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Puerto Rico y la igualdad política

El próximo plebiscito abre las puertas para una nueva época en la historia de Estados Unidos, y también en la historia de Latinoamérica

La bandera de Puerto Rico junto a la de Estados Unidos.
La bandera de Puerto Rico junto a la de Estados Unidos. AFP

Los puertorriqueños celebrarán un plebiscito el próximo 11 de junio para decidir el destino político de la isla. Desde el 19 de noviembre de 1493, día de su descubrimiento, hasta el 10 de diciembre de 1898, cuando se firmó el Tratado de París, Puerto Rico fue colonia de España. De ahí hasta hoy ha sido un territorio de Estados Unidos. El último año bajo la soberanía de los españoles a Puerto Rico le fue otorgada una Carta Autonómica que le dio poderes para el Gobierno propio. Eso se perdió tan pronto la isla fue anexada al coloso del norte. Nadie disputa que las tropas del ejército de Estados Unidos fueron recibidas con vítores el 25 de julio de 1898 poco después de haberse iniciado la Guerra Hispano-Cubana-americana.

Con Estados Unidos, los puertorriqueños sintieron que habían llegado a la modernidad. Figuras extrañas a su idiosincrasia como pueblo fueron de inmediato adoptadas por la población: el derecho de expresión y de imprenta, el derecho de reunión y con este el derecho a organizarse sindicalmente, la libertad religiosa, el habeas corpus, la presunción de inocencia, el debido proceso de ley y el derecho a juicio por jurado en casos criminales. Todas figuras jurídicas que entraron a formar parte del acervo cultural puertorriqueño y que hoy día, sin importar la alternativa que se escoja, son elementos definitorios de esa personalidad. Todas ellas han sido adoptadas e interpretadas cultural y judicialmente en español.

Con los Estados Unidos, los puertorriqueños sintieron que habían llegado a la modernidad

Las alternativas que los puertorriqueños tendrán que escoger son la estadidad, la independencia, la libre asociación y la actual condición política, que fue rechazada en 2012 con un 54% de los votos. Las primeras tres son descolonizadoras, según la Resolución 1541 de las Naciones Unidas. La libre asociación es la más nueva de todas. Es una especie de tratado entre un territorio muy pequeño y su antigua metrópoli u otro país grande donde algunos poderes el país pequeño los cede.

Sin embargo, en cuanto a la estadidad, que según la estadística electoral de las últimas décadas es la alternativa preferida por los puertorriqueños que, a su vez y desde 1917, son ciudadanos de Estados Unidos, es vista por la mayoría del pueblo como el logro definitivo de la igualdad política y de derechos civiles. Los mismos derechos y obligaciones que los demás ciudadanos que viven en los estados de la Unión. Sería darle rango constitucional a la ciudadanía que ahora tienen, que les fue concedida mediante legislación.

La igualdad es un planteamiento que lleva años haciéndose por los estadistas en Puerto Rico y que emula, en cierto sentido, aquella marcha por la igualdad que, durante los años sesenta, llevaran Martin Luther King y demás líderes afroamericanos, desde Selma a Montgomery. Se trata de la lucha por el reconocimiento de los derechos civiles, como lo es el derecho al voto y el reconocimiento de su sentido de pertenencia política en la sociedad, que es la esencia misma de lo que es la igualdad. De igual manera, también, lo hicieron en el pasado las mujeres, el grupo LGBTT y finalmente los hispanos.

Un Puerto Rico estado tendría derecho a dos senadores y seis congresistas, dándole un poder político y acceso al presidente mayor que el de cualquier jefe de Estado latinoamericano

Es una lucha centenaria que comenzó en 1899. Los que entonces eran líderes autonomistas, que abogaban por una autonomía con España, en su inmensa mayoría actualizaron su visión política a la nueva realidad histórica. En la estadidad, la región, el territorio, la demarcación geográfica, la jurisdicción, que hoy es un mero territorio, disfrutaría plenamente de mayores poderes para el autogobierno que bajo un sistema autonómico. Así veía ese liderato de principios del siglo XX al federalismo de Estados Unidos; y así se sigue viendo hoy cuando por virtud de la Décima Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos los estados disfrutan de una soberanía que no es igualada bajo ningún otro sistema federal, porque la independencia no necesariamente es una ley histórica de los pueblos.

La posición de los estadistas es que un cambio político no incide en la personalidad cultural del puertorriqueño. El idioma español, la música y la literatura, entre otros componentes de la cultura en general, seguirían manifestándose con voz propia como lo han hecho hasta el día de hoy. Fenómeno este que también se está dando en Estados Unidos, donde la diversidad cultural y lingüística ha hecho de este país una potencia multicultural y plurilingüe, según demuestra con admirable rigor académico Lawrence Alan Rosenwald en su seminal libro; Multilingual América: Language and the Making of American Literature.

Las alternativas que los puertorriqueños tendrán que escoger son la estadidad, la independencia, la libre asociación y la actual condición política

Un Puerto Rico estado haría de Estados Unidos un país multicultural, de jure. Al tener una demarcación política enteramente hispana con el español como su vernáculo y de entronque cultural caribeño. Esa es la nueva realidad americana, donde las últimas cifras del Negociado del Censo demuestran que en los hogares americanos se hablan 365 idiomas además del inglés, y donde el español ha hecho de esta nación, tal vez, el segundo o tercer país de habla hispana en el mundo. Y un Puerto Rico estado tendría derecho a dos senadores y seis congresistas, dándole un poder político y acceso al presidente mayor que el de cualquier jefe de Estado latinoamericano, incluido México.

El próximo plebiscito abre las puertas para una nueva época en la historia de Estados Unidos, y, por qué no, también en la historia de Latinoamérica al ver la posibilidad de que un caucus congresual de un país mulato con el español como vernáculo, como si fuera un partido político en sí mismo, tome asiento en el Capitolio de Washington. Esa representación serviría, a su vez, de mediadora entre la América hispana y la América sajona. A fin de cuentas, eso también es uno de los efectos colaterales de la igualdad política.

Mario Ramos Méndez es abogado e historiador.

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