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Girona es redonda

La ciudad vuela con el equipo, que flirtea con la Primera tras 82 años de historia

Engalanados con banderas y bufandas, los desgastados Renault 19 y 4L, además de un Seat Ibiza, llegaban de vez en cuando a Girona con el claxon como saludo. “¿Qué hacéis?”, les preguntaban extrañados los vecinos. “¡Ha ganado el Girona!”, respondían los aficionados de la Penya Immortal. Era 1997, cuando el equipo palidecía en Primera Catalana, desconocido hasta para el Teletexto. “Cómo hemos cambiado”, cuenta orgulloso Pepe Sierra, coordinador de la peña; “ahora en Girona solo se habla del equipo”. Así lo expresaba la riada de gente que se daba cita el jueves por la mañana a las puertas de las oficinas para sacar las entradas del duelo ante el Alcorcón. “Una hora y media en la cola, pero vale la pena”, asegura José Mari, de pelo cano y algún kilo de más; “¡pero hay que animar al Girona!”. Al otro lado del mostrador asiente Majela, agobiada porque se le acumula el trabajo, profesional porque no pierde la sonrisa: “Parece que sean los días de campaña de abonados”. Es lo que toca, el Girona, que venció el sábado al Alcorcón (2-3) a pesar del nefasto arbitraje, impulsado por el jaleo y la algarabía de una afición que llenó el estadio (9.205 espectadores), podría ascender a Primera tras 82 años de historia.

“Se ha recortado el 45% del sueldo a los jugadores, son unos héroes”, dice Boadas

En plena efervescencia se impone hacer caja. De ahí que se cobre ahora por la entrada dos euros a los abonados; de ahí que junto a las oficinas se improvise una tienda de ropa del equipo. “Tenemos ofertas, pero sobre todo se venden las dos camisetas”, cuenta el encargado Juanjo. Pero para ofertas las del club, que durante el curso regaló entradas a mamporro y que ahora llena el estadio con diferentes promociones. “Cuesta que la gente vaya al fútbol, pero la ciudad se ha volcado”, constata Delfí Geli, exjugador del Barça, Atlético y Girona, entre otros, y ahora presidente de la asociación de veteranos del club. “Pero priorizamos llenar el campo, jugar con 12, a arañar algo más de dinero”, reflexiona el presidente Joaquim Boadas; “y, aun así, este año tenemos más ingresos de taquillaje por lo que jugadores que antes no querían venir, ahora sí porque saben que cobran al día”.

Llegar a este punto, sin embargo, no ha sido fácil, toda vez que el club a punto desaparece hace tres años y por poco no desciende el curso anterior. El remedio del presidente: “Experiencia, no fichar por encima de nuestras posibilidades, dar independencia al área deportiva y, a pesar de recortar los salarios, el rendimiento genial de los jugadores y el técnico, que son unos héroes”. Interviene el secretario técnico Sergi Raset: “Queríamos un equipo protagonista con el balón y un perfil de futbolistas técnicos y polivalentes que fueran de casa, de Cataluña, para que tengan más sentimiento de pertenencia al club”. Ahora, en cualquier caso, se le acumula el trabajo, con media plantilla y el entrenador Rubi por renovar. “Habrá cambios”, apunta Raset, “pero sin volvernos locos”.

El presidente Joaquim Boadas y el secretario técnico Sergi Raset. ampliar foto
El presidente Joaquim Boadas y el secretario técnico Sergi Raset.

Lo mismo piensan los jugadores del Girona, felices por el apoyo y precavidos ante el reto, reunidos el jueves en el bar Pencil y alrededor de una paella, albóndigas y ensalada. “Antes no me conocía nadie y ahora me paran por la calle y me dan las gracias…”, suelta el central Chus Herrero. “Llevo tres años aquí y ahora me conocen más que nunca”, subraya el mediocentro Luso. “Hay que darles una alegría porque los playoffs está encaminados”, señala el eje Moisés Hurtado. “Sí, pero también podemos luchar por el ascenso directo”, replica Chus, consciente de que el equipo es segundo y que la promoción la disputan del tercero al sexto. “Gracias al buen ambiente de la plantilla”, expone Moisés. “Y del míster, que no deja nada a la improvisación”, apostilla Chus. “Saca lo mejor de cada uno”, abunda Luso. “Es muy perfeccionista y ha traído gente que nunca resta”, remata Moisés.

Pero entonces llega Jandro, uno de los capitanes, un pelo abrumado porque aún no se han resuelto las primas, al menos no la cifra estipulada por si se alcanza el playoff. “Ya casi están, pero estos chicos se merecen todo porque se les ha recortado el sueldo un 45%”, revela Boadas; “aunque también hemos reducido el presupuesto [4,6 MILLONES] y la deuda a la mitad (cuatro millones). Por lo que en este curso está previsto tener superávit generado solo por el club, sin intervención del máximo accionista”. Ese es Josep Delgado, empresario dedicado a la minería y exportación de materias primas, acusado de un millonario fraude fiscal en Polonia, en búsqueda y captura, también en paradero desconocido. “Yo gestiono la sociedad (Unió Esportiva Girona) del máximo accionista. Así que el dueño último no tiene repercusión a nivel del club”, defiende Boadas; “además, hablo con sus abogados y la gestión del club la lleva consejo de administración y la directora general”. Para Boadas es algo familiar; su tío-abuelo fundó junto a otros empresarios el club en 1930 y fue presidente hasta 1932, y su abuelo hizo lo propio de 1945 a 1948. Y solo en la temporada 1935-36 el equipo jugó la fase de promoción para subir a Primera, la vez que ha estado más cerca del ascenso junto con la actual.

“La ciudad está de moda y feliz”, concluye el alcalde Puigdemont

Fundado el Girona en el afamadísimo café Norat de la Rambla de la Llibertat, apenas queda ahora una placa en el paseo que lo acredite. Pues sobre las piedras del café se alza L’Arcada, de paredes amarillas y repostería variada, con una carta de comida italiana para el turista. Pero que el club viva y tenga sentimiento era tarea de unos pocos. Como de Isidro Sala, único jugador olímpico del club (en México 68) —“Yo jugué en el estadio Vista Alegre, muy acogedor y siempre lleno, algo que se perdió un poco con el nuevo, que era más cómodo y profesional”, rememora; y como de esas peñas que viajaban con sus coches cuando se erraba por la Primera Catalana. Así lo refleja el bar Bon Ibéric, sede de la Penya Immortals, donde las paredes están atiborradas de camisetas y bufandas, recortes de periódicos y un trozo de la red de la portería que cobijó el gol de Migue en el pasado ascenso a Segunda A, en 2008. “Entrar en nuestra peña cuesta 20 euros, algo simbólico”, explica Sierra, que cada 15 días se reúne con la encargada del área social y demás peñas —hay tres oficiales y tres que abrirán el año próximo, una juvenil— para ver las iniciativas que tomarán, como el esplendoroso tifo que hicieron frente al Alcorcón el sábado.

Riada de gente ante las oficinas del club. ampliar foto
Riada de gente ante las oficinas del club.

Reuniones que también hace el club con el Ayuntamiento por si se asciende. “Primero se les hará una recepción”, señala el alcalde Carles Puigdemont, de CiU, reacio a dar dinero al club, más allá de sufragar el mantenimiento anual del estadio como siempre se ha hecho; “y no solo hemos hablado con la alcaldía de Tarragona para que nos explique su experiencia en Primera, sino que estamos trabajando en diseños de acciones de promoción para aprovechar la ciudad”. Aunque, satisfecho porque su lema se cumple (Girona està de moda), añade: “Hace unos días se escogió al Celler de Can Roca como el mejor restaurante del mundo y tenemos la exitosa iniciativa de Girona10 y la de Temps de flors —aunque ayer se quemó una instalación—, además del festival de teatro y cine. Ahora falta la conexión ferroviaria con Perpiñán”. Eso y el ascenso.

“Subir es factible porque el equipo juega muy bien, está en racha y con buenos resultados”, argumenta Geli. “Confío en que suban porque juegan de fábula, pero si tengo que rezar, rezaré”, agrega Sala. “Ahora o nunca”, acentúa Sierra. “Estamos cerca”, interviene Raset. “Esto es un sueño que está en nuestras manos porque era más difícil salvarse el año pasado que ascender este”, anuncia Boadas; “pero no podemos celebrar sin antes conseguirlo”. Algo que no ocurrió el sábado por la noche, cuando oleadas de aficionados ondeaban banderas y bufandas, cuando los coches entonaban sinfonías estridentes y pegadizas, cuando a nadie, como ocurriera en 1997 y el equipo andaba en Primera Catalana, preguntaba eso de “¿Qué hacéis?”. “La ciudad está feliz”, concluye Puigdemont. Y es bien redonda.