Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Europa, el cambio de piel

Las elecciones en Reino Unido y los comicios de Francia han modificado el escenario

Emmanuel Macron votando en la primera vuelta de las elecciones legislativas.
Emmanuel Macron votando en la primera vuelta de las elecciones legislativas. AP

Con las elecciones en Reino Unido y los comicios legislativos de Francia de este mes, Europa sigue cambiando de piel.

Las elecciones británicas han sido el mayor desafío al que se ha enfrentado Theresa May tras convertirse en primera ministra por casualidad. May llegó tras la dimisión de David Cameron, quien después de haber ganado las elecciones por mayoría absoluta en 2015, convocó un referéndum que nunca creyó que prosperaría y, sin embargo, al día siguiente de su celebración se encontró con que el Brexit era un hecho y que Gran Bretaña estaba en el camino para dejar de pertenecer a la Unión Europea. Casi un año después de aquello, May tomó dos decisiones: que “Brexit significa Brexit” y que, para negociarlo, necesitaba más fuerza política que la mayoría absoluta que ya poseían los tories.

En el subconsciente de Theresa May parece ahora que operaban dos ideas. Por una parte, obtener la legitimidad de los votos que no tenía, ya que su mandato había sido consecuencia de un error de cálculo y de un pronunciamiento histórico para el que nadie estaba preparado, incluida ella misma que se había pronunciado contra el Brexit cuando era ministra del Interior. Y por otra, la de volver a instaurar el toque femenino en el Gobierno y en los asuntos públicos de Gran Bretaña, recuperando la sombra del legado de Margaret Thatcher.

Sin embargo, al primer error se sumó otro, que va a tener un peso decisivo en el futuro de Europa. En primer lugar, el Brexit, que llegó con un Gobierno de mayoría, tendrá ahora que empezar a negociarse con un Ejecutivo en minoría que sólo tendrá los votos suficientes si forma una coalición. Y en segundo, revivió a quien parecía enterrado en términos generacionales y políticos, el líder laborista Jeremy Corbyn, que a veces no se sabe si molesta más a los conservadores o a sus compañeros socialdemócratas.

Corbyn puso en evidencia un curioso fenómeno que ya se había producido en las elecciones de Estados Unidos que llevaron a Donald Trump al poder, en las que un senador muy mayor —como Corbyn— llamado Bernie Sanders consiguió canalizar y atraer la atención de los votantes más jóvenes que buscaban depurar y humanizar el sistema capitalista, rompiendo de alguna manera las disciplinas de la autoridad y las catarsis colaterales de la interminable crisis económica global de 2008.

Mientras tanto, en Francia el fenómeno Macron continúa tras obtener la mayoría en las elecciones legislativas, logrando aumentar su base y legitimidad democrática, pero cimentándola sobre una altísima abstención. Un problema que explica también en parte la razón por la que Emmanuel Macron llegó al Palacio del Elíseo, es decir, el agotamiento del sistema político tradicional francés, el entierro de la V República y el nacimiento de otra manera de representar los intereses sociales y económicos de Francia que no estén tan ligados transversalmente al futuro de la Unión Europea.

Macron no puede seguir con la política de entendimiento total con Alemania y sus recetas de austeridad

En cualquier caso, Macron y su VI República —porque eso es lo que ha iniciado con su llegada al poder— no puede y seguramente sabe que no debe, de acuerdo con el mandato de sus electores, seguir con la política de entendimiento total con Alemania y sus recetas de austeridad económica y sacrificio para los países del Sur de Europa.

Con la salida de Europa de los británicos y la reconfiguración del mapa político francés, aquellos Gobiernos que, como el español, lo hacen todo en nombre de la ortodoxia europea, deberían estar atentos al cambio de piel que se está produciendo en Europa, porque, al margen de la influencia que tienen los problemas internos, es la determinación absoluta con que se aplican las políticas de austeridad económica marcadas desde Bruselas y Berlín —la doble B—, la que está desafiando la lógica de la evolución social y la legitimidad democrática de la Unión.

Macron tiene un mandato débil, pero claro, en un sentido: para que el sistema sobreviva es necesario cambiarlo. Gran Bretaña ya dio el paso de la ruptura total y ahora no es que tenga miedo, sino que los discursos y los supuestos políticos de ayer no encarnan ni las aspiraciones ni las decisiones que los europeos de hoy demandan.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.