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Los cuentos que contó Disney

La factoría de animación inspiró buena parte de sus producciones en la tradición oral y los cuentos populares

Dibujo del cuento 'Blancanieves y los siete enanitos', adaptado por Disney en 1937.

Los relatos orales, los cuentos populares, siempre han estado ahí, cabalgando las generaciones humanas y transmitiendo conocimientos, historias y lecciones morales sobre el mundo. Se contaban alrededor de hogueras, los contaban las abuelas a las niñas, los compartían los amigos; eso hasta la llegada del siglo XX, cuando el mayor transmisor de estos relatos fue un hombre singular y su compañía de animación: Walt Disney (1901-1966).

Es difícil saber a cuántos les resultarían familiares personajes como la Cenicienta, Blancanieves o Robin Hood si no fuera por Disney. El arte de contar historias, organizada por la Walt Disney Animation Research Library (ARL) y la Obra Social La Caixa, hace hincapié en este punto y, después de visitar varias ciudades españolas, llega al CaixaForum.

“Walt Disney sabía que la animación podía ser una buena herramienta para contar historias”, dice Mary Walsh, una de las comisarias, “y encontró la primera inspiración en esos relatos clásicos”. Algunos de los ejemplos más antiguos son Los tres cerditos y El flautista de Hamelín (ambos de 1933) u otros basados en mitos como El rey Midas (1935) o La diosa de la primavera (de 1934 y basado en el mito del rapto de Perséfone).

La exposición, que recoge 215 piezas entre dibujos, pinturas, impresiones digitales, guiones y storyboards, se divide en cinco secciones: los mitos (en una sala que imita a los primeros estudios de Disney, llenos de mesas inclinadas para los dibujantes), las fábulas, las leyendas, los cuentos estadounidenses (relatos humorísticos o exagerados que reflejan el espíritu fundacional del país) y los cuentos de hadas. Por ahí pasean La bella durmiente (1959, muy antigua pero recogida por Perrault), Merlín el Encantador (1963, basado en el ciclo artúrico) o el popular El sastrecillo valiente (1938), basado de la adaptación de los hermanos Grimm. Y se hace evidente que el trabajo para levantar una de estas producciones es un trabajo colectivo realizado al alimón por cientos de artistas anónimos.

Es curiosa la carta expuesta de la que fue primera dama estadounidense Eleanor Rooselvet, de 1934 y con membrete de la mismísima Casa Blanca, donde confiesa el amor del matrimonio presidencial por el cine de animación y sugiere unas ideas que no fueron adoptadas del todo. También el breve vídeo de 1938 en el que se explica cómo hacer dibujos animados. “En realidad”, explica Walsh, “la técnica para hacer animación es casi la misma, lo único que ha cambiado son las herramientas que utilizamos para hacerlo: antes había pinceles y lápices, ahora también hay ordenadores”. En su institución, la ARL, conservan 65 millones de piezas artísticas físicas y 40 millones de piezas digitales, que sirven como legado de la empresa desde los años veinte, como modo de divulgación y como fuente de inspiración para los artistas actuales.

Uno de los dibujos de la exposición. ampliar foto
Uno de los dibujos de la exposición.

En Robin Hood (1973), basado en la narración épica La gesta de Robin Hood, del siglo XV, vemos un ejemplo de antropomorfización de personajes: el protagonista es un zorro, Little John es un oso. Disney ha sido objeto de críticas por adjudicar conductas humanas a los animales (el león noble, el lobo malvado) y por hacer que los niños conozcan más los biomas lejanos (selvas y desiertos) que la fauna local, según se publicó en la revista Biological conservation. Algunos lo han llamado efecto Disney.

Es sabido, y muchas veces también se ha criticado que Disney elimine o haya eliminado las partes más conflictivas o macabras de los cuentos populares (muchas veces crueles) e impuesto con frecuencia el happy ending, cosa que se señala sin demasiada pasión en algunos puntos de la muestra, como en Blancanieves y los siete enanitos (1937). La versión Disney se dulcificó y difería de la versión de los hermanos Grimm, en la que la madrastra es torturada hasta morir con unos zapatos de hierro ardiendo.

La sirenita (1989), en su versión original de Hans Christian Andersen, tampoco acaba bien: la sirena muere con el corazón roto y se convierte en espuma del mar. Hay ejemplos abundantes, aunque no se cumple siempre: Frozen (2013) tiene final feliz, como el cuento original, La reina de la nieves, de Andersen. “Walt Disney era una persona muy optimista y siempre quiso ofrecer un producto con finales felices, para las familias y para el público en general”, concluye Walsh.

El arte de contar historias. Paseo del Prado, 36. Hasta el 4 de noviembre.

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