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Fin de las citas en el Parlamento

El parlamentarismo -y la clase política- abusa como nunca de wikiquote y de las "frases célebres", muchas veces al precio de encubrir los defectos de oratoria

El Gobierno y los diputados del PP aplauden a su portavoz parlamentario, Rafael Hernando.
El Gobierno y los diputados del PP aplauden a su portavoz parlamentario, Rafael Hernando. EFE

No es cuestión de prohibir el uso o el abuso de las citas en la tribuna del Congreso, pero bien podría observarse una cuarentena, arbitrarse un periodo de suspensión, quizá para renovar el armario del repertorio y para estimular la oratoria de sus señorías, cuyos discursos se abastecen vampíricamente de wikiquote.org o ahuecan de sentido y de contenido la nobleza que adquirieron las citas en su origen.

Abusan los parlamentarios de Antonio Machado, no ya incapaces de encontrar una alternativa de resistencia franquista y de paradigma libertario, sino recurriendo una y otra vez al mismo poema —“Españolito que vienes...”—, o retratándolo en unos versos que nunca escribió. De hecho, el error más habitual de las citas de baúl consiste en utilizarlas sin reparar en su origen ni en su legitimidad. O en someterlas a una burda instrumentalización. Lo hizo Francisco Camps cuando evocó a Bertolt Brecht para exponer el encarnizamiento del que decía sentirse víctima, llegando a parafrasear un poema sobre el oprobio hitleriano que el dramaturgo alemán no había escrito —“Cuando los nazis vinieron...”— y que en realidad formaba parte de la obra dolorosa del pastor luterano Martin Niemöller. El escarmiento que delató al líder popular no consistía solo en el problema de atribución, sino en la frivolidad con la que el president valenciano relacionaba el Holocausto con su propia persecución y el caso de los trajes, llevando a extremos intolerables la costumbre con que algunos políticos encubren en frases nobles y personajes ilustres su propia negligencia o sus más obscenas corruptelas.

Ha perdido toda eficacia aludir al giro lampedusiano como carece de todo impacto teatral acordarse de los haikus de Gramsci, pero la mediocridad de la oratoria parlamentaria no ha alcanzado a despojarse del pasaje más triturado de El Gatopardo —“Algo tendrá que cambiar para que nada cambie”— ni del mareo al que ha sido expuesto el pensador italiano en el umbral de lo viejo que no muere y lo nuevo que no llega.

Exhaustos estamos de los tópicos, de los clichés. Hastiados estamos de los discursos insustanciales que aspiran a volar con el farol de una cita grandilocuente. Y no solo grandilocuente, pues otra costumbre del parlamentario contemporáneo en la apropiación del ingenio ajeno radica en caricaturizar una gloria literaria con una frase estúpida. Cuántas veces Albert Camus o Wilde han sido citados en vano, citados mal, citados fuera de contexto, incluso manipulados para revestir de hondura la superficialidad de los oradores. Recelaba Rudyard Kipling del oportunismo con que algunos políticos “envuelven sus discursos en citas igual que un mendigo ansiaría envolverse en la púrpura de los emperadores”, pero no imaginaba el escritor británico cuántas veces iban a mencionarlo en la tribuna de la carrera de San Jerónimo, normalmente para atribuirle lo que nunca escribió o nunca dijo.

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