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Cuenten los vivos

El lugar en el que más merece la pena hacer periodismo siempre es el lugar en el que no se puede hacer

Manifestación en México D.F., con la foto de Javier Valdez, contra el asesinato de periodistas. REUTERS

John Gibler está en España. Promociona un libro que publica Pepitas de Calabaza y que se titula de manera muy conocida: Fue el Estado. Reconstruye los asesinatos de Iguala, la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Fue el Estado, se repite en México. “Si el Estado oculta, destruye, desdeña, obstaculiza, manipula y fabrica evidencias de un hecho criminal que involucra a su aparato represivo, entonces la conclusión es una sola: fue el Estado”, escribió dos años después Álvaro Delgado en Proceso.

Gibler ha recogido testimonios de los supervivientes y ha contado la historia en primera persona, la de los chicos. Perseguidos y tiroteados por los policías, objeto de una cacería propia de una banda que no quisiera dejar testigos. Gibler empieza su libro —en México se tituló Una historia oral de la infamia— con una cita que viene al caso no sólo per se sino por el contexto. Pertenece al libro Desterrados: crónica del desarraigo, de Alfredo Molano; historias de desplazados, de campesinos, de pobres a los que no han dejado ni tierra sobre la que sentarse. Dice: “¿A quién reclamarle justicia si la misma ley que mata es la que levanta los muertos? ¿Dónde poner la denuncia si toda autoridad está untada de sangre? La misma ley que toma medidas y hace los exámenes para decir quién es el asesino es la misma que cometió el crimen”.

Es un libro importante. En él hablan chicos de 18 y 19 años escapando de la ley, sus agentes, para que no los maten. Gibler le preguntó una vez a un maestro suyo, Javier Valdez, cómo hacer periodismo en México. Valdez le respondió: “No cuenten los muertos. Eso lo hace cualquiera. Que cuenten la vida. Que retraten el miedo, ésa es la otra muerte, la que nadie cuenta; esa es la paulatina y esa es la peor”. Es probable que para entonces Valdez ya hubiese empezado a morir, y le tuviesen señalada la hora y el lugar en el que le iba a meter las balas el narco.

El lugar en el que más merece la pena hacer periodismo siempre es el lugar en el que no se puede hacer. Javi Lafuente cuenta en EL PAÍS la respuesta de Valdez al correo de una compañera: “Por razones de seguridad no puedo dar declaraciones, se puso cabrona la situación”. La enfermedad avanza cuando se prohíbe publicar un diagnóstico. Valdez tenía una columna en Riodoce, Malayerba. Puso en marzo: “Le dieron machetazos y tres balazos para que no se levante más. En las bolsas del pantalón encontraron su credencial y un número de teléfono anotado en un papel viejo, con tinta borrosa: mamá”.

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