vino la cosa de los recuerdos por la referencia. Fue cuando les dije, venga ese abrazo y un beso enorme.

Nos fundimos los tres en una larga y cálida entrega hasta notar como resbalaban lagrimitas por las mejillas. Dos horas después todavía seguíamos emocionados sin parar de contarnos miles de vivencias compartidas durante mi destino como funcionario de Hacienda en ese tribunal de tan gratísimo recuerdo. Inmodestamente, la placa homenaje reza: “Al Ponente de Lujo, el Lujo del Tribunal”. Más lágrimas. Vosotros fuisteis los auténticos artífices de tal honor. Yo solo puse mi esfuerzo y mi sonrisa.

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