Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El monstruo global

Somos incapaces de construir consensos multipartidistas que revitalicen el Estado de bienestar y la democracia

Los presidentes de Egipto y Estados Unidos junto al Rey de Arabia Saudí el pasado 21 de mayo.
Los presidentes de Egipto y Estados Unidos junto al Rey de Arabia Saudí el pasado 21 de mayo. Saudi Press Agency (SPA)

La globalización está llena de insondables misterios. En teoría, podría favorecer la adopción de políticas progresistas, pero en la práctica está apuntalando un nacionalismo económico regresivo. Y muchos confiaban en que la libertad comercial impulsara las libertades democráticas, pero parece que las está socavando.

Al principio, se creyó que los Gobiernos, a cambio de exponer a trabajadores y empresas a la competencia internacional, montarían sistemas sofisticados de protección social. Pero, por el contrario, hoy la globalización es utilizada por muchos Gobiernos como justificación para su inacción. Si ampliamos las políticas sociales, dicen, el país perderá competitividad. Por ello, los trabajadores de las economías más globalizadas han abandonado a sus defensores tradicionales —sobre todo, los socialdemócratas— por nuevos partidos que prometen la que parece la única alternativa política en estos momentos: el nacionalismo proteccionista.

La globalización también está minando la legitimidad de los sistemas democráticos. La ironía es que, a nivel agregado, la exposición a los intercambios globales lleva a una mayor satisfacción ciudadana con la democracia; pero, cuando miramos los datos con lupa, lo que emerge es una creciente fractura dentro de cada país. Aquellos ciudadanos que se consideran ganadores de la globalización tienen unos valores cada vez más democráticos y tolerantes. Y aquellos que se sienten perdedores adoptan posturas más tradicionales y autoritarias.

La globalización se ha convertido en un monstruo útil para todos. Quienes rigen el destino de un país encuentran conveniente azuzar el miedo a un dragón terrible que nos devorará a todos si no le entregamos a las doncellas —o a los trabajadores industriales— del lugar. Y quienes quieren gobernarlo en el futuro necesitan un fiero enemigo para presentarse como san Jorges.

Ni unos ni otros nos salvarán, porque el verdadero monstruo no viene de fuera, sino de dentro de las fronteras: nuestra incapacidad para construir consensos multipartidistas que revitalicen el Estado de bienestar y la democracia. @VictorLapuente

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.