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El Kanka: Sabiduría de lo espontáneo

El malagueño encandila en La Riviera con una colección de píldoras tiernas, guasonas y optimistas que ya se han aprendido todos

Juan Gómez Canda,  El Kanka.
Juan Gómez Canda, El Kanka.Julián Rojas

“Estoy contigo por tu olor, no por tu perfume”, reitera uno de los más recientes estribillos de El Kanka, que su parroquia ya se sabía anoche como si llevara siglos circulando. Y puede que en eso mismo radique, ahora que caemos, el encanto primordial de este muchacho. La suya es música sin afeites, esplendor carente de maquillaje, la sabiduría brava de lo espontáneo. Y cala más aún que los aguaceros despepitados de estos días. No necesitábamos sangre sureña para cobijarnos anoche en ‘Andalucía’, coreada con fervor. Y hasta el más férreo seguidor naranja se sentiría identificado con ‘Sí que puedes’, donde el malagueño empleó el ukelele para el hermanamiento universal.

No sabemos cómo se las apaña, pero este Juan Gómez tiene el don de escribir canciones tan emotivas y directas que se nos prenden en la memoria tal que enredaderas, las imaginamos escritas desde muchos años atrás y nos engatusan como una andanada de flechazos. Será el humor, la bonhomía, el hechizo personal o esa aureola suya de hombre que cae en gracia, pero el bueno de Juanillo propició ayer una alborozada catarata de arrumacos y sonrisas en La Riviera, repleta con la excusa de escuchar por vez primera los contenidos de ‘El arte de saltar’. Cuarto disco ya, y los que le queden, porque en estos años no ha parado el malagueño de ganar adeptos ni de afianzar una escritura que irradia ingenio y no se alimenta solo de glorias y estropicios sentimentales (¡albricias!) como carburante argumental. Sin exclusiones, conste: ‘Para quedarte’ y ‘Quién me mandaba a mí’, que ayer sonaron de forma consecutiva, son sendos tratados de ternura en forma de estrofa, puente y estribillo.

A Gómez no le gusta el fútbol, como advierte en un célebre autorretrato musical (‘Llámame fino’), así que no le importó fijar un estreno en fecha suicida. Resultado: llenazo con dos meses de antelación. Y fervor sin disimulos. Se nos plantificó El Kanka con corbata, camisa azul y la barba en retirada, tal que un chavea modosito, pero la sagacidad, el reflejo rápido y la pillería siguen a buen recaudo. “Ya nos recortan bastante desde arriba como para privarnos nosotros de los hidratos”, argumentó antes de hincarle el diente a ‘A dieta de dietas’.

En el fondo, él es un chico sensible pero ‘echao p’alante’, como demostraban sus inyecciones de coraje con ritmo ternario (‘Tienes que saltar’, ‘Volar’). Mira cada vez más El Kanka a la herencia latinoamericana, pero su buen hacer, esa manera de que parezca fácil lo que tiene mucho mérito, no sabe de fronteras. Como los guiños en ‘A desobedecer’, que acaba con una cita de ‘I will survive’ después de que se haya colado sibilinamente una frase ¡del himno del PP! O el final colectivo de ‘Desde lejos’, con todos los músicos erigidos en émulos de una comparsa gaditana. A El Kanka le falta todavía un disco incontestable, definitivo, menos sujeto a la recolección de géneros. Solo con muy buenos argumentos puede un artista impartir casi dos horas de matraca y que el tiempo transcurra en un suspiro.

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