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OPINIÓN

¿Populismo democrático?

El problema de fondo es que las democracias representativas no logran hacer realidad sus bases legitimadoras

Durkheim dijo una vez que el socialismo era el grito de dolor de la sociedad moderna. El populismo es el grito de dolor de las actuales democracias representativas”. Así decía en un artículo el profesor de ciencia política de Chicago John McCormick. El populismo resultaría así inevitable en aquellos regímenes políticos que si bien se inscriben en los principios democráticos, en la práctica excluyen al pueblo del gobierno efectivo y legitiman su creciente desigualdad. Sabemos que crece de manera astronómica la distancia entre los más ricos y los más pobres. Y por tanto, el sustrato de igualdad política y de justicia en que se basaba la democracia, la igual capacidad para influir en el gobierno, se hace irrelevante por la evidente marginación de los intereses de la gran mayoría en las decisiones que se toman, y la gran capacidad de influencia en las mismas de la oligarquía económica. Jeffrey Winters en Oligarchy, el mejor libro del 2012 de la American Political Science Association, demuestra que vivimos en esquemas de dominación política que, más allá de la tramoya democrática, sancionan que una minoría de personas, las de más riqueza material, decidan de hecho por encima de la colectividad.

Hablamos de populismo para referirnos de manera genérica a fenómenos que poco tienen que ver entre sí. En The New Yorker, se hacía referencia a la estrella emergente de la izquierda del Partido Demócrata Elizabeth Warren, y al alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, como expresión del “nuevo populismo”. Por otro lado, hablamos de populismo de derechas para referirnos a los movimientos xenófobos que operan en diversos países europeos. Pero también usamos el término para caracterizar a 5 Stelle o para catalogar a Podemos o Guanyem. Nos referimos más a una reacción de rechazo ante el poder instituido y sus complicidades con la oligarquía, que a una corriente política específica. La combinación de crisis económica y la gran alteración estructural de muchos puntos de anclaje de la gente (trabajo estable, familia sólida, ciclos de vida previsibles, garantías de mínimos vitales…), junto con la evidencia de que ha habido unos pocos que se han aprovechado de manera descarada de ese escenario, ha generado una reacción simple pero sólida: que paguen más los que más tienen, que los poderes públicos aseguren lo básico, que se atempere la desigualdad galopante y que se sea mucho más duro con un capitalismo financiero desatado. Si eso es populismo, lo cierto es que cada día hay más populistas.

En la democracia antigua, había menos demos (menos gente que decidía) pero más kratos (más poder efectivo en lo que les concernía)

El problema de fondo es que las democracias representativas no logran hacer realidad sus bases legitimadoras. La mezcla de grandes recursos económicos en manos de poquísimos (oligarquía); la capacidad que tienen de condicionar enormemente las decisiones de los electos y de las instituciones sin tener que rendir cuenta de ello; y la falta de mecanismos adecuados de poder ejercer control popular, excepto en esa forma de supervisión jadeante y sincopada que son las elecciones, están convirtiendo a las democracias representativas en espectros sin vida. Los muy pocos (globalizados y financiarizados) no se presentan a las elecciones, pero consiguen condicionar procesos y decisiones, aumentando poder y privilegios. La capacidad de los muy muchos, que es enorme si hacemos caso al principio de mayoría y de igualdad política, se torna en nada una vez realizado el trámite representativo y cuando los márgenes de decisión quedan absolutamente cercenados en la jaula de hierro de las políticas de austeridad, el pago de la deuda o el control del BCE sobre la política monetaria. En la democracia antigua, había menos demos (menos gente que decidía) pero más kratos (más poder efectivo en lo que les concernía). Hoy la asimetría entre las instituciones representativas y el poder real de los muy muy ricos es extrema. Quedan lejos los años de las políticas de bienestar de aquella Europa de posguerra cuando, de manera excepcional (como certifica Piketty), se consiguió equilibrar igualdad política e igualdad económica. Hoy los representantes políticos, liberados tras ser electos de mandato alguno, deben actuar, como dijo Merkel en el 2011, “en conformidad con los mercados” (marktconform).

En ese contexto, unos defienden reactivamente a los “de casa” frente a quienes hacen peligrar “nuestro modelo de vida”. Otros postulan más sintonía entre mercado y poder político, reduciendo la política a simple instrumento legitimador. Pero también los hay que postulamos más democracia, más capacidad para construir instituciones menos susceptibles de ser capturadas por los intereses oligárquicos, y que sabemos que ello exige formatos nuevos de elección, de control y de decisión colectiva. Cuidado con cerrar el debate sobre el futuro de nuestras democracias estigmatizando con el calificativo de populistas a los que tratan de responder con más democracia a la jaula de hierro en la que nos han metido.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política e investigador del IGOP de la UAB