Nueva York en La Mancha

De la plaza de París a la plaza Mayor, el Madrid del autor de ‘Segunda oscuridad’ El escritor de 'Las armas o las letras' firma mañana ejemplares en la Feria del Libro

Andrés Trapiello fotografiado en el jardín del Museo Romántico, donde hace 30 años escribió La vida fácil.
Andrés Trapiello fotografiado en el jardín del Museo Romántico, donde hace 30 años escribió La vida fácil.SAMUEL SÁNCHEZ

1. Plaza de París. Mendigos. Vivacs en invierno, fuegos aquí y allá, hasta hace bien poco. Yo paseaba a la perra, y todos éramos amigos de todos: niños, perros, mendigos, lo mejor de la ciudad. Y el recuerdo de Ramón Gaya, que vivió aquí los últimos años de su vida.

 2. Gran Vía. La calle que más veces he recorrido a pie, ida y vuelta, durante 20 años. Tenía en ella su gabinete el tipógrafo Alfonso Menéndez con el que trabajo desde entonces algunas veces. Una calle universal, Nueva York en La Mancha. Toda clase de gente, turistas y provincianos como yo, que van, vienen y sobre todo están, dándole ese aire de cosmópolis de tercer orden, tan hospitalario.

3. Cuesta de Moyano. Durante muchos años la visitaba una o dos veces por semana. Antes de la “peora” actual. La vida de los libros. Como los buquinistas de París pero sin Sena. Buenos amigos, libros viejos y libreros de viejo. Y acacias y pájaros. Y siempre a un paso del Prado, “la roca española”, el baluarte. La razón de la vida, el arte: “La verdad mira y calla”.

4. El Rastro. Acudo cada domingo desde hace 32 años. Un mundo distinto. Lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Lo importante allí no es lo que se busca, sino lo que se encuentra. Y lo que encontramos o lo lleva uno de casa puesto, o es mejor no buscar. Al Rastro vamos a reconocer, a reconocernos.

5. El Retiro. Sobre todo, en invierno y en otoño. Sin gente. En verano también, junto al estanque. La naturaleza en Madrid, los paseantes, los melancólicos. Y los mirlos, y Baroja, cuya sombra se encuentra uno algunos días entre la niebla.

6. El Jardín Botánico. Nuestra dosis de racionalidad. En primavera. Los días de diario. El regalo a veces de unos niños pequeños, visitantes de un colegio, corriendo por los viales, gritando como los pájaros, y sus maestras jóvenes, también ellas un poco a lo suyo, soñadoras entre las rosas.

7. Las Vistillas. Con el viaducto de los suicidas al lado y los atardeceres más hermosos de España, velazqueños, la Casa de Campo, el Guadarrama. Y una cerveza fría con amigos. La vida, el paraíso.

8. La Cava de San Miguel. Aquí “vivió” Fortunata. La posibilidad de vivir una ficción como realidad y la realidad como una ficción. Y la vida extraña de los soportales de la plaza Mayor. La picaresca y la vida galdosiana de las cavas todavía, figones, posadas, cordelerías, boteros que ya no existen más que en la memoria, como casi todo.

9. Conde de Xiquena. Nuestra calle. Corta y bonita. Esta es además una de las pocas en Madrid donde nadie ha cometido ninguna tropelía arquitectónica. Se ve a un lado Santa Bárbara, la iglesia barroca que hace que nos sintamos en Roma, pero lo insinúa con delicadeza para que no olvidemos que estamos en Madrid, la ciudad de todos porque no es de nadie, y acaso por eso mismo, perfecta. Frente a la ciudad eterna, la ciudad humana.

10. Museo Romántico. Escribí aquí La vida fácil, hace 30 años, un libro de poemas, durante seis o siete meses. Iba cada mañana. Había semanas en las que el museo no tenía ni un solo visitante: una maravilla. Con la única biblioteca del mundo en la que podías leer sentado en una mecedora. Y me gustaba tanto porque no se parecía a un museo, era como una casa vieja, la casa de la vida (San Mateo, 13).

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