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POP | Jay Brannan

Los enamora a todos

Jay Brannan, paradigma del joven seductor, sonríe a la menor oportunidad, canta con voz angelical y sensible y desbroza historias hilarantes entre las canciones

Jay Brannan, anoche en Madrid. Ampliar foto
Jay Brannan, anoche en Madrid.

Difícil no rendirse ante los encantos de Jay Brannan, paradigma del joven seductor, que sonríe a la menor oportunidad, canta con voz angelical y sensible, desbroza historias hilarantes entre las canciones, chapurrea un castellano precario pero saleroso y hasta tiene la suerte de ser guapo a rabiar, como ya le demostrara al mundo en aquella película de culto, Shortbus, donde mostraba algo más que su cara bonita. Brannan se presentó con la sola compañía de su guitarra la noche del martes en Intruso –una sala tan recientemente remozada que aún huele a madera-, pero se bastó para enamorarlos a todos. Podríamos escribir la cursilería esa de “todos y todas”, pero la mayoría masculina en la sala era esta vez más que cualificada.

Brannan luce unos estupendos 31 años y acumula ya muchas horas de rodaje en clubes y demás garitos noctámbulos, por Nueva York y medio planeta, así que su desenvoltura en las distancias cortas es incuestionable. Y eso que arrancó algo nervioso e inseguro con una guitarra que domina razonablemente bien. Sus dedos se le trastabillaron con The spanglish song, un tema tan bienintencionado como carente de fortuna. Ese estribillo que dice “Yo quiero hacer el amor contigo / ¿quieres casarte conmigo?” es, uf, bastante difícil de indultar. Aunque se entone con acento guiri.

Superado el mal trago, todo lo acontecido después dejó un sabor de boca mucho más agradable. Jay es dueño de una voz afortunada, con apariencia de vulnerabilidad pero el suficiente cuerpo cuando lo requiere la ocasión. Se lo dejó aún más claro a los reticentes con una lectura a capela de Llorando, la adaptación al castellano de Crying (Roy Orbison), de la que salió airoso incluso en el comprometido trance del falsete. Por lo demás, su cancionero alterna la balada suave, a veces algo predecible, con destellos mucho más talentosos: el aire pegadizo de Soda shop, escrita para Shortbus; ese estribillo como en suspenso de Half boyfriend o la indisimulada sensualidad de Body’s a temple, sobre un amante pródigo en virtudes que a determinada hora debe regresar a casa con su novio oficial.

Brannan nunca ha disimulado sus preferencias afectivas y en muchas de sus canciones habla de una manera absolutamente normalizada sobre chicos a los que les gustan otros chicos, con esa naturalidad que solo no comprenden los vladimires y demás guardianes de las tinieblas que en el mundo aún subsisten. Sus seguidores le agradecen la franqueza, alaban su coquetería (se retira las gafas de pasta según se sienta frente al micrófono), suspiran con esa candidez no impostada (¡cuenta los trastes con el dedo antes de colocar la cejilla!) y, en todo caso, afean alguna cuestión menor de la indumentaria (comentario real: “¿con esas zapas tan chulas cómo se pueden llevar calcetines blancos?”). Puede que disputara el partido en terreno ya de por sí conquistado, pero el autor de Housewife, tan tierno y socarrón, acabó encandilando.

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