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Anna Maria Maiolino, arte desde las tripas

Una exposición en el MAAT de Lisboa repasa las cinco décadas de trabajo de la italobrasileña de 83 años, su primera gran muestra tras recibir el León de Oro en Venecia

Una obra de la serie “Da Terra – Errâncias Poéticas” (2018), de Anna Maria Maiolino.Pedro Tropa (tspt / EDP Foundation)

Hacer una exposición conlleva un baile entre artista y comisario, entre práctica y teoría, en el que mantener el compás y danzar al unísono no siempre es fácil ni se consigue. En gran parte, el acople de ese acompañamiento es lo que lleva a una muestra al éxito o al fracaso. Hablo de esa secuencia de movimientos al lado de un objeto que todavía no tiene sentido o de una forma de mirar que todavía no tiene un cuerpo. De pensar ese baile conjunto no como un cuerpo, sino como un espacio desde la mirada externa pero el afecto, de orientar sin dejar gesto visible, de escuchar y participar. “Un campo poético”, como titula Anna Maria Maiolino su muestra en el MAAT de Lisboa. De la mano de su director, Joâo Pinharanda, y el comisario Sérgio Mah es, en ese sentido, una exposición casi perfecta. O, mejor dicho, una danza que danza. Una danza invisible que crea una topografía que enaltece el tránsito de afectos entre dichas obras con un quehacer curatorial que se intuye tanto como diluye.

Hay más porqués. La artista italobrasileña de 83 años, condecorada en 2024 con el León de Oro por toda su trayectoria en la Bienal de Venecia, siempre ha hecho gala de una obra que escapa de las direcciones únicas. Su trabajo no es lineal ni cronológico, ni sus intereses ni los medios que emplea. Y así es la exposición, igual de honesta, obstinada y paciente. Agrupa trabajos producidos entre 1975 y 2025: un conjunto de obras que se despliegan creando una red circular en la que las distintas piezas establecen conexiones transversales entre sí, de manera que los significados de un trabajo a otro reverberan y se amplían. Algunos de ellos son la serialidad, la visceralidad y el desbordamiento. Lo pequeño, lo efímero, lo corporal. También los gestos discretos y repetitivos, la acumulación y las metáforas. Lo múltiple abunda, también en los lugares desde los que habla Maiolino. Ese don de la ubicuidad quizá sea reflejo de su experiencia migratoria que tanto ha marcado su producción. Nació en Italia, pasó su infancia en Venezuela, vivió en Argentina y Estados Unidos antes de asentarse en Brasil en los sesenta, donde ha desarrollado su trabajo. La artista habla desde la física cuántica cuando busca poetizar la energía invisible de los vacíos activos, desde la magia al pensar que la vida se renueva en los huecos de la tierra y desde lo popular cuando busca raíces en lo existencial del arte y su contribución revolucionaria en nuestro campo sensible.

Aunque por encima de otros, habla desde el estómago, que según la alquimia es el lugar de la transformación vital. Por la boca entra el mundo, en las tripas tiene lugar la metamorfosis y a través de la defecación se vuelve a unir el ciclo vital, ya que la corrupción de un elemento sirve para regenerar el otro. Algo parecido ocurre con su identidad como artista, que no se establece, sino que es un proceso dinámico de formación, sujeto a innumerables relaciones con la realidad.

Por eso, la artista piensa en sus dibujos como lugares, casi como una geografía mental. Hay más de un centenar de diversas series. Piccole Note (1985-89) son obras que juegan con la forma oval, el cero, las formas primarias, los embriones, aquello que da vida. Los dibujos forman parte de un cuaderno que llevó consigo durante sus viajes entre Río de Janeiro y Buenos Aires y llegaron a ser una forma modesta de soporte de su trabajo en un periodo de fuerte crisis personal. Hay algo de rabia y dulzura en ellos, y esa voluntad de hacer un arte que pudiera eludir la prisa y la fatiga de la vida contemporánea. Tempestade de Ideias (1990-2025) es justo lo contrario: una tormenta de dibujos densa, caótica y acumulativa. Se compone de garabatos, signos y repeticiones que recuerdan la escritura automática y esa función matriz para cualquier proceso de expresión visual. Instalados en la Sala Oval del museo, rubrican la idea de pensamiento circular y se organizan a modo de diario.

La forma oval de sus dibujos reaparece en una gran colección de esculturas. Algunas son muy pequeñas, objetos moldeados con las manos en los que la artista interviene quitando material o creando vacíos, espacios o formas negativas. Algunas son de cemento, otras de yeso y metal, y muchas son de barro, el material que le abrió los ojos a una verdadera visión del mundo.

La plasticidad de la arcilla cruda, a menudo sin cocer o con acabados mínimos, su elasticidad y la sensualidad al tacto, se convirtieron en la protagonista de obras como Terra modelada, que empezó en 1993 y que se presenta aquí en su versión más grande hasta la fecha. Desde el humilde gesto de hacer bolitas y rollos de barro, todos iguales y diferentes, la artista ensalza la naturaleza de lo irrepetible, lo perecedero, lo inestable y lo procesual. Nada está cerrado en estas esculturas abiertas a secarse, agrietarse y reorganizarse. Es el primer trabajo donde una forma sencilla se repite de manera serial y que luego desarrollaría en Uno, ninguno, cien mil: formas básicas producidas por las manos que se adhieren en el cuerpo de la escultura.

Aunque, para resonancia, la que desencadenó Entrevidas, una de sus performances más emblemáticas que la artista ideó en 1981, momento clave del Brasil de finales de la dictadura militar, fue recreada bajo el título de KA el día de la inauguración. En el antiguo Egipto, el jeroglífico KA son dos brazos levantados y representaba la fuerza vital, el espíritu y el abrazo. Fue emocionante ver a esta artista octogenaria caminar lentamente con su bastón entre un manto de huevos frescos en el exterior del museo, atravesando el espacio y evitando romperlos. Cada paso implica riesgo. Cada movimiento exige atención. Mucho concentrado en cada acción: una metáfora de la existencia, de convivir con la fragilidad, de los cuerpos en peligro, de la vida bajo presión, de la existencia sostenida en la incertidumbre, de responsabilidad y riesgo. Cada paso se vuelve ético, político, existencial.

En un momento en que hemos visto un genocidio en directo en Gaza desde nuestros móviles y ya no podemos olvidar lo que sabemos, parar es reparar. También caminar, que aquí se convierte en una acción crítica y colectiva: vivir (y amar) es avanzar constantemente sin destruir ni ser destruido.

‘Anna Maria Maiolino. Poetic Earth’. MAAT. Lisboa. Hasta el 31 de agosto.

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