Prédicas tenebrosas
David Eugene Edwards es un vaquero engañoso que esconde a todo un pastor del desasosiego y el ruidismo

En el siempre impreciso y tantas veces apresurado juego de las etiquetas suele ubicarse a Wovenhand bajo el epígrafe de los alternativos del country. A la confusión contribuye el atuendo de David Eugene Edwards, que luce botas con puntera y sombrero negro a la izquierda del escenario. Pero quien esperase un despliegue de elementos campestres, más o menos emborronados por alguna turbulencia guitarrera, se llevaría anoche un monumental sobresalto en la Joy Eslava. El de Denver y sus tres fieros acompañantes colocaron el sonómetro por encima de los 100 decibelios con una ceremonia de post-rock turbio, espeso y sin una maldita concesión: el repertorio, muy centrado en el reciente ‘Refractory obdurate’, se suministró sin pausas, presentaciones ni medias tintas. A la catarsis por el ensañamiento ruidista.
Edwards se parapeta tras un micrófono de efecto megáfono, decisión muy discutible porque convierte un recurso puntual en único elemento expresivo. La negrura del cancionero apunta a Nick Cave, pero la voz procesada hace pensar más en The The o un Scott Walker desquiciado. Hay algo de extático en esta severa labor de apostolado, en las prédicas tenebrosas que masculla este pastor del desasosiego. La mandolina en ‘Corsicana clip’ supone un espejismo, como el sorprendente guiño a los nativos americanos en ‘Maize’ (con el guitarrista percutiendo una darbuka) o el aroma a lamento tradicional escocés de ‘Horse head fiddle’, mutando violines por distorsiones. El resto es contundencia expeditiva: las baterías marciales de ‘Masonic youth’ y ‘Salome’ parecen arrebatos de los U2 primigenios. Incluso, qué curioso, el segundo coincide en título con una mítica cara B de los dublineses.
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