EN UN PERIQUETE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Ocho apellidos chinos

Los periquitos tenemos que explicar cómo siendo catalanes no abrazamos la causa azulgrana

Jordi Pujol, en su comparecencia en el Parlament.
Jordi Pujol, en su comparecencia en el Parlament.LLUIS GENE (AFP)

¡Ah! Qué descanso cuando un mito como Jordi Pujol cae de su pedestal, haciendo añicos un apellido de tanta enjundia patriótica y una familia ideal. Es lo mejor que le ha pasado a este país en muchos años, la destrucción del mito del buen catalán. Nuestra sangre catalana, charnega y austrohúngara bulle de satisfacción. Los que no tenemos pedigrí onomástico, ni sagas familiares legendarias, ni apellidos patricios de rancio abolengo, y además somos del Espanyol, nos alegramos de estos chascos que ponen en jaque la catalanidad misma personificada en un mito como Pujol, su destrucción abre muchas posibilidades hasta ahora ocultas de cómo ser catalán, que es lo que ocurre cuando se destruye un mito, el tiempo se pone en marcha de nuevo, los mitos resultan ser hombres como nosotros, y por lo tanto también fracasan, se traicionan a sí mismos, maleducan a sus hijos y dejan un peso enorme sobre las espaldas de las siguientes generaciones. Ya lo dijo el alcalde Xavier Trias, tan próximo a Pujol, hace un tiempo, que una de la desgracias de este mundo sería “tener un yerno perico o del Madrid” (sic). La equiparación al Madrid es también un clásico del relato perverso que quiere emparentar al periquito con el nacionalismo español. Es verdad que las Brigadas Blanquiazules, ahora diluidas en la Curva Jove, incomprensiblemente y vergonzosamente blandían símbolos de la España más retrógrada e incluso esvásticas nacionalsocialistas, pero no se puede tomar la parte por el todo y quedarse tan ancho. Así como la catalanidad del Barça se presenta como algo natural, esencial, incuestionable, pues en palabras de Vázquez Montalbán el Barça es nada menos que el ejército desarmado de Catalunya, los periquitos tenemos que dar explicaciones de cómo siendo catalanes, porque vivimos y trabajamos en Catalunya -que era una gran definición de Pujol- no abrazamos la causa azulgrana como en 1714 los defensores de Barcelona –la Coronela– abrazaron la causa del archiduque Carlos.

Hay un antibarcelonismo periquito que podríamos llamar de rivalidad deportiva, ciudadana, natural entre vecinos, como un Canovelles-Granollers de alto voltaje

Hay un antibarcelonismo periquito que podríamos llamar de rivalidad deportiva, ciudadana, natural entre vecinos, como un Canovelles-Granollers de alto voltaje (legendarios los botellazos al árbitro en el municipal canovellense, allá por los 80). Sin embargo, cuando la rivalidad se lleva al campo socio-político es fácil caer en el error de presentar al Espanyol como anticatalán, pues el Barça es Catalunya, según el pensamiento único vigente promovido por las clases dirigentes de este país. El apellido Collet del presidente del Espanyol tiene una prosodia catalana que remite a una estirpe de recio linaje, lo cual le equipara con los Bartomeu, Rosell o Laporta (espectacular cómo se destruyen los unos a los otros). Eso hasta que por fin lleguen los apellidos chinos –que son los que más trabajan, sin descanso, sin quejas, felices de estar trabajando, quizás como los inmigrantes de los 60 que llegaron a Catalunya- para hacerse con los clubes de fútbol, con las colles sardanistas y de castellers, con Ómnium Cultural, y así hasta alcanzar el Palau de la Generalitat y llegar para quedarse, no como hizo el charnego y fugaz Montilla, demasiado para los propietarios de este país. Cuando los propietarios de este país luzcan apellidos chinos, el problema de la catalanidad por fin se habrá resuelto. El periquito es una maravillosa minoría, y con el campo lleno seguiría siendo una minoría, pero aún más maravillosa.

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