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Izquierda en apuros

En toda Europa, los socialistas buscan volver a conectar con la sociedad

Militantes del PSOE asisten a un mitin de uno de los candidatos en primarias a la secretaría general.
Militantes del PSOE asisten a un mitin de uno de los candidatos en primarias a la secretaría general.

Que la socialdemocracia está en crisis es un lugar común. Por toda Europa, los partidos socialistas sufren severas derrotas en las urnas y pugnan por recuperar la confianza de la ciudadanía. Donde antes tenían garantizado el apoyo de amplias capas de la sociedad, parecen haber perdido tanto el favor de las clases trabajadoras, que a veces incluso optan por partidos de la derecha populista, como de las clases medias y los jóvenes, que dispersan su voto hacia otras formaciones de centro o izquierda o se refugian, huérfanos, en la abstención. Si antes esas coaliciones de clases trabajadoras y medias les proporcionaban mayorías electorales suficientemente sólidas para poder acceder y retornar al poder regularmente, ahora se encuentran convertidos en fuerzas minoritarias con escasas probabilidades de volver al Gobierno por sí mismos.

Paradójicamente, muchos de sus problemas electorales y de identidad provienen de su propio éxito: la mayoría de los objetivos históricos de los socialistas no solo se han logrado con creces sino llevado a las Constituciones de las democracias más avanzadas. En gran medida gracias a su contribución, Europa se ha convertido en el lugar del mundo con más garantías de derechos sociales y mejores estándares y calidad de vida. Desde la sanidad universal a las pensiones pasando por la extensión de la educación obligatoria y los seguros de desempleo, su legado es tan visible como, a pesar de la crisis, estable y duradero.

Otros problemas, por el contrario, provienen de retos como la globalización financiera o la revolución digital, cuyas soluciones son complejas y están lejos de las fronteras de la política nacional. Ante ellos, los socialdemócratas han parecido débiles o sin respuesta, quedando expuestos en su desorientación ante los electorados.

Con todo, la larga crisis iniciada en el 2008, con su legado de recortes presupuestarios, aumento de las desigualdades y deterioro en las condiciones de trabajo y expectativas vitales de muchas personas, hace más necesaria que nunca la existencia de un centro progresista capaz de embridar la globalización y garantizar la sostenibilidad del tan preciado sistema de derechos y libertades que define el modo de vida europeo.

Pero para recuperar la confianza de los votantes, no basta con que los socialistas apelen a su legado. Necesitan liderazgos nuevos e ideas novedosas que les permitan dejar de ser vistos como una fuerza conservadora centrada en salvar los logros ya adquiridos y, a cambio, ser percibidos como una fuerza transformadora y de futuro.

No debería ser tan difícil. La victoria de Emmanuel Macron en Francia, alguien, recordamos, cuyas ideas y trayectoria política se inscriben en el socialismo francés, ha señalado un camino bastante claro: para volver al poder hay que saltar por encima de los clichés ideológicos y de las rigideces organizativas típicas de los partidos, atreverse a sostener que, correctamente gobernados, tanto la globalización como los mercados pueden ser puestos al servicio de los ideales socialdemócratas, reivindicar la cultura reformista y el cosmopolitismo, que siempre caracterizó a los socialistas, y afirmarse con valentía frente a los radicales de izquierda y derecha para concitar así mayorías de progreso.

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