El reto de negociar con una insurgencia que no busca tomarse el poder

Un informe de la Fundación Ideas para la Paz explica que el ELN siempre se muestra dispuesto a dialogar, pero no necesariamente a negociar

Funcionarios de la  Defensoría del Pueblo hablan con guerrilleros del ELN
Funcionarios de la Defensoría del Pueblo reciben de integrantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) a cinco soldados y un policía que la guerrilla dejó en libertad el 17 de agosto de 2022, en Arauca (Colombia).Defensoría del Pueblo (EFE/Defensoría del Pueblo)

“El ELN no es una insurgencia que desafía abiertamente al Estado”, dice un informe de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), un centro de estudios especializado en el conflicto en Colombia, sobre el estado actual de esa guerrilla, el Ejército de Liberación Nacional. Revelado este martes, el estudio es poco halagüeño para la ambición del Gobierno de Gustavo Petro de lograr una “paz total” en poco tiempo: “La terminación del conflicto armado con esta insurgencia no está a la vuelta de la esquina” dice el estudio desde su introducción.

Para elaborar el informe, investigadores de la FIP encabezados por el experto Jorge Mantilla visitaron los cuatro departamentos de Colombia que concentran las actividades recientes del ELN (Chocó, Cauca, Arauca y Norte de Santander) y 30 entrevistas a líderes sociales, investigadores, miembros de la cooperación internacional y periodistas de esas regiones.

Encontraron algo similar a lo que le dijo a EL PAÍS Carlos Velandia, exintegrante de la dirección nacional del ELN y ahora investigador de temas de paz: “Lo difícil para el ELN no es dialogar, lo difícil es llegar a un acuerdo”. Y lo explica así “Para ellos el diálogo es el camino para establecer una conversación política para buscar soluciones a los problemas del país por los que justamente se alzaron en armas. No conciben el diálogo para ponerle fin a la guerra o dejar las armas, sino para resolver las grandes dificultades que se viven en las regiones”.

En términos del estudio, esa guerrilla “nunca se ha parado de una mesa en la medida en que entienden que diálogo es diferente a negociación, por lo que no tiene ninguna condición para ‘conversar de paz’. Su aproximación táctica a estos escenarios es más la de ganar visibilidad e interlocución mientras la mesa toma tracción o se desgasta”. Y eso, de entrada, hace que negociar con el ELN no pueda seguir el camino de la negociación del Gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC.

La FIP encuentra más motivos para que el Gobierno busque otro esquema, añadiendo complejidad a ese análisis. Al revisar su estado actual, explica que el ELN hoy vive dos realidades muy diferentes en las dos grandes zonas en las que opera. En el occidente, en la costa pacífica colombiana, está en malas condiciones, sin gran capacidad para capturar rentas y en plena disputa con grupos armados que le compiten por el poder, mientras en el oriente, y especialmente en el departamento de Arauca, tiene dominio de las zonas y logra capturar mayores recursos. “Lo que es fortaleza militar en la franja oriental del país, es debilidad en el costado occidental”, resume el estudio.

Para la FIP, ese contraste tiene por lo menos tres razones de ser. Una es que en el oriente, y sobre todo en Arauca, el ELN tiene raíces históricas profundas, y mayor compenetración con toda la sociedad local. Otra es la frontera con Venezuela, púes “se ha dado una profundización y consolidación de su presencia en territorio venezolano, lo que la ha llevado a transitar hacia una agrupación binacional en sus prioridades”. Y la tercera es que en el Pacífico tiene mayor competencia de otros grupos ilegales, que la debilitan. De hecho, sobre su debilidad allí, explica que “pareciera que la mayor afectación al ELN se ha derivado de su confrontación con otros grupos armados, más que con el Estado mismo.”

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Esa situación múltiple, diversa, refuerza el federalismo del ELN, es decir, “a las limitaciones de sus instancias nacionales para coordinar y cohesionar de manera permanente a sus estructuras territoriales”, que vienen de su historia. Es tan diversa la guerrilla que mientras en la región araucana del Sarare y su principal ciudad, Saravena, “ha extendido una política prohibicionista respecto a los cultivos de coca”, en la región Pacífica “las fuentes de financiación del grupo son acotadas a tres actividades: la economía cocalera, la minería ilegal y las llamadas ‘retenciones’ o secuestros”. Y también es una guerrilla menos unida que las FARC por un proceso de cambio generacional en esa guerrilla en la que los nuevos mandos tienen a la vez menos formación política y en muchos casos son menos favorables a los diálogos.

Por eso, para la FIP, el reto no es tanto sentarse con una guerrilla con más hombres que la que estaba sentada en 2018, sino ayudar a sus sectores más dispuestos a negociar a aprovechar la ventana de oportunidad de tener un Gobierno de izquierda interesado en ese fin, aprovechando que es “un grupo debilitado políticamente por cuenta de su incapacidad de incidir en movilizaciones sociales de trascendencia y por carecer de un músculo militar que pueda desafiar seriamente al Estado”.

“Los tiempos de la negociación, los de la paz y de la guerra, pueden ser definitivos”, dice el estudio, que indica que el reto para esos sectores del ELN ”consiste en negociar aprovechando el momento actual y traer un legado de 50 años de lucha a la mesa de conversación o el de desmovilizarse, combatir y transformarse por facciones y de manera gradual”. Y más cuando el objetivo de la guerra no es tomarse el poder en todo el país y cuando el grupo más reacio, encabezado por el poderoso Frente de Guerra Oriental, el que opera en Arauca, vive en “una zona de comodidad que, a través de esquemas de captura del Estado, le permiten sacar provecho de cuotas burocráticas, instancias de participación local y megaproyectos del Estado.”

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